sábado, 6 de febrero de 2016

BAJO UN VOLCÁN




Foto del autor



Llevamos mucho rato caminando, tanto que ya no tengo conciencia de cuando fue la última vez que estuve sentado, descansando a la sombra de un árbol, viendo pasar el viento, sin nada que escuchar, aparte de su sonido al mover los resecos troncos que se agitan a su paso.

El agua se nos está acabando, el sol empieza a desollarnos, nuestra piel expuesta empieza a estar tensa y su tirantez duele, no podemos taparnos y necesitamos la poca agua que nos queda para intentar evitar deshidratados.

No lamentamos nuestra suerte porque estamos vivos y mientras hay vida hay esperanza, ni que sea para seguir caminando en una pista arenosa, cubierta de ceniza, que le da un aspecto fantasmal y tétrico.

Nuestros pies se hunden, dificultando nuestro caminar haciéndolo más pesado, levantamos mucha polvareda y tenemos los zapatos con un cargamento extra de gravilla gris.

Solo la inclinación del sol nos indica el paso del tiempo, el paisaje ha sido siempre prácticamente el mismo, teniendo el volcán por encima de nuestras cabezas como gran referente geográfico.

Ya no humea, hace tiempo dejó de hacerlo y de lanzar sus bombas, que sembraron el camino por el que seguimos caminando, como creyentes enfervorizados tras su destino.

Ni en mis mejores momentos me hubiera imaginado ese caminar sin pausa y sin destino cierto, sabemos que hay un final porque siempre lo hay, para todo lo hay, ni que sea nuestro final.

Cruzamos fondos de arroyos resecos, con restos de árboles requemados,  que en su momento dieron cobijo a cualquier tipo de pájaros que allí habitaran y que ahora al no oírlos dudamos de su existencia.

Nosotros seguimos en nuestra insistencia en seguir caminando, no hablamos, tenemos claro que solo nos vale seguir y seguir, caminar y aguantar, que es la vida, sino un caminar en busca de metas no siempre conocidas.

Y en eso estamos, en un avanzar lento por lo dificultoso y por la merma que en nuestras fuerzas representa un esfuerzo prolongado en condiciones poco apropiadas.
Somos víctimas de nuestros propios deseos, la conquista de un lugar privilegiado para tener un dominio más preferente para nuestras expectativas creadas al inicio, cuando nos veíamos capaces de conseguir nuestro propósito.

Pero ahora solo nos queda el caminar, el caminar sin pausa, el caminar sin descanso, el caminar en todo momento y en toda hora bajo el volcán, siempre vigilante, siempre estático, siempre acechante.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El volcán Osorno


                                                                               Fotos del autor

Dominando toda la zona del lago al que se asoma Puerto Varas, se yergue imponente y majestuoso el Osorno, un volcán que tuvo actividad hace pocos años de la cual aún hay testimonio en las cenizas que rodean su entorno y dificultan el ascenso de aproximación para contemplarlo mejor.

Dicen que andar sobre arena es muy sano para los pies, pero se olvidaron de decir lo muy cansado que es y lo que incrementa tu peso por acumulación de arena en el calzado.

Con la que he recogido en el trayecto realizado en pos de una foto bonita que llevarme a Instagram, podría haber hecho un castillo de arena al llegar, pero sin agua era difícil y la cerveza me la he bebido.

Puerto Varas es un pueblo costero muy coqueto, lleno de turistas habidos por gastarse la Plata en los innumerables lugares puestos para ello, comercios tradicionales, tenderetes de souvenires, ferias de artesanías made in China, galerías modernas en las que aún no están todos los locales abiertos y centros de apoyo oficial a la causa artesana. Hay de todo al gusto de todos.

Hace calor a pesar de estar a principios de febrero, que manía con esta gente de cambiar el orden de las cosas por muy al sur que estemos, a mi se me hace extraño ir en manga corta sufriendo los calores propios del verano y abonado al consumo de la cerveza bien fría, que tienen el detalle de servirte en botellas de litro o jarras de medio, lo cual hace más llevadero este para mí caluroso invierno.

La verdad es que sin hacer nada especial, me ha gustado pues se está bien y es un sitio agradable, contemplar el movimiento cansino de las olas sobre la playa de color grisáceo sabiendo que solo es un lago grande a pesar del gentío tiene su gracia.

Es una población típica de veraneó, con sus chiringuitos tradicionales y los modernos con comida alternativa de carácter más vegetariano y zumos extraordinarios de combinaciones exóticas y exquisitas.

Por la noche todo el mundo está en la calle, con actuaciones musicales en las plazas, algunas por libre y otras en sitios acomodados para estos eventos, pero todos igual de ruidosos, aunque hay que decir en honor a la verdad que se retiran pronto y se puede descansar tranquilamente.

Bueno ahora toca recoger y reiniciar trayecto, esta vez camino de la capital Santiago, donde veremos que nos depara una gran ciudad.



martes, 2 de febrero de 2016

EL VIEJO LOBO


                                                                Fotos del autor

Casimiro Rodrigo Benjumea era un marinero de pro, alto, recio y muy tostado por el dorado sol patagónico. Acabó sus días en la añoranza de sus aventuras en época de navegación, cuando para él las circunstancias de la vida hicieron que fuera apartado del patronaje de la Emeralda, bella embarcación a la que siempre se sintió atado, como con vínculos matrimoniales jurados a la luz de la luna.

Se inició entonces un declive físico y moral, que minó su autoestima a una muy baja puntuación, lo que le llevó al abandono personal y el de su vivienda, que compartía con cierta asiduidad con un perro de mil razas, ninguna conocida, y que no respondía al nombre otorgado de Perikos.





No tenía mujer, pues estaban todas en puertos diferentes; ahora, alejados de su destino, estando ahora varado en la playa, donde se entretenía intentando vender réplicas de barcas hechas en madera a los pocos turistas que se paraban a mirar su mercancía.

No vendía mucho, la verdad, pero le permitía hablar con los visitantes si estos se prestaban a escuchar sus pláticas cuando le preguntaban por sus artesanías y así al menos sacar para algún trago de ron.

No tenía amigos; el estar siempre navegando arriba y abajo no le permitió mantener una vida social en su pueblo, donde solo recalaba en tiempos de obligado descanso impuesto por el sindicato en aquellos tiempos de influencia importante.






Le gustaba pasarse por el parque de bomberos donde, de joven, pugnó por alistarse, no siendo aceptado por cuestión de estatura, pues era demasiado alto y al capitán le molestaba tener subordinados que le superaran.

Luego vino el mundo de la navegación que le absorbió totalmente y hasta ahora nunca más pensó en su viejo sueño de apagar fuegos y rescatar a damiselas colgadas del balcón, aterradas ante un fuego destructivo, esperando en camisón, deseosas de estar en sus fuertes brazos salvadores.




Ahora alejado de aquellos sueños juveniles, se limitaba a admirar el brillante camión en el que el aullar de una sirena solo asustaba a los perros y hacía que toda la chiquillería saliera corriendo en las bicis a la búsqueda de emociones fuertes contemplando un rescate.




Los del pueblo sonreían al verle y escuchar sus cuentos ante la atónita mirada de los crédulos visitantes que acababan de bajarse del oxidado catamarán que les había trasladado por el lago andino, sin sospechar que Casimiro Rodrigo Benjumea fue su capitán durante cuarenta gloriosos años.


Puerto Varas, febrero del 2016.

lunes, 1 de febrero de 2016

Frontera ( III Misterio de dolor)

                                                                               Fotos del autor


Nuevo paso fronterizo, nuevo control aduanero, nuevo misterio de dolor. Son incansables, pero no acabarán con nosotros, los que somos viajeros intrépidos, desafiantes a las adversidades y duchos en avanzar por tierras con burocracias difíciles.

Salir de Argentina esta vez ha sido relativamente fácil, una ligera cola, una broma sobre Messi ( ya no puedo contarlas) pues aquí tiene detractores aunque parezca imposible. Digamos que he tardado un tiempo razonable para lo que ya voy viendo como habitual, esta vez el retraso fue por una de las fechas estampilladas en el pasaporte por uno de sus colegas de Tierra de Fuego, no sé si no le gustaba la fecha, el color de la tinta, la posición en el pasaporte...quien sabe, solo es un retrasillo más sin importancia.

Una vez incorporado al autocar, con la cara de comprensión que se da entre los condenados por diversos delitos desconocidos, hemos enfilado ruta hacia el puesto xileno, que al ser de entrada le tocaba ser el coco esta vez. Ya advertidos por un anterior cruce y recordado por el auxiliar de abordo, hemos procedido a deshacernos de todo producto natural, ya sea por ingestión forzada o por arrojo voluntario a la basura e incluso con rabia contenida por una ventana. No se pueden pasar ni frutas, ni productos frescos, vegetales, ni carnes, ni embutidos, ni drogas, ni productos lácteos, un pasajero nos ha obsequiado con un trozo de queso que ante la imposibilidad de llevarlo de regalo familiar ha optado por compartirlo con los vecinos, lo cual a más de treinta grados es un aperitivo no muy deseable, máxime cuando estás intentando tragar un trozo de manzana con la que había hecho buenas migas. Me preguntó también si a la madre lactante con el bebé en brazos le pondrán una multa por tráfico de productos lácteos no autorizados, por parte de los insobornables inspectores del ministerio de agricultura, mientras contempló al crío con cara de desespero ante la posible pérdida de su fuente alimenticia.

Es todo un espectáculo ver como van desapareciendo ensaladas, plátanos, yogures caducados, aún no vistos por Cañete y demás artículos de uso personal alimenticio, pero esta vez la cosa iba más en serio, bajaron todas las maletas del autocar y puestas sobre una plataforma fueron husmeadas convenientemente por un perro adiestrado en estos menesteres que amargaba a los aduaneros en su insistencia en que registraran algunas valijas, evidentemente mi maleta fue una de ellas, teniendo que abrirla tras ser identificado como propietario de la misma, acompañado por la mirada compasiva de los eternos compañeros de viaje. Una vez expuestas mis miserias personales a juicio de los carabineros y público en general, he podido subieron al bus, solo me faltaban los golpes en la espalda de compañerismo.

Perdón eso no es todo, primero hemos bajado del autocar con todo el equipaje de mano, y hemos esperado pacientemente tostándonos al sol andino, sin la protección solar treinta recomendada, con la santa inocencia de que la cosa sería rápida y eficaz al ser un puesto como más importante, no digo el nombre pero me acuerdo. ¡Vaya si me acuerdo! Resulta ser que las cinco de la tarde no debe de ser una buena hora para entrar en Xile o que tienen su buena costumbre británica de parar para tomarse un té, pero la puerta estaba cerrada y nosotros en fila india esperando; menos mal que aquí tenían baños y previo permiso magnánimo de un carabinero de guardia te dejaban entrar.

Una vez han abierto la puerta la cosa ha empezado a funcionar, puestos los equipajes en unos bancos han sido husmeados por el perro guardián y cuando este ha dado el visto bueno, todos y cada uno de ellos han sido registrados ante su dueño después de que le hubieran extendido el visado de entrada. Nada solo un pequeño trámite que, aun estando más o menos contemplado en las estimaciones del horario programado, nos ha retrasado cuestión de una hora.

Encima sobre el asiento nos hemos encontrado un chisme de fabricación casera, una especie de palo con un alargo con un espejo en un extremo y una linterna adosada con cinta americana, todo muy artesanal que supongo han utilizado para ver lo que había debajo de los asientos y los rincones.

Esta vez hemos tenido suerte, pero insisto en que así no se hacen amigos.


Último Mate




Foto del autor



Último mate

Hoy es el día de despedirse de Argentina, toca adentrarse en otro país de costumbres parecidas, al menos en la zona patagónica que comparten, pero diferentes en su idiosincrasia.

Sentado en una mesa, apurando las últimas gotas de internet que me mantienen comunicado con los míos, tomando un mate con un poco de azúcar pues si no es imposible para mi carácter, repaso en una vista atrás virtual, lo que ha dado de si nuestro recorrido argentino, con una pequeña incursión por zona uruguaya.

Quedará la esplendidez de Buenos Aires, una ciudad imposible de olvidar, a la que siempre más me sentiré vinculado, es hermosa, supongo que traidora y se olvidará de mi, pero me subyugó al llegar, al estar y al irme. Lo cual no puede decirse de todas las ciudades, al menos prescindiendo de la corrección educativa para con los paisanos del lugar.

El breve paso por Montevideo no se reflejará tanto en mis recuerdos, es una ciudad para mi más convencional con un centro histórico un tanto desolado y poco atractivo para el turista de a pie. La parte moderna de la ciudad es tan fría y aséptica como cualquiera perpetrada por grandes estudios, supongo que soy injusto, pero es lo que recordaré.

El paso por Ushuaia marca la diferencia abismal entre una ciudad espléndida, visitada en pleno verano con mucha vida en las calles, a pasar a una zona áspera, desolada, dura, climáticamente hablando, que conoció épocas muy duras en las que su fatídico penal era su referente. Ahora invadidos de turismo, explotando sus riquezas naturales y con un estatus fiscal y autonómico diferencial con respecto al resto del país, sus habitantes viven un cierto bienestar social importante.

Me quedarán en la retina sus lobos marinos, sus pingüinos australes, sus colonias de chillones aves cormorán, avistadas antes por su desagradable olor y ruido que por la visión entelada por los fríos vientos del canal de Beagle. 

El paseo por las orillas de lago Roca, con su quietud y la esplendidez de tranquilo entorno, donde el cartero afincado más al sur, tuvo la gentileza al saber mi procedencia de facilitarnos una senyera para hacerme una foto con ella.

Tras un breve paso por la parte de Xile, para ver el impresionante parque natural donde se hayan las Torres del Paine, cabe destacar la estancia en Calafate, centro urbano desde donde se organizan las visitas al parque nacional donde se encuentra, solemne y majestuoso, el glaciar Perito Moreno.

Algo digno de verse, un espectáculo natural con su dosis de suspense, pues aunque sabes lo que va a pasar,no sabes ni cuando ni como y siempre te pillan con la guardia bajada.

En Bariloche y su parque natural de Nahuel Huapi, hemos disfrutado de una vistas inacabables en su extensión y contenido, tal cantidad de agua repartida en un sin número de lagos, lagunas y ríos impresiona, sin contar el lago que da nombre y vida a la zona natural protegida que no deja de ser un pequeño mar por su extensión y profundidad.

No puedo dejar de mencionar a sus gentes, donde hay de todo, locuaces recalcitrantes que te dan una lección de patriotismo convulso o una arenga política en función de como le afecta el último cambio, o autistas incapaces de expresar un sentimiento personal ni que sea de desagrado hacia el que le inquiere cargado con una mochila al hombro. En general puede decirse que son de natural amable, con predominio del carácter latino, con muestras centro europeas para dar rigidez al sistema. Nativos creó considerar que no queda ninguno, en la tierra del Fuego los pobladores iniciales fueron mermados por la aportación de enfermedades cómo el sarampión, para la que no tenían ninguna defensa, en el resto de Argentina consta según publicaciones vistas, pequeños grupos protegidos de los descendientes de la población que disfrutaba en la antigüedad de todo lo que hemos estado viendo.

En fin recordaré con nostalgia mi breve paso por estos lugares, con el cariño y afectó por las cosas vistas, las gentes tratadas y el grato ambiente en el que hemos vivido. Por cierto tengo que decirle al amigo que me introdujo en el mate que pese a intentarlo sólo puedo tomarlo con un poco de azúcar y el comercializado de forma civilizada en bolsitas de esas tan  poco auténticas. Todo lo demás excede mi capacidad de absorción de mejunjes varios.

domingo, 31 de enero de 2016

SAN MARTÍN DE LOS ANDES


                                                                      Fotos del autor


Es una población mucho más recogida y coqueta que San Carlos de Bariloche, aunque comparte las mismas actividades turísticas a menor escala; prácticamente toda la población vive del turismo.




También frente a un hermoso lago, es el final del tramo de carretera que la une a Bariloche, la Ruta de los Siete Lagos, a cual más hermoso, aunque suene cursi decirlo así. Son el lago Espejo, Correntoso, Traful, Vilariño, Falkner, Machónico, Lacar. Curiosamente, durante toda la primera parte del recorrido se va bordeando el Manuel Huapi, pero ese es tan grande que ni lo cuentan.




El recorrido desde unos doscientos km.  Aproximadamente, por el interior del Parque Nacional Nahuel Huapi, nombre del lago que acoge a Bariloche, se hace en su totalidad por una carretera asfaltada; es una vía nacional, de forma cómoda y pudiendo parar en un gran número de miradores para poder sacar fotos y poner cara de satisfacción.



Evidentemente, no tiene nada de aventurero, ni de descubrimiento en las tierras del sur; es una ruta invadida por una hilera de hormigas con las cámaras al hombro.



Hay algunos coches particulares, pero la mayoría son microbuses para unas dieciséis personas y pocos autocares de mayor tamaño; no creo que sea una ruta cómoda para ellos.


En estos pequeños buses la relación es más cercana, por la complicidad que representa tratar de solidarizarse contra la invasión auditiva de la persona encargada de aleccionarnos sobre la formación, tamaño, nombre, características particulares y encima hacer alguna supuesta broma sobre el conductor o sobre sí misma. Un poema de sugerente combinación para evadirse escuchando música o abstrayéndose totalmente con el paisaje, que sí es realmente subyugante.




Los lagos van sucediéndose uno tras otro entre montañas, bosques, ríos, caminos, haciendas y demás ofertas incluidas en el paisaje, como algún camping, hostería o local de refrigerio.


No había visto tal cantidad de agua disponible por metro cuadrado en ningún otro sitio, pero tampoco he viajado mucho, así que aquí lo dejo: hay mucha agua.


Pronto abandonaremos Argentina para adentrarnos en tierras xilenas; veremos qué nos deparan, aunque tuvimos un adelanto en Punta Arenas y no podemos quejarnos.


San Carlos de Bariloche, enero 2016.

sábado, 30 de enero de 2016

BA (Primera impresión)



BA
Con sus grandes avenidas, sus plazas arboladas, en las que se rinde homenaje a los prohombres de la nación, su fluir urbano que sólo decrece al atardecer, cuando cierran los comercios, llenándose las terrazas para tomar una cerveza con los amigos, Buenos Aires se nos muestra como una capital inquieta y viva.



Es una ciudad linda para pasear, sus calles algo sucias y destartaladas están llenas de gente, los que caminan presurosos en busca de resolver algún quehacer diario, los que, quietos, vociferan una letanía inacabable... Cambio, cambio, cambio, cambio...
Otros se limitan a ofrecer sus mercancías de lo más variopinto, todos ellos contemplados con total indiferencia por la policía local, lo cual hace suponer que todo es correcto.


Muestran un respeto por la cultura escrita, que se manifiesta por las diversas librerías ubicadas por la ciudad, entre las que destaca por su curiosa ubicación, el mascarón de proa de una cadena, que desarrolla su actividad en lo que fue un teatro, otra forma de rendir tributo a la palabra, en ese caso hablada.

Una cosa importante de mencionar, es el hecho que sólo he tenido que mirar el suelo por precaución ante los innumerables huecos descarnados en las aceras, donde han desaparecido el embaldosado, pero para casi nada por un recuerdo de los canes, tan habitual a la orilla de otro mar.

Los camareros  están totalmente homologados con los estándares de la madre patria, indiferentes en todo momento a las necesidades del posible cliente que, deshidratado por una larga caminata urbana, suplica con esmero por una fresca cerveza Patagónia. Hay que decir en su defensa que cuando se consigue el objetivo, su grado de frescor es inmejorable.



Sus avenidas son de unas dimensiones considerables y un denso tráfico muestra la pujanza de una ciudad inquieta que acoge a una cantidad de habitantes muy considerable y algunos turistas asombrados por la esplendidez de sus dimensiones.
Por cuestiones puramente de emotividad personal, no he podido dejar de ver la capilla de la catedral, donde se rinde homenaje a los restos del que fue libertador de la nación, independizando el país de los lazos de dependencia con la corona borbónica.

Ante su entrada un par de soldados de plomo, convenientemente equipados a la usanza de la época, muestran impasibles que estamos ante la tumba de un grande.
La población autóctona es de lo más amable, dispuesta a echarte una mano en cuando lo solícitas, incluso se prestan a llevarte las cosas personales cómo la cartera, pero he de decir que en mi caso no he llegado a ver tanta amabilidad.


Pero son cosas comunes en todas las grandes ciudades, e incluso en la mía de origen, con sus palmeras, papagayos y ramblas, las correrías están al orden del día.