Fotografía (5)

Tras pasar por un estado de postración total, devaluado un tanto por una siesta en cierto modo reparadora, pero de la que salí con la cabeza embotada, con lo cual no oía mis pensamientos internos, gracias al encorchamiento general en la que se encontraba.
Me apreste a seguir como un corderillo fiel, al hostelero cumplidor con su promesa de acompañarme hasta la casa, en busca y captura, de lo fuera que tanto me asustó.
Le comente la necesidad de pedir ayuda y se rió del señorito de ciudad asustadizo, no había nada que temer y me recordó que sólo íbamos a confirmar que todo eran alucinaciones mías.
No las tenía todas conmigo, pero le seguí, en aras del periodismo más autentico, un buen reportaje siempre exigía audacia y riesgo, mucho riesgo.
Aún me quedaban secuelas del orujo a las finas hierbas, lo cual me daba un plus de valentía, con el que seguí sin rechistar a la conquista de la casa.
Nos quedaban algunas horas de luz natural, no demasiadas pero suficientes para nuestra exploración en aras de descubrir el origen de mis fantasías y confirmar las dudas del amo del bar sobre ellas.
Como se empeñó en subir andando, dado el mal estado del camino y la poca distancia según él, cuando llegué a la mitad del mismo y faltaba la parte de ascensión con mayor desnivel, pedí un breve descanso que no me fue concedido, con lo cual seguí arrastrándome cada vez con menos dignidad.
Cuando al fin llegamos a la explanada, la sensación de estar cerca de la muerte súbita, era para mí alarmante, y regocijante para mi acompañante.
Lo que para mí fue un susurro como el viento que mece las ramas, ahora era un tronar más ronco y fornido, como olas enfrentadas al acantilado.
La cara de asombro de mi guía, era una confirmación real, de que no era una música ambiental que acompañase a los viandantes.
Nos acercamos a la casa, pero de su interior no surgía ningún sonido extraño, sino más bien un silencio espeso, húmedo, de lamento prolongado.
Cuando tras dar la vuelta a toda ella, sin apercibirnos de nada especial, nos dirigimos hacia lo que debió ser el corral, actualmente un almacén, una edificación cercana a la de los aperos donde vislumbre el coche, pero más alejada de la casa.
Allí si, allí se notaba algo diferente, algo que teníamos que ir a ver, pues oír, ya lo oíamos, cada vez más intensamente, por la mañana parecían unas letanías, pero ahora por la tarde eran más sordas, rítmicas, incluso más raperas, un pelin afro incluso.
Mientras estaba en estas disquisiciones, mi compañero de expedición, se bajaba la escopeta del hombro y la cargaba con sus cartuchos, mientras me confirmaba que el coche visto era el de la famosa fotógrafa.
Ahora era cuestión de averiguar a quien pertenecían los canturreos que cada vez escuchábamos más nítidamente, a medida que se oscurecía la tarde.






Fotografía (4)

Entro todo decidido en el hostal, les comente lo no visto y la ausencia de actividad en la casa, lógicamente me contestaron que qué esperaba y que recordase que me estaba metiendo en una propiedad privada, si me veían fisgoneando podría tener problemas.
Bueno, es normal salir a pasear por el campo y pasar cerca de alguna propiedad, y quedarse mirando, tampoco había para tanto.
Subí a mi habitación, conecte el portátil, y me dispuse a descargar las fotos que había tomado de la casa y sus alrededores.
Estaban hechas con una cámara compactal de una calidad aceptable y salían unas fotos la mar de resultonas, con lo que tendría un material de estudio aceptable.
Lo que no me esperaba y por ello se me cayeron al suelo y lo que es peor sin ganas de recogerlos, fue ver en una foto de las que hice intentando ver tanto el interior de la casa a través de un trozo de contraventana roto, como del establo.
Unos ojos, unos ojos abiertos cómo platos, unos ojos con vida, extraña pero vida, que no se cerraron ante el disparo de un flash entrometido en un viejo y roñoso establo abandonado.
Me temblaban las manos tanto, que cuando quise calmar mi ansiedad con un trago de agua, el recorrido del vaso hasta la boca fue suficientes para dejar el contenido por el trayecto.
De tan impresionado como estaba cerré el ordenador de un manotazo, cómo teniendo pánico de que ese rostro inexpresivo, saliera a dar una vuelta por mi habitación.


                                          Fotos tomadas de Google de Sibarita (r)

Tras refrescarme la cara en el lavabo con un agua helada, a la cual no podía achacar el castañear de mis dientes, me dispuse a bajar al bar para tomarme algo altamente espirituoso, no diera lugar a ninguna duda de su carácter desinfectante.
Con la precipitación con la que me vieron subir y el aspecto demudado al bajar, no tuve que decir nada para que me encontrara con un vaso bien colmado delante mio.
Me lo bebí, cómo si de agua se tratase, y el efecto fue demoledor, con un ataque de tos que me dejo postrado.
El hostelero, hombre de dilatada experiencia en la recuperación de mentecatos caídos en un vano intento de emular a Bogart, en sus memorables actuaciones, me recogió del suelo y me dijo, que en cuanto quisiera, tendría todo el tiempo necesario para escucharme.
Le indique que quería volver enseguida arriba, a la casa, que había algo que comprobar inmediatamente  pero el no me dejo salir, primero hablemos, me indico llevándome a una mesa para que me sentara y pudiera apoyar mis temblorosas manos.
Y ahí fue donde le expliqué qué me había traído hacia aquel lugar perdido en la geografía del país, lo que venía buscando y sin atreverme a decirlo, lo que me había asustado.
Me hizo ver la decoración del local, con unas hermosas fotografías de los paisajes de los alrededores, en todas las estaciones, eran un fiel homenaje a la belleza del entorno.
Me comento que eran obra de la propietaria del caserón, y que está al principio de instalarse, bajaba a menudo a comer al hostal, que entablaron una buena relación y que les fue regalando fotos, siempre de paisajes, les dijo que no hacia retratos, no quería fotografiar personas.
Un buen día, dejo de pasar por el local, extrañado por la prolongada ausencia y en el temor de necesitar alguna ayuda, subió hasta la casa, encontrándola cerrada a cal y canto, y sin señales del coche, con lo que dedujo qué había regresado a la ciudad, y no volvieron a sabe nada de ella.
Me prometió, en cuanto mi estado lo permitiese, acompañarme hasta la casa y hacer una inspección ocular.
Asentí con la cabeza, como un boxeador noqueado, ante su entrenador a punto de tirar la toalla.

Fotografía (3)

Me desperté en un estado personal altamente mejorable, tras pasar por el baño para mis abluciones matinales  baje con prontitud en busca de un café o dos, que me reincorporaran a la vida inteligente.

Una vez desayunado, con brío renovado, el ánimo presto para la acción, me dirigí hacia el camino de subida,  acometiendo el ascenso por la parte más practicable que era la más larga.
Cuando ya vislumbre la casa, mi estado de cansancio me hizo sentarme en una roca desde la que tenía una bella vista del pueblo y y de la casa, no había señales de vida en ninguno de los dos lugares, lo cual era un tanto descorazonador.
Pero bueno no estaba allí para potenciar la actividad de la zona, seguí por el camino hasta llegar a una explanada, se suponía que una antigua era, en la que los hierbajos se habían hecho los dueños.
Mucho tiempo sin pasar ningún ser vivo, ni huellas de animales ni de personas y menos de vehículos.
Me quede atento, escuchando, pues al ruido natural de los pájaros, el remover del viento las brancas de lo árboles y una fuente con un caño del que brotaba un buen chorro de agua, me pareció oír una especie de susurro, como una letanía, algo incoherente.
Estuve super quieto, un montón de rato, pensé que no hubiera un rebaño de ovejas encerrado, pero se escucharía algún valido.
No, ahí no había nadie, pero el susurro era persistente y audible e inquietante, me acerque a una construcción, que parecía donde se guardaban las balas de paja y los aperos, la puerta estaba cerrada con una cadena, pero se podía ver el interior oscuro, a través de las telarañas, entre las tablas de la puerta.
Un coche desvencijado, con las ruedas desinfladas y mucho polvo acumulado, esperaba el rescate de un amante de los vehículos históricos.
Mire alrededor, los restos de una cañas que se mal aguantaban sobre una matas, denotaban los restos de un huerto abandonado.
Avancé hacia la casa, su estado era lamentable, los porticones estaban desconchados, y el color original a penas se podía entrever, estando totalmente desvaídos.
Llamé la puerta, estirando una cadena que originariamente activaba una campanilla interior, pero en este caso no dio dicha opción y si me quede con una cadena totalmente oxidada en la mano.
Como no se produjo sonido alguno en el interior, en el exterior me ocupe de soltar una maldición entre dientes.
Llamé otra vez, aporreando la puerta con el puño, pero no escuche nada que delatara movimiento dentro, recorrí el perímetro de la casa, todas las contraventanas estaban cerradas, no pude atisbar el interior.
Mire hacia el piso superior, la hiedra invadía toda la casa, con lo que no podía ver bien las ventanas, aunque no estaban cubiertas, había un balconcillo, pero demasiado alto para intentar el asalto.
Opte por una retirada táctica, era imposible la entrada sin forzar o romper alguna ventana y no podía arriesgarse a cometer una ilegalidad.
Cuando pase por la casa de la entrada, me pareció oír otra vez el murmullo inquietante, pero tenía decidido hacerlo todo correcto y me fui camino abajo.


                                                       Foto tomada de Google