Pasados los días de pésames y duelos, llegaron los momentos de arreglar papeles. Begoña, en su estilo seco y cortante, sugería vender la propiedad, repartir entre los cuatro y así cada cual podría disponer de un capital para hacer lo que quisiera; en el caso de la madre, podría estar en una residencia adecuada, bien atendida. Por supuesto, la interesada ni estaba presente ni al corriente ante ese proyecto de futuro que le atañía. Quedaron en hablarlo tranquilamente después de una cena y cuando la madre se hubiera retirado a su cuarto a descansar.
Ya habían mirado si existía un testamento, siendo don Severio un hombre del todo ordenado, pero con una muerte tan precipitada y siendo en pleno verano, ni siquiera su abogado y amigo había venido al sepelio; con lo cual no tenían ni idea de sus últimas voluntades. Tampoco la madre había hecho ninguna indicación al respecto; ya de entrada lo consideraba de mal gusto, solamente mencionar el tema.
Así pues, al finalizar la cena, Carlos, a quien ya no se le podía llamar Carlitos, siendo un prestigioso corresponsal de prensa, indicó que sería una buena noche para disfrutar de las estrellas y ver las Perseidas, que en esa época del año estaban de muy buen ver. Todos captaron la indirecta y acordaron que sí era una buena idea, menos la madre, que se limitó a comunicar que se retiraba a su habitación, donde rezaría un rosario por su extinto marido y padre ausente de ellos, lo cual parecían haber olvidado.
Una vez instalados en la terraza, sentados en unas hamacas de esas tan cómodas que ya no se hacen, por tener un diseño anticuado y duradero de poco interés para la industria actual, Carlos se dispuso a sacar el "tema".
—¡Queridos hermanos! —dijo Carlos con un aplomo y seriedad desconocidos por parte de sus hermanos—. Considero que el tema de la herencia familiar hemos de verlo como algo que nos atañe a todos por igual y que nuestra prioridad es el bienestar de nuestra madre.
—Por supuesto —respondió presto Antonio.
Begoña se limitó a mirar inquisitivamente, esperando oír algo más consistente.
- lo que tú propones, de vender y buscar una buena residencia para mamá, no creo que sea lo que ella espera de nosotros; más bien dirá que es pan para hoy y hambre para mañana.
- ¡Sí, claro, hermanito! Como tú vives fuera y no te has de ocupar de nada, cuando vienes lo ves todo muy bonito y familiar. Pero el negocio se muere, no da para ni para mantenernos dignamente, respondió airada Begoña.
A todo esto, Antonio seguía sin decir nada; se limitaba a contemplar los cubitos de hielo bailando al ritmo que marcaba su mano contoneando el vaso con whisky.
- Estoy dispuesto a regresar e instalarme aquí: creo que, si le damos otro aire al negocio y dado dónde está, podemos reflotarlo.
- ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Vas a sacrificar tu carrera periodística? —¡No me lo creo! —inquirió Begoña.
- Voy a pedir el traslado, llevo demasiado tiempo en Berlín, ya pienso en alemán y eso no puede ser bueno para mi cabeza. Además, tengo la idea de escribir un libro, una novela, ambientada ahí, pero que tengo que escribir desde una cierta distancia.
—Sí estás convencido de venir aquí, pero siguiendo con el periódico, más el tiempo que puedas dedicar a la novela; ¿cuándo te podrás dedicar a mamá y al negocio? —Le soltó Antonio de una forma un tanto seca, que incluso sorprendió a Begoña.
Tranquilos, no os inquietéis; se trata de que sigáis con lo vuestro aquí, pero dándole otro aire. He visto negocios que allí funcionan, ya sabéis, eso de la moda vintage.
- Begoña saltó. ¡No me fastidies! Estoy aguantando a esas mujeres del "patchwork".
- No me refiero a eso; tener un grupo de señoras charlando de sus cosas mientras cosen sus colchas es una pérdida de espacio y por los cuatro retales que compran...
- Gastan bastante, se lo van diciendo unas a otras, pero entretienen mucho, eso es verdad.
- Dímelo a mí. - soltó Antonio: Me paso el día cargando piezas, mostrando telas, para que después se queden por ahí, en el mostrador; luego me toca recoger y guardarlas.
- Por eso toca renovarse, buscar algo de mayor valor añadido; se pueden seguir teniendo las telas, pero poniendo algún artículo con más carácter, algo de moda y rompedor.
- ¡Perdona, pero ya está todo inventado! Frase lapidaria de Begoña, siempre negativa.
- Pues he pensado que se podría añadir una sección de gorras y sombreros, tanto de hombres como para mujeres. En Berlín lo están petando, sobre todo las de estilo inglés, aunque el holandés también mola mucho, pero no tanto.
Y poner unas habitaciones con música y luz tenue, donde unas simpáticas azafatas le ayudarán a probárselos. Comentó Antonio —con sorna.
Muy simpática tu aportación, pero no era eso lo adecuado al nombre de nuestra familia.
Le contesto con cierto mosqueo. —Carlos.
- Begoña no dijo nada de lo asombrada que se había quedado.
Pero ella, un tanto fuera de juego, como mínimo aceptó que Carlos, proponía algo, diferente y viable.
Antonio, mientras se deleitaba con su destilado y soltaba sus bromas, asentía al hecho de darle un cambio al negocio.
Carlos empezó a ver la posibilidad de imponer su argumentario.
Ernestina, que había escuchado toda la conversación con suma atención, sentada ante su ventana abierta a la oscura noche veraniega, tomaba nota mental de todo lo dicho.
El tiempo transcurría, el género acumulaba polvo en las estanterías; los empleados fueron invitados a irse como asistentes incómodos a una cena de fin de año, esa que cierra un ciclo. Tras el cambio de hábitos de la clase media, también el trajín de sastres y talleres de costura desapareció y el negocio pasaba a ser un centro de reunión de señoras aficionadas a grupos de costura en plan americano. Lo cual podía ser atendido por la propia Begoña, cuando no estaba con las escasas cuentas que presentaba a su padre, y que requerían el control contable del negocio, y para las cosas más físicas, como bajarles las piezas de los estantes, por ejemplo, ya estaba Antonio.
La verdad es que Begoña nunca había entendido para qué le había servido a su hermano tanto hincar los codos; tras un intento en arquitectura, lo dejó para pasarse a económicas y al final recalar en derecho, y tampoco nadie tenía claro si había acabado la carrera; nunca se buscó trabajo en ningún bufete. Y acabó en el negocio familiar, haciendo de chico para todo del padre y luego de la hermana; de su madre no, porque ya hacía años que no se pasaba por ahí, y eso que lo tenía fácil.
En cuanto a Carlitos, nunca le interesó y, siendo el pequeño, sabía que poco a pintar tendría con las dos joyas familiares que le precedían; con lo cual, haciendo caso a su madre, se dedicó al periodismo y acabó de corresponsal en Berlín de uno de los periódicos de más tirada de la ciudad.
Don Severio ya hacía mucho tiempo que se limitaba a ir al despacho, andando desde su casa; para ello salía por la entrada principal de la casa y no la que daba al almacén, en un paseo con una parada en el quiosco, para recoger el periódico en el que escribía Carlitos, tras mirar si había alguna columna suya; para leer las noticias del día anterior ya tenía su suscripción a un periódico muy conservador, de esos muy de ley y orden, digamos serio, adecuado a su estándar de vida; aquello de guardar las formas.
Al final pasó lo que un día u otro nos llega a todos; a don Severio le dio un ataque de apoplejía, en plena lectura de su diario extraoficial; como sus hijos estaban acostumbrados a verlo dormitar casi a diario en su despacho, no prestaron mucha atención a su silencio.
Cuando al mediodía lo llamaron para ir a comer a la casa familiar, es decir, subir al piso de arriba, se lo encontraron con la cabeza sobre la mesa, encima del diario, babeando sobre una crónica deportiva.
Rápidamente avisaron a una ambulancia y se lo llevaron en estado comatoso, del cual ya no salió; al tener otro derrame cerebral de carácter más lesivo. Tenía setenta y ocho años y nunca había dado señales que pudieran desembocar en un episodio de estas características. Carlitos vino de inmediato en cuanto le avisaron, cogió el primer avión enseguida que le llamaron y llegó a tiempo de participar en todo lo concerniente a las exequias del padre. Aquel día estuvieron todos, mujer, hijos, familiares, algún amigo, vecinos, aparte del párroco; muy atentos todos con doña Ernestina, muy afectada por todo lo ocurrido. Irse así sin avisar no era el modo de proceder de don Severio, que Dios tuviera en su gloria.
Don Severio era un tipo muy formal, de esa clase de señores de los que ya no quedan. Siempre vestidos de oscuro, ya fuera azul marino en verano o gris marengo en invierno; el negro lo utilizaba en funerales y fiestas de guardar; las camisas siempre blancas, del blanco impoluto que no admite matices, como esos que se permitían las mentes depravadas en ciertas situaciones que él no se atrevía siquiera a imaginar.
Ni que decir tiene que era un hombre casado, concretamente con Ernestina, que le había buscado y recomendado su madre, con el beneplácito paterno, por supuesto. De su relación matrimonial nacieron tres hijos: Begoña, calcada a su padre en todo, lo cual le hacía parecer una institutriz propia de películas de esas en blanco y negro. El color no le estaba bien; prefería vestir trajes chaqueta, aunque en realidad siempre añoró el uniforme escolar. Era, digamos, una señorita curiosa, las muñecas con las que fue obsequiada a lo largo de su corta infancia siempre sufrían penalidades varias. Las más visibles eran precisamente la pérdida de esos ojos azules, con los que salían sonriendo de la caja. La sonrisa también la perdían, muy poco después. Antonio, el segundo, fue una especie de animal sufriente de los caprichos de su hermana mayor; también ayudó que no era de muchas luces, aunque sí, muy aplicado y estudioso; siempre estaba con los libros y haciendo deberes todo el fin de semana. Carlitos era diferente, era el pequeño y, por tanto, tenía derecho a un trato más laxo en cuanto a disciplina familiar; también hay que decir que llegó mucho más tarde, con lo que estaba condenado a ser el pequeño de la familia de por vida; incluso sus padres se opusieron a que fuera a la mili. Esa salvajada que afrontó con honores su hermano Antonio, con la cual se inspiró para dar la tabarra el resto de su vida a todos aquellos que pasaran por su lado y no tuvieran otra cosa que hacer o les fuera un negocio quedándose con él, escuchando sus batallitas.
La familia vivía bien, con cierta moderación en los lujos, pero gozaba de un estatus social aceptable. Don Severio fue hijo único y heredó un almacén de tejidos, con local en la Rambla principal de la ciudad, con reconocido prestigio por el género exclusivo que vendían. Eran tiempos en los que ir a comprar los tejidos con los que hacerse el ajuar de la casa y después todo lo necesario para trajes, camisas, blusas y vestidos, estaba al orden del día en toda familia pequeña burguesa que se preciara.
Afortunadamente, en la "Bienservida" no se aceptaban los gustos del dueño, más que en ciertos géneros; y se continuaba con todas las florituras que su madre y luego su esposa Ernestina, habían ido escogiendo. Por suerte, a Begoña le dejaban opinar poco al respecto, más bien nada, aunque consiguió un aumento de ventas, en tiempos en que empezaba a imponerse el comprarse la ropa ya hecha, una moda extranjera que se pronunciaba en francés, lo que ya indicaba que una buena cosa no podía ser. Pero ella, la decidida Begoña, con el simple hecho de acortar las varas de medir con un simple centímetro por lado, pudo revertir algo la bajada de margen comercial y así consiguieron ir tirando; y don Severio encantado, ya que no se enteraba de nada, pero las formas se mantenían impolutas. Y los números, que en realidad era lo que importaba.