Y llegó el gran día, ese con el que sueñan todos los escritores, con protagonismo por tener novedad a presentar ante el público y hacerlo en la jornada grande como firmante en una mesa.
En este caso, invitado por la entidad municipal que aglutina el grupo de bibliotecas públicas y, por otro lado, por una entidad cultural, con larga trayectoria en la ciudad, como es “Amics de les Arts i Joventuts Musicals”.
En ambos casos, una experiencia de primera, por los organizadores y también por los compañeros de mesa en los turnos adjudicados para dedicarme a atender al público siempre ansioso de novedades literarias.
Muy agradecido de haber podido disfrutar, un año más, de esta satisfactoria experiencia.
Muy agradecido de forma excepcional, por la excelente colaboración, de las autoras de las acuarelas y del prólogo de la obra, un auténtico privilegio poder contar con ellas.
Noche de Jazz: Silverio recordaba tiempos mejores, de esos de salir con el grupo de amigos a pasárselo bien y conseguirlo. Luego ya se sabe, el tiempo impone su ley, y ya, entre obligaciones formativas, trabajos, parejas, familia y edad, todo desaparece y queda en un simple, agradable y nostálgico recuerdo. Así y todo, arrastró sus pies, en busca de no se sabe, bien bien qué. Quizás el sonido nítido de un saxo, que intuía tan bueno, como fuera el de sus recuerdos. Sin pensárselo mucho, entró, saludó a la persona que atendía en la recepción; ya de entrada, le sorprendió que fuera de su generación, algo que le dejó desconcertado; eso ya no le pasaba en ningún sitio. Una vez dentro, la música era mucho más real, cercana, cálida y envolvente. Se sentó en el asiento libre más próximo que encontró; en realidad había más sitios disponibles, pero prefería estar lo más cerca posible del escenario, que centrado pero alejado. Aparte de escuchar, le gustaba observar y ver esa complicidad que se da entre los músicos componentes de una banda de jazz. Enseguida vino una camarera, alta, simpática y decidida; le pidió una copa de un matarratas, típico brebaje del lugar. Eso desinfectaría su interior de esa desazón que a veces le embargaba sin venir a cuento. Una vez acostumbrado a la tenue luz de la sala, en comparación con la elevada iluminación en el escenario, se percató de que había escogido una mesa con una situación óptima para disfrutar del concierto y del espectáculo, que, ignorantes del mismo, ofrecían los asistentes al mismo, como público. Sí, todos movían el cuerpo ofreciendo una proyección bailonga digna de admirar y copiar, dado que Silverio pronto se vio marcando el ritmo con sus pies y, lo más importante, sonriendo a su compañera de mesa, que movía el cuerpo de una forma muy desenfadada y, ya puestos, admitía que sumamente agradable. Aquella noche, Silverio se vio arropado por la mejor de las sonrisas; hacía años que no disfrutaba así de su música preferida. Estuvo bien salir de casa y escuchar y vivir un concierto en vivo y en directo. Salieron juntos en busca de más emociones compartidas.