El tiempo transcurría, el género acumulaba polvo en las estanterías; los empleados fueron invitados a irse como asistentes incómodos a una cena de fin de año, esa que cierra un ciclo. Tras el cambio de hábitos de la clase media, también el trajín de sastres y talleres de costura desapareció y el negocio pasaba a ser un centro de reunión de señoras aficionadas a grupos de costura en plan americano. Lo cual podía ser atendido por la propia Begoña, cuando no estaba con las escasas cuentas que presentaba a su padre, y que requerían el control contable del negocio, y para las cosas más físicas, como bajarles las piezas de los estantes, por ejemplo, ya estaba Antonio.
La verdad es que Begoña nunca había entendido para qué le había servido a su hermano tanto hincar los codos; tras un intento en arquitectura, lo dejó para pasarse a económicas y al final recalar en derecho, y tampoco nadie tenía claro si había acabado la carrera; nunca se buscó trabajo en ningún bufete. Y acabó en el negocio familiar, haciendo de chico para todo del padre y luego de la hermana; de su madre no, porque ya hacía años que no se pasaba por ahí, y eso que lo tenía fácil.
En cuanto a Carlitos, nunca le interesó y, siendo el pequeño, sabía que poco a pintar tendría con las dos joyas familiares que le precedían; con lo cual, haciendo caso a su madre, se dedicó al periodismo y acabó de corresponsal en Berlín de uno de los periódicos de más tirada de la ciudad.
Don Severio ya hacía mucho tiempo que se limitaba a ir al despacho, andando desde su casa; para ello salía por la entrada principal de la casa y no la que daba al almacén, en un paseo con una parada en el quiosco, para recoger el periódico en el que escribía Carlitos, tras mirar si había alguna columna suya; para leer las noticias del día anterior ya tenía su suscripción a un periódico muy conservador, de esos muy de ley y orden, digamos serio, adecuado a su estándar de vida; aquello de guardar las formas.
Al final pasó lo que un día u otro nos llega a todos; a don Severio le dio un ataque de apoplejía, en plena lectura de su diario extraoficial; como sus hijos estaban acostumbrados a verlo dormitar casi a diario en su despacho, no prestaron mucha atención a su silencio.
Cuando al mediodía lo llamaron para ir a comer a la casa familiar, es decir, subir al piso de arriba, se lo encontraron con la cabeza sobre la mesa, encima del diario, babeando sobre una crónica deportiva.
Rápidamente avisaron a una ambulancia y se lo llevaron en estado comatoso, del cual ya no salió; al tener otro derrame cerebral de carácter más lesivo. Tenía setenta y ocho años y nunca había dado señales que pudieran desembocar en un episodio de estas características. Carlitos vino de inmediato en cuanto le avisaron, cogió el primer avión enseguida que le llamaron y llegó a tiempo de participar en todo lo concerniente a las exequias del padre. Aquel día estuvieron todos, mujer, hijos, familiares, algún amigo, vecinos, aparte del párroco; muy atentos todos con doña Ernestina, muy afectada por todo lo ocurrido. Irse así sin avisar no era el modo de proceder de don Severio, que Dios tuviera en su gloria.
Don Severio era un tipo muy formal, de esa clase de señores de los que ya no quedan. Siempre vestidos de oscuro, ya fuera azul marino en verano o gris marengo en invierno; el negro lo utilizaba en funerales y fiestas de guardar; las camisas siempre blancas, del blanco impoluto que no admite matices, como esos que se permitían las mentes depravadas en ciertas situaciones que él no se atrevía siquiera a imaginar.
Ni que decir tiene que era un hombre casado, concretamente con Ernestina, que le había buscado y recomendado su madre, con el beneplácito paterno, por supuesto. De su relación matrimonial nacieron tres hijos: Begoña, calcada a su padre en todo, lo cual le hacía parecer una institutriz propia de películas de esas en blanco y negro. El color no le estaba bien; prefería vestir trajes chaqueta, aunque en realidad siempre añoró el uniforme escolar. Era, digamos, una señorita curiosa, las muñecas con las que fue obsequiada a lo largo de su corta infancia siempre sufrían penalidades varias. Las más visibles eran precisamente la pérdida de esos ojos azules, con los que salían sonriendo de la caja. La sonrisa también la perdían, muy poco después. Antonio, el segundo, fue una especie de animal sufriente de los caprichos de su hermana mayor; también ayudó que no era de muchas luces, aunque sí, muy aplicado y estudioso; siempre estaba con los libros y haciendo deberes todo el fin de semana. Carlitos era diferente, era el pequeño y, por tanto, tenía derecho a un trato más laxo en cuanto a disciplina familiar; también hay que decir que llegó mucho más tarde, con lo que estaba condenado a ser el pequeño de la familia de por vida; incluso sus padres se opusieron a que fuera a la mili. Esa salvajada que afrontó con honores su hermano Antonio, con la cual se inspiró para dar la tabarra el resto de su vida a todos aquellos que pasaran por su lado y no tuvieran otra cosa que hacer o les fuera un negocio quedándose con él, escuchando sus batallitas.
La familia vivía bien, con cierta moderación en los lujos, pero gozaba de un estatus social aceptable. Don Severio fue hijo único y heredó un almacén de tejidos, con local en la Rambla principal de la ciudad, con reconocido prestigio por el género exclusivo que vendían. Eran tiempos en los que ir a comprar los tejidos con los que hacerse el ajuar de la casa y después todo lo necesario para trajes, camisas, blusas y vestidos, estaba al orden del día en toda familia pequeña burguesa que se preciara.
Afortunadamente, en la "Bienservida" no se aceptaban los gustos del dueño, más que en ciertos géneros; y se continuaba con todas las florituras que su madre y luego su esposa Ernestina, habían ido escogiendo. Por suerte, a Begoña le dejaban opinar poco al respecto, más bien nada, aunque consiguió un aumento de ventas, en tiempos en que empezaba a imponerse el comprarse la ropa ya hecha, una moda extranjera que se pronunciaba en francés, lo que ya indicaba que una buena cosa no podía ser. Pero ella, la decidida Begoña, con el simple hecho de acortar las varas de medir con un simple centímetro por lado, pudo revertir algo la bajada de margen comercial y así consiguieron ir tirando; y don Severio encantado, ya que no se enteraba de nada, pero las formas se mantenían impolutas. Y los números, que en realidad era lo que importaba.