Foto de A.C.P.
Obertura de Tannhäuser de Richard Wagner
Orquesta Filarmónica de Berlín
dirigida por Herber von Karajan
Noche de San Lorenzo
Don Severio era un tipo muy formal, de esa clase de señores de los que ya no quedan. Siempre vestidos de oscuro, ya fuera azul marino en verano o gris marengo en invierno; el negro lo utilizaba en funerales y fiestas de guardar; las camisas siempre blancas, del blanco impoluto que no admite matices, como esos que se permitían las mentes depravadas en ciertas situaciones que él no se atrevía siquiera a imaginar.
Ni que decir tiene que era un hombre casado, concretamente con Ernestina, que le había buscado y recomendado su madre, con el beneplácito paterno, por supuesto. De su relación matrimonial nacieron tres hijos: Begoña, calcada a su padre en todo, lo cual le hacía parecer una institutriz propia de películas de esas en blanco y negro. El color no le estaba bien; prefería vestir trajes chaqueta, aunque en realidad siempre añoró el uniforme escolar. Era, digamos, una señorita curiosa, las muñecas con las que fue obsequiada a lo largo de su corta infancia siempre sufrían penalidades varias. Las más visibles eran precisamente la pérdida de esos ojos azules, con los que salían sonriendo de la caja. La sonrisa también la perdían, muy poco después. Antonio, el segundo, fue una especie de animal sufriente de los caprichos de su hermana mayor; también ayudó que no era de muchas luces, aunque sí, muy aplicado y estudioso; siempre estaba con los libros y haciendo deberes todo el fin de semana. Carlitos era diferente, era el pequeño y, por tanto, tenía derecho a un trato más laxo en cuanto a disciplina familiar; también hay que decir que llegó mucho más tarde, con lo que estaba condenado a ser el pequeño de la familia de por vida; incluso sus padres se opusieron a que fuera a la mili. Esa salvajada que afrontó con honores su hermano Antonio, con la cual se inspiró para dar la tabarra el resto de su vida a todos aquellos que pasaran por su lado y no tuvieran otra cosa que hacer o les fuera un negocio quedándose con él, escuchando sus batallitas.
La familia vivía bien, con cierta moderación en los lujos, pero gozaba de un estatus social aceptable. Don Severio fue hijo único y heredó un almacén de tejidos, con local en la Rambla principal de la ciudad, con reconocido prestigio por el género exclusivo que vendían. Eran tiempos en los que ir a comprar los tejidos con los que hacerse el ajuar de la casa y después todo lo necesario para trajes, camisas, blusas y vestidos, estaba al orden del día en toda familia pequeña burguesa que se preciara.
Afortunadamente, en la "Bienservida" no se aceptaban los gustos del dueño, más que en ciertos géneros; y se continuaba con todas las florituras que su madre y luego su esposa Ernestina, habían ido escogiendo. Por suerte, a Begoña le dejaban opinar poco al respecto, más bien nada, aunque consiguió un aumento de ventas, en tiempos en que empezaba a imponerse el comprarse la ropa ya hecha, una moda extranjera que se pronunciaba en francés, lo que ya indicaba que una buena cosa no podía ser. Pero ella, la decidida Begoña, con el simple hecho de acortar las varas de medir con un simple centímetro por lado, pudo revertir algo la bajada de margen comercial y así consiguieron ir tirando; y don Severio encantado, ya que no se enteraba de nada, pero las formas se mantenían impolutas. Y los números, que en realidad era lo que importaba.





