Foto cortesia de I.C.C.
Lisas
El sordo ruido del caer de un bulto indefinido a
las aguas del puerto en este atardecer otoñal, sólo atrae la sorda atención
de las lisas del puerto.
Siempre prestas a beneficiarse, de todo aquello
que les lanzan esos seres tan curiosos y
numerosos, que deambulan por el muelle.
Pero a esa hora en que la penumbra se va cerniendo
sobre el muelle, hace rato que se han ausentado turistas y paseantes
autóctonos con ganas de serlo, pero que se conforman con parecerlo en su propia
ciudad.
Si no, de qué se iban a estar por aquella zona,
tan masificada durante el día.
Respirando cien olores diferentes, de los
numerosos puestos de artículos más o menos comestibles, siempre en oferta.
Pero a esta hora, ya no hay nada de ese
bullicio, ni de olores, ni siquiera queda personal de los que recogen los
tenderetes de artesanías multiculturales procedentes todas ellas de la misma
frontera.
Acostumbradas a comer cualquier cosa, a las
lisas no les importa mordisquear las orejas de aquel ser, recién introducido en
las frescas aguas portuarias.
El sonido del entrechocar cabos con los palos, de
los innumerables yates que se hacinan como bancos de sardinas, apenas
amortigua ese sonido característico del caer de un cuerpo inerte en el agua.
Pero ahí está él, donde no debe, para ver lo
que no le conviene.
Si se hubiera podido acercar al bañista accidental,
su cara no le hubiera pasado desapercibida, hay banqueros casi tan famosos como
los roqueros más afamados.
Este había salido últimamente mucho más de lo
estrictamente oportuno, en los telediarios durante todo un mes de un proceso,
nada satisfactorio para los factótums, que gobiernan en la sombra.
Ya no era uno de ellos y el hablar demasiado
conlleva la frialdad de un baño nocturno con exceso de peso en el equipaje.
Nuestro hombre sólo vio el alboroto de las lisas
acudiendo prestas al reclamo de un posible alimento. Y sintió con mucho más
dolor el hecho de su curiosidad fuera de tiempo.
Al siguiente chapoteo en las tranquilas aguas
portuarias, ninguno de los habitantes instalados en los yates, (ya se sabe que el precio de los pisos, ha promocionado su uso cómo vivienda), osa siquiera asomarse por la borda.
Barcelona, 9 Octubre 2018