martes, 14 de septiembre de 2021

ENTRE GORRIONES



Foto del autor 


Música callejera


 

  • ¿Te cuento el último? 

  • Que pesado eres. 

  • ¿Quiero saber si esta historia te gusta? 

  • Pero si son todas copiadas de los libros que hay por aquí. 

  • ¡Qué dices! Mi material siempre es original. 

  • Lo que tú digas, a mi todo me suena conocido. 

  • ¡Ya está! El pico que se lo ha leído todo. 

  • ¡Vale, empieza! 

 

Don Sebastián vivía con resignación espiritual las carencias motrices y de otra índole que la vejez había traído a su piadosa vida.

 

Viudo desde hacía muchos años, pues su mujer harta de no sé sabe qué, optó por bajar por el hueco del ascensor sin usar la cabina.

 

A partir de entonces mantenía un pequeño oratorio en el recibidor con unas velas siempre encendidas en su honor, ante un retrato que hizo pintar de una foto sacada poco después de su treceavo y último aborto, con el cual ella dio por concluido su interés en querer tener descendencia, no así Don Sebastián, pero esto nos apartaría del tema.

 

Dado su estado y su prolija edad a pesar de ser ignorada por todo el mundo menos su albacea, se mantenía firme en sus convicciones y en su testadura forma de ver las cosas, lo cual le había llevado a no tener relación familiar o amistosa con nadie, se desconocía si había familiares más o menos cercanos y tampoco se sabía nada de amigos o compañeros de su carrera judicial, en todo caso lo más posible es que ya los hubiera enterrado a todos.

 

Tenía nuestro buen hombre un asistente para todo, dado que, tras un largo periodo de bastoneo, al final necesitó ante la evidente rendición de sus piernas ir en una silla de ruedas, lo cual acabó de configurar aún más su carácter negativo.


Entonces por recomendación de su asistenta y ante la evidencia de que él iba a peor, contrató a uno de esos inmigrantes de trato cariñoso, que se ocupan a tiempo completo de nuestros ancianos.

 

Rigoberto Matías De la Hoz y Fuentelabrada, natural de Lima (Perú) pensó que, con su titulación de maestría en ingeniería mecánica, podría desarrollar una vida laboral con más posibilidades en nuestro país, lo cual no se ajustó a sus sueños y tras trabajar varios años en un servicio rápido de neumáticos en el turno de noche, prefirió dedicarse al cuidado de un viejo cascarrabias, a quien fue recomendado por su cuñada Teófila, encargada del servicio doméstico de la casa de Don Sebastián. 


Matías era el típico hombre orquesta, capaz de arreglar cualquier cosa con solvencia, con la paciencia de Job y la bondad de Ruth, lo cual lo hacía apto para aguantar día y noche al viejo malhumorado, siempre denostando todo lo que veía hecho por gente más joven que él o sea, casi toda. 


En el fondo Matías aspiraba, (una vez conocida la casa, el barrio y el tipo de gente que eran sus habitantes, gracias a su cuñada), sustituir a Leandro en sus funciones de portero de la finca en los últimos veinticinco años, que estaba ante su próxima jubilación, el cual le había comentado dicha posibilidad y estaba dispuesto a recomendarlo ante el presidente de la comunidad de vecinos.  

Jubilación que se iba demorando a medida que los diferentes gobiernos, iban alargando cual chicle usado, la concesión del derecho a su pensión, a los sexagenarios con poco tiempo para dejar de serlo. 


Así llegamos al día de autos que nos ocupa, en donde Matías que siempre se quedaba un rato tras la cena del señor por si era menester su ayuda para llevarlo a la cama o cualquier otra contingencia, fue requerido por Don Sebastián a su gabinete en el cual lo había dejado aparcado, para que se tomase su infusión de manzanilla mientras contemplaba alguna de sus colecciones de sellos de la gloriosa época de los veinticinco años de paz.

 

  • Matías, hijo (usaba este apelativo en su acepción de: ser débil, dependiente y de poca formación académica) 

  • Dígame Don Sebastián. 

  • He estado pensando, en que mi fin puede venir en cualquier momento... 

  • No diga Ud. Eso ¡Don Sebastián! Que tiene cuerda para rato. 

  • Sí hijo, sí. Ya sé lo que me digo. 

  • Me entristece oírle decir estas cosas. 

  • Ya, pero hay que hacerlo. 

  • Bueno, Ud. Me dirá.

  •  

  • La cuestión es que no tengo familiares próximos, que se puedan ocupar de mí cuando vayan menguando mis capacidades. (lo cual era harto evidente). Con lo cual había pensado en fueras tú el que te ocuparas de mi etapa final, no quiero acabar en un asilo o residencia de esas que dejan aparcados a los ancianos.

  •  

  • Le entiendo Don Sebastián, pero lo que me pide es muy delicado, de una gran responsabilidad, eso lo tendría que asumir un pariente cercano suyo.

  •  

  • ¡No! Ningún miembro de mi familia, el que quede, si es que hay alguno, sería digno de asumir tamaño encargo. 

  • Pero don Sebastián... 

  • Ni, pero ni nada. He dispuesto en mi testamento que tu seas mi único heredero. Con la condición para ello que me cuides hasta mi final, haciendo todo lo posible para que ello ocurra lo más tarde posible. 

  • Lo que Ud. Diga Don Sebastián, le estoy muy agradecido por su confianza y lo atenderé con mucho gusto durante todo el resto de su vida. 

  • ¡Así se habla, hijo mío! Pues nada, el lunes iremos a casa del notario a formalizarlo. 

  • Lo que Ud. Mande. ¿Tendré que ir arreglado? Me refiero a ponerme corbata y esas cosas. 

  • No, no es necesario. ¡Qué cosas tienes Matías! 

  • Bueno señor, es que yo no he ido nunca a un sitio de esos. 


Don Sebastián se lo miro con los aires de superioridad cristiana, de quién tiene medios y cultura para colonizar a otros congéneres.

 

  • No te preocupes, tú haz lo que yo te diga 

  • ¡Sí Don Sebastián!

  •  

Obediente y respetuoso para con sus mayores, Matías cumplió con nota tras aceptar la herencia con sus condiciones ante el notario. 


Renunció a sus aspiraciones de portero, se instaló en su residencia para servirlo a tiempo completo, cosa que hizo hasta el último aliento de Don Sebastián con fidelidad perruna.

 

Cuando llegado el triste momento de hacer efectiva la herencia, resultó ser que los bienes no eran tantos y apenas dieron para un entierro de primera, eso sí, que ya estaba estipulado en los papeles, antes de repartir nada. Así mismo la vivienda pertenecía al banco con el que había firmado el finado una hipoteca inversa, de cuyo importe había disfrutado a lo largo de su muy prolongada vida.

 

Hecha la liquidación de bienes, del saldo y una cartera de acciones de empresas variopintas, que solo parecieron interesar a la corporación bancaria a la hora de colocarlas a sus clientes más fieles, pero que ahora carecían de valor en el mercado de presentes, le quedó lo justo para poder pagar la fianza de un piso de alquiler en una zona periférica de la ciudad.

 

Matías tenía un mes de gracia para abandonar la residencia del lugar.

 

Teófila, podía disponer de lo que quisiera del ajuar de la casa. 


 

  • Lo que yo te decía, está muy manido. 

  • ¡Pero si tiene un final con sorpresa! 

  • Sorpresa la mía, que no tengo una miga que llevarme al pico. 

  • No captas el mensaje de denuncia ante la explotación del débil. 

  • ¡Ya estamos! Sube a la mesa y empieza a declamar. A ver si te aplauden.




Barcelona, catorce septiembre 2021 


 

jueves, 9 de septiembre de 2021

GOTAS


Foto gentileza de C.M. 


 "Gotas de lluvia caen sobre mi cabeza"
B. J. Thomas




Gotas cayendo por las hojas
 arrastrando a su paso polvo
 depositado por el viento en ellas
 arrancado a una tierra yerma.

 Ni todos los olores de la tierra
 pueden estar en una gota de lluvia
 ni los aromas humanos al completo
 encontrarse en una lágrima.

 Pero encuentro en ambas formas
 las mismas sensaciones de vida
 ninguna de las dos alegre o trágica
 es prescindible para confirmarlas.

 Hay pequeñas gotas de agua
 que ni siquiera llegan al suelo,
 evaporadas en su caluroso descenso
 para desespero de la sedienta planta.

 Las lágrimas en cambio
 siempre llegan a su destino
 ya sea alegre o desesperado
 en público o en privado.

 Nos duele tanto una tierra reseca
 como una inundada en exceso
 trayendo desgarro y miseria
 en campos y viviendas.

 Se producen entonces 
lágrimas  de impotencia
 esas que nos indican
 cuando no podemos más.

 En cualquier caso 
formaremos parte de su curso 
recorriendo la última parte
 de un camino que nos parece corto.


 Barcelona, nueve de septiembre 2021

miércoles, 1 de septiembre de 2021

MATERIAL CLANDESTINO

 

Foto de G.C.G. 

 

Maria Del Mar Bonet ~ Bir-Demet Yasemen



Tenían que darse prisa, empezaba a clarear y eso era muy peligroso para ellos, en su pequeña y lenta embarcación.


Pues podían ser avistados y con toda lógica abordados posteriormente.


Esperaban que sí eso ocurría para entonces hubieran tenido tiempo de dejar su cargamento en el punto de encuentro. 


Hasta ahora, las embarcaciones con éxito en sus operaciones de desembarco habían sido muy superiores a las apresadas, e incluso algunas de estas últimas pudieron deshacerse de su cargamento a tiempo. 

 

Más valía eso que caer con él a cuestas y sufrir una multa y una pena muy superior, que podía acarrear incluso la muerte, por tráfico de materiales de alto contenido alucinógeno. 

 

El poder imaginativo que se encerraba en sus pesados fardos era muy peligroso para las autoridades, estas llevaban años de continuas pesquisas para la captura y destrucción de todo tipo de material considerado pernicioso para la población. 


Ante las muchas dificultades en la utilización de los sistemas electrónicos modernos, la sociedad alternativa se había refugiado en los métodos del siglo pasado, gracias a algunos ancianos que recordaban antiguas técnicas, para la trasmisión de elementos culturales. 


Se habían agenciado de antiguas maquinarias escondidas en los almacenes de algunos museos, ahora cerrados al público pero que aún no habían sido desmantelados.

 

Todas las comunicaciones vía telemática estaban intervenidas, las penas por las infracciones eran muy severas, pero el ansia por no dejarse dominar y no caer en el aborregamiento generalizado, les daba las fuerzas necesarias para seguir en el intento de preservar todo lo posible su antigua cultura. 


Entretenidos con la destrucción de las obras más antiguas y ostentosas, de momento podían ir haciendo su labor de zapa para introducir un poco del pequeño material de bolsillo más asequible para la población sedienta de otro tipo de consignas.

 

Las mujeres eran los correos más adecuados para su distribución, escondiéndolo todo bajo sus mantos, que las cubrían de pies a cabeza, con solo la consabida rejilla para que vieran lo que había dentro, las viejas eran las más seguras, pues no solían despertar ningún interés por parte de los vigilantes de la moral y buenas costumbres a los ojos del ser superior.

  

Tenían que ir eso sí, acompañadas de un varón, mejor uno mucho mayor que ellas o un adolescente con pinta bobalicona y nada altivo. 


Por eso cada vez que una de las pequeñas embarcaciones descargaba los fardos con libros y, estos se podían distribuir, era una heroicidad de la que se beneficiaban muchas escuelas clandestinas. 


 

Barcelona, uno de septiembre 2021