Tumbas (Foto del autor)
Ya
sé,
que
todos cargamos
con
nuestros muertos,
bien
a cuestas.
Que
cada vez son más;
los
que con el tiempo
vamos
añadiendo,
a nuestra colección.
Todo eso forma parte
de nuestra historia personal,
pero
asusta, cansa, fatiga,
cuando
llega el día,
de honrarlos,
y te das cuenta de ello.
Empezamos
con muy pocos,
los abuelos, algún tío ya mayor
y poco cuidado;
luego vamos añadiendo,
familiares y amigos
con mala suerte,
ya se sabe,
accidentes e irresponsabilidades
de por medio.
Se
incrementa con todo tipo,
de conocidos y parientes,
mermados por el puto cáncer,
que no respeta,
edades ni jerarquías,
da igual ocho que ochenta.
Todos
ellos, van llenando
nuestro saco de recuerdos,
vivencias y experiencias mundanas,
que forman la mochila de nuestra vida.
Por
todos sentimos pesar,
cierta indignación,
siempre tristeza,
incluso
odio a los de arriba,
por tanta injusticia.
Siempre es injusto despedirse,
sea antes de tiempo o no.
¿Quién decide que ya es la hora?
¿Y eso es justo?
A
veces,
el dolor de una pérdida,
dura tanto tiempo,
que te cambia el carácter.
Dejas de ser el que eras,
te
conviertes en otra persona,
extraña,
diferente,
al
que te cuesta reconocer.
Hasta que haces el esfuerzo,
para seguir tu camino,
familia, amigos, descendencia,
ayudan mucho,
para seguir en este transcurrir solitario
cargando con un paquete más.
Como
ovejas en el corral,
cuando nos juntamos y nos contamos
notamos las ausencias,
que muchas veces no mencionamos,
para no herir susceptibilidades,
sobre heridas,
más o menos recientes.
Otras
veces,
levantamos copas al cielo,
brindamos, incluyendo a todos,
ausentes,
presentes y por venir.
Y un rayo nos ilumina,
haciendo centellear los ojos,
pues muchos llevamos
cargas compartidas en el equipaje.
Sarrià,
Uno de Noviembre 2017






