viernes, 21 de abril de 2017

EL RELEVO


Foto del autor



Empieza a caer el sol, el atardecer quita  luz y cambia perspectivas, lo que vemos no es lo que pasa.

A medida que las sombras ganan espacio, quedando las manchas de luz señaladas por las farolas, las diferencias parecen menores, las distancias se acortan.

La referencia que marca el primero de la serie, condiciona, guía y anima, a los perseguidores.

La adaptación al cambio de luz, no cae igual de bien a todos, hay quién se adapta mejor y sabe sacar partido de la falta de percepción, por parte del contrario, de donde están los límites de la pista.

Siempre he considerado más peligroso el cambio contrario, pasar de la noche al clarear del día, también el cansancio hace más mella y las distracciones son más recurrentes.

El ritmo de paso ha descendido, nada preocupante, entra dentro de lo normal, dadas las condiciones ambientales.

El OK reina en la pizarra, donde marcamos los tiempos realizados, de momento no nos preocupa las diferencias y sólo ponemos posición y tiempo consumido por vuelta.

Una ligera inclinación de cabeza, nos indica la conformidad  por parte del piloto de que sí, realmente todo esta OK.

Va pasando el tiempo, cuantificado en horas, minutos, segundos, décimas. La oscuridad ambiental es total, las motos dejan una estela coloreada al ser retratadas por los ávidos objetivos, deseosos de la foto original.

Los plataneros, farolas, bordillos, se esconden tras unas balas de paja, en los sitios más problemáticos, esos en los que una caída, puede ser muy peligrosa.

Eso se sabe, pero nadie piensa en ello en voz alta, vemos como se hunde la horquilla en la frenada y pensamos en que acelere rápido.

A pesar de que todos saben lo que han de hacer, siguen mi mirada por si hay algún cambio. Vienen momentos de tensión, en poco tiempo se producirá un aprovisionamiento, una carga de gasolina a la máxima presión, para reducir al mínimo la pérdida de tiempo en la parada, con cambio de pilotos incluido.

Ya han avisado del relevo, el piloto se acerca y mira los tiempos que tengo anotados y la posición en la que estamos. Le comento cuatro obviedades necesarias para tranquilizarlo.

Sabe que correrá de noche cerrada y hay que estar atentos a los despistes de los novatos, sobre todo en el cambio de rasante y en la bajada del Grec.

En un momento, la parte delantera del box, está saturada, mecánicos prestos para cualquier eventualidad, la gasolina es muy volátil y caprichosa.

Ya han dado aviso en pista, para entrar en la próxima vuelta. Todos expectantes a verlo aparecer y que vea bien la pizarra con las indicaciones pertinentes.

Asiente, inclina la cabeza dos veces, una mueca de satisfacción por el próximo descanso se dibuja en su cara.

En menos de dos minutos, el mundo, nuestro mundo, se volverá loco, entrará la maquina humeante, parará en el box, se bajará el piloto para dejar sitio a su relevo, pondrán combustible a tope, comprobaran desgaste de ruedas, tensado de cadena, limpiaran óptica y cúpula, estarán atentos a todos los sonidos procedentes del motor y luego, en menos de lo que  aquí se explica, saldrá a la pista para una nueva tanda de vueltas, una hora y media por delante, de incógnitas por desarrollar.

Los pilotos han tenido un brevísimo intercambio de palabras para advertirse del estado de la pista y desearse suerte. Se contagian el optimismo por estar bien situados en la tabla, la noche es larga y puede deparar muchas sorpresas. 

Veremos.

Los comisarios dan conformidad a la corrección de toda la operación.

El autor, 
en sus años mozos, 
crono en mano.



Barcelona, 21 Abril 2017.

jueves, 13 de abril de 2017

EL PESCADOR




Caña de pescar (Imagen de Internet)






   El Pescador

 A veces pasa, por muy concentrado que estés, en una        actividad que has hecho cien mil veces, todas con la máxima corrección, pericia, dedicación, e incluso interés, algo falla y entonces, el día se tuerce, empiezas a perder más tiempo del previsto para algo rutinario, tu autoestima se hunde y ya nada quedará bien.

 Un acto nimio se convierte en una complicación, pasajera e insustancial, pero que molesta, por ser un fallo propio, por falta de atención. Por no estar lo suficientemente concentrado en lo que teníamos entre manos, literalmente.

Entonces has de ingeniártelas, para arreglar el   desaguisado cometido con la máxima presteza, si puedes.

Así las cosas, miras de pasar desapercibido, mientras intentas solventarlo con la máxima discreción posible, no hay que airear los fallos propios.

Con lo cual adoptas comportamientos esquivos, más propios de un agente secreto, en plan Anacleto, que los de un sufrido páter familias.

Todo esto viene a cuento, porque en un acto tan banal, como es el hecho de tender la colada, a nuestro héroe le voló un calcetín, un planeo ligero y corto que le hizo detenerse en un tendedero de dos pisos más abajo.

Todo por una falta de atención al poner la pinza, que si se sujetó a la cuerda, pero sin retener nada, dado que hubo preferencia en mirar la ventana de un baño, entreabierta por eso del principio de los calores, para ver si se estaba duchando la vecina jamona, muy dada a mostrar sus carnes sin pudor, de lo cual ya se tenía referencia por la observación pausada y detallada de su buena delantera. No fue el caso en esta ocasión, pero el despiste, sí llevó al volar de la prenda patio abajo.

Bueno, no tendría importancia si se tratara solamente de bajar y solicitar a los vecinos si son tan amables de recuperar el calcetín caído. Pero no, no contesta nadie y además no tiene pinta de que por allí pasase nadie a menudo.

Así que hay que optar por otra alternativa o perder la prenda, qué total tampoco hay para tanto, pero es uno de esos gordotes, deportivos, de marca y de uno de los hijos, seguro que lo echa a faltar, uno de los preferidos para llevar en la cita molona.

-                  ¡Hola Papá!
-                  ¡Hola Hijo!
-               ¿Qué haces en la galería, con una caña de pescar?
-              Pues lo que se hace con una caña de pescar.      ¡Pescar!.
-                  ¡Ya! ¿Y se pesca mucho en el patio?
-                    No me distraigas.
-                     Con un poco de suerte, un calcetín Nike.
-                      Ya veo.
    ¡Clara! ¡Luis! ¡Papá está pescando  en el patio!
¡Venid! ¡Venid rápido!

A los gritos, antes de apuntarse los citados, absortos en sus pantallitas, se empiezan a abrir las ventanas colindantes, de las señoras vecinas en edad de no ver bien las pantallitas y ser más bien de distraerse de forma tradicional.

Unas chicas del piso de arriba, ocupado por estudiantes, se entretienen en cruzarse apuestas de sí se va o no conseguir la pesca del calcetín mojado.

Cotiza más el que se caerá tras solo conseguir moverlo de sitio; que el alzarlo hasta rescatarlo.  ¡Juventud con poca esperanza!

El anzuelo se balancea, mientras va a la caza y captura de su presa, hábilmente guiado por un pescador convencido de sus posibilidades, por escasas que puedan parecer.

Sortea hábilmente el tendedero intermedio, tras un tira y afloja con unos sostenes negros de la vampiresa del piso inferior, a la que solo suelen ver por las noches, si salen a cenar fuera.

Superado ese trance, guiado por la plomada que mantiene el hilo tenso, se inicia un hábil movimiento de acercamiento por debajo, subiendo lentamente en anzuelo, sin mosca, para enganchar el calcetín, en ese momento nadie respira en el patio.

Una vez cogido, se renuevan las apuestas, esta vez ya entre distintas ventanas. Mientras abandona la seguridad de la cuerda.

Cara tensa, manos firmes, concentración en la mirada, lentitud en los movimientos, recogiendo el hilo, dando vueltas con suma cautela a la manivela del carrete, a cada vuelta el calcetín asciende un poco, dando cómo una sacudida de ascensor antiguo.

El ascenso se prolonga en el tiempo y el interés se mantiene, hay espectáculos, que por lo diverso, atrapan.

Al fin llega a manos del ayudante, que en vez de salabre usa las manos para apropiarse de la pieza, con el aplauso de la concurrencia, a la que muestra la prenda como una oreja obtenida en el ruedo.

Resuenan los aplausos por el patio interior, mientras un aroma de cocinas revueltas inunda el espacio. Llega la hora de comer y todos se retiran prestos a la llamada más importante del día.



Sarrià, 12 abril 2017.


viernes, 7 de abril de 2017

MONASTERIO


Foto del autor


Órgano (Cómo funciona)

Tocata y fuga en Re menor de J.S. Bach
Interpretada por Karl Richter


Es media tarde, la luz ya se introduce levemente en la vieja iglesia, mientras suena insistente una nota, prolongada exageradamente, para extrañeza de las pocas personas presentes en el templo, admirando sus bellas líneas góticas.

Al padre Anselmo, apartado por su provecta edad, de las servidumbres del coro y de la cuestión musical en el monasterio, se le hacía interminable las tardes sin acción, a las que estaba últimamente digamos condenado, según su íntimo parecer.

Por ello no hacía más que pasearse por la iglesia y más concretamente por el órgano, para saber de su buen funcionamiento y de que estuviera en pleno estado de uso en todo momento.

Como sabían de sus manías, en la comunidad le dejaban hacer, sin ponerle más trabas de las necesarias, en sus paseos digamos de control, que nadie consideraba necesarios.

El órgano, un aparato que había visto pasar por su teclado, muchas generaciones de buenos instrumentistas, todos ellos totalmente reverentes en las formas de uso de tan magnífico instrumento, parecía sentir una debilidad por aquel penúltimo encargado de su cuidado, pues en los conciertos vespertinos, soltaba alguna nota desafinada, cruda y extremadamente aguda, para desconsuelo del teclista y llanto de nuestro viejo padre protagonista.

Así las cosas, el padre Anselmo, se sintió en la obligación de averiguar qué le pasaba al órgano y nadie en toda la congregación, se sintió autorizado para evitarlo, incluido el padre abad.

Lo bueno del caso es que en sus manos, las pruebas de sonido, seguían saliendo perfectas, con todo el esplendor y magnificencia que estos aparatos le dan a las partituras.

El padre estaba despistado, observaba cuando en las manos del joven nuevo instrumentista, sonaba el fallo e inmediatamente él repetía la pieza y nada, todo correcto, sonido perfecto.

Algunos miembros de la comunidad, presentes en el momento de las audiciones, se reían por lo bajo, a pesar de toda la respetabilidad que el lugar requería.

Con todo esto se hizo imprescindible, buscar, llamar y hacer venir, a un respetable experto en reparación, mantenimiento y restauración  de órganos antiguos.

Pues en el último funeral de un prohombre de la ciudad, en un momento sentimentalmente álgido de la interpretación en curso, el viejo aparato soltó una nota gallinácea, de corto vuelo y alto valor cómico, que hizo las delicias de los chicos del coro.

El padre Anselmo le explicaba con todo detalle, todas las peculiaridades del extraordinario órgano, al maestro Romualdo, venido expresamente de allende de las fronteras del país de nuestra querida basílica, anfitriona del sorprendente instrumento.

Tras un somero estudio, ocular y auditivo, el maestro no supo ver nada que pudiera ser causante del fallo, digamos esporádico.

Con lo cual se limitó a transmitirle al abad, la necesidad del desmontaje completo y revisión a fondo de todos los tubos, conexiones, palancas, pedales, botoneras…total muchos meses por delante y un precio elevado, demasiado elevado para la congregación.

Y más teniendo en cuenta que el fallo, cuando se producía, pues era sólo en determinadas ocasiones, tampoco afectaba a todo el instrumento, sino a algunos tubos de forma muy aleatoria.

Por todo ello el abad, tomó la decisión de antes de comprometerse en nada, en estudiar junto con las altas jerarquías de la orden,   ver las posibilidades de obtener alguna subvención oficial o bien una fuente de mecenazgo, para poder intervenir.

Todas estas cuestiones, parecían importar poco o nada, al que era el auténtico responsable del desaguisado, encariñado con el antiguo organista, al que no quería ver jubilado y por ello se entretenía en fastidiar las audiciones del nuevo intérprete.

Se limitaba a pasear con sus ojillos curiosos, relamiéndose sus finos bigotes, mirando de pasar totalmente desapercibido.

Lucas, se entretenía con su diminuto cuerpo cola incluida, en acortar el recorrido del sonoro viento, por determinados tubos de fácil acceso, cambiando la nota del mismo, a su entretenida voluntad.

Lucas era un veterano ratón del monasterio, que supo agradecer las muestras de cariño del viejo cascarrabias, que en vez de darle escobazos, le daba buenas piezas de queso, ya que al pobre viejo no le gustaba nada, por cierto.

Pero el hecho de que le desmontaran aquel laberinto de tubos sonoros, tampoco le hacía mucha gracia, sabía leer los semblantes de las personas; así que permitió una última audición, que fue correcta, del novato.



Barcelona, 7 Abril 2017.

martes, 4 de abril de 2017

AMIGOS REVIVAL

Un finde de reencuentro


Fotos de I.C.C. y del Autor



Los años no pasan en balde; ya no es posible reunirnos los mismos.

Así y todo, a la llamada de invitación para el encuentro, la participación ha sido notablemente alta, casi al completo.





Había ganas de verse, compartir unas horas, un tiempo, una comida, y para la mayoría un finde completo.

En un lugar privilegiado, todavía respetado por el turismo de masas, puesto a nuestra disposición, por el que tuvo la suerte y la valentía, años ha, de apostar por este lugar, haciéndose un rincón, para vivir sus horas de asueto.





Azotados por un fuerte viento, caprichoso en la zona, ahora vengo, ahora no, al cual agradecemos, por limpiarnos de amenazadoras nubes, la nitidez de un inmenso cielo azul, para nuestro deleite.

Recorremos el lugar, dejándonos ante cada mirada, una porción de envidia sana, por tan maravilloso entorno.





Tranquilamente observo, casi cuarenta años me separan de la última vez que contemplé estos paisajes, en que a diferencia de otros parajes, de nuestra querida geografía, no lloro.

Evidentemente ha habido cambios, algunos sustanciales, pero en conjunto, respiras con ansias, al empaparte de la misma sensación de libertad, qué en aquella lejana época, ante un paisaje despejado de huellas, digamos humanas.




Que alguien ponga una casa a disposición, como antaño, para pasar unos días de noble camaradería, es muy de agradecer, en tiempos en que prima el egoísmo: "A mí, que no me molesten".

Ser anfitrión tiene sus molestias, pero también sus recompensas.




Rememorar canciones, contar viejos chistes, soltar animaladas totalmente incorrectas, no sentir vergüenza ajena. Todo ello y más, se dio cita en un par de días memorables.

Incluso para darle un toque retro, falló el agua caliente, así con una ducha destemplada, la sesera se activa más rápidamente.






Lo bueno de estar deambulando, por este camino que no sabemos dónde nos lleva, son las compañías que tienes en unas etapas, con algunas de las cuales te vas reencontrando, para satisfacción del caminante.


Así que no dejemos pasar estas alegrías que la vida en compañía nos depara; las amistades hay que irlas regando, con amores e ilusiones, con buenos momentos para afrontar luego los intensos, que de todo hay por el camino.






Tenemos una edad, hay que reconocerlo, que nos ha permitido tener un buen número de experiencias de todo tipo, algunas compartidas, otras no, y no siempre todo con todos o nada con ninguno.


Pero ello, nos hace ricos en cosas diferentes a los bienes materiales, lo que nos hace complementarnos e intercambiar de forma positiva.



Los centenarios olivos, serán fieles testigos de nuestro paso por estas tierras…



¡Brindo por todo ello y hasta la próxima!


Sarrià, 4 Abril 2017.


viernes, 31 de marzo de 2017

El ÚLTIMO TREN



Foto del autor


La mujer le sonrió, no fue una mueca, fue una sonrisa sincera que le costaría la vida.

Él era de pocos amigos, ningún familiar y conocidos los justos.

Los amigos se fueron desentendiendo, a medida que se adentraba en una espiral degradante, consumo de sustancias perniciosas, dejadez en el trabajo, petición constante de ayudas y tras la enésima promesa de redención, seguir en su provecto pozo personal.

Así las cosas, que aquella noche, una joven y atractiva mujer, se dignara al alzar la mirada de su libro, del que iba tomando notas, a sonreírle, así sin más, le desconcertó.

Nada hacía presagiar que la muerte estaba rondando por ahí y se había sentado para observarlos, con interés profesional.

Al sentirse sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar, los suficientes para que ella volviera la mirada a su lectura sin ver su reacción.

Él se culpabilizó por estúpido, ni sabía el tiempo que alguien se había dignado a mirarle de forma amistosa y menos una atractiva fémina.

Empezó a hacer castillos en el aire, de lo que aquella sonrisa podía llegar a representar, como podía cambiar su vida, si por fin una mano amiga, estiraba de él hacia el lado bueno.

Allí con el traqueteo de aquel tren pura antigualla, era materialmente imposible poder hacer nada parecido a escribir, pero ella lo hacía y a él no le sorprendía.

Era el principio del fin, se estaba entregando sin resistencia, no importaba que no hubiera nadie más en aquel vagón, tan lógico a aquellas horas de la noche, él se sentía protagonista de la historia con la chica guapa del tren.

Ella seguía con sus anotaciones en aquella pequeña libreta, estaba claro que el libro era una fuente importante de datos informativos para lo que fuera que estaba haciendo.

Él miró con avidez aburrida, el pequeño aparato pasado de moda, carente de señal, desde que dejo de pagar la cuota, por hacer algo mínimamente interesante.

Ni se había fijado en el enorme tamaño de la bolsa de mano que se encontraba depositada a buen recaudo en el asiento contiguo de la hermosa mujer, con la correa bien sujeta a su muñeca.

Y por supuesto no podía sospechar lo que llevaba ni calcular el peso que podía tener, de haberlo podido saber, quizás hubiera tomado una sabia decisión.

Ella, ajena a todas las vagas elucubraciones de su casual compañero de viaje, seguía con su manual de anatomía y tomando las notas pertinentes de lo que necesitaba recordar.

Estudiar por libre, le dificultaba algunas cosas, como el acceso a  material de primera mano, en cuanto al estudio de la anatomía humana.

Pero ella no era de las que se dejaban amilanar por pequeñas dificultades.

Había descubierto que con una buena sonrisa se ganaban muchos cuerpos para su causa. Sobre todo por la noche y de los pobres diablos que solo saben hacer tiempo en los trenes urbanos, para mantenerse calientes por más tiempo.

Mientras acariciaba con suavidad su bolsa, calculaba someramente, cuanto podía pesar el pobre diablo que tenía enfrente.

Lo que le molestaba de las muestras, así obtenidas en plan callejero, era que normalmente había que lavarlas a fondo, pues su estado dejaba mucho que desear.




Barcelona, 31 marzo 2017.

martes, 28 de marzo de 2017

SESENTA


Mª C. G. F. (28-03-1957)

Dias Irae


Sesenta

Cada año en esta misma fecha,
se ampliará el paréntesis,
que con tu partida se abrió.

Ausencia que nos recuerda
lo efímero de todo.

Siguen los sentimientos,
aflorando a flor de piel.

Reviviendo en cada primavera,
esas ganas de capturarle al tiempo,
el recuerdo de tus risas.

Hubieras cumplido los sesenta,
diciendo a plena voz:
¡Imposible, yo no puedo ser tan mayor!

Y no, no lo eres, Lo lamentamos,
Pero no te olvidamos.



Sarrià, 28 Marzo 2017.

P.D. Te he regado las plantas.

jueves, 23 de marzo de 2017

OBSERVACIÓN AL ATARDECER



 Piano en la calle (foto del autor)




A la caída del sol y con las calles adentrándose en la penumbra, apareció ella como una luna plateada resplandeciente aunque más bien hubiera que decir una estrella rosada o una aurora boreal, por los reflejos eléctricos de sus cabellos entre rosas y verdosos, un color difícil de describir pero de un inmediato impacto visual en las horas bajas de la luz diurna.

Todo esto ocurría mientras observaba desde un balcón bien alto, donde aún las cacatúas no se habían enterado de que era su hora de retiro a las palmeras vecinas.

Hora esperada por los mosquitos, para hacer sus incursiones buscando el flanco débil de mis jugosos tobillos, mientras me muevo entre plantas a las que les doy su ración justa de agua calcárea clorada a precio de oro negro.

Viendo el brillo de sus cabellos acariciados por la brisa vespertina, corrí a buscar las gafas de sol guardadas prematuramente esperando el nuevo día aun por llegar.

Cómo un espécimen de ese calibre, salía a esas horas que aun estaban los niños de recogimiento tras sus tareas y deportes extraescolares, actividades pagadas con gusto por padres y abuelos con ganas de merecer unas horas extras de descanso familiar. Era lo que llamó mi atención.

El Carnaval hacía bien poco que había acabado y ya olían los buñuelos de Cuaresma en todos los hornos y pastelerías de buen gobierno.

Así que me limite a observar sus nada delicados movimientos, viendo a las claras que no tenía costumbre de ir encumbrada en esas plataformas con exigencia de escalera para ser abordadas.

Tras esos traspiés en los que le ponía más tablas que apoyos, se dirigía, cruzando la plaza, hacia la parada de autobús, donde unas señoras de buen ver, se las podía distinguir como boyas señalizadoras en el mar de la indiferencia, esperaban pacientemente, ese bus chiquito en el que cabe poca gente y se enfila por las calles retorcidas de lo que en tiempos fue un pequeño pueblo de menestrales.

Ella, pelo imposible de definir, observada por todas e incluso  todos los que se le cruzaban, optó por no subir al bus y desandar hacia otro lado de la plaza, donde estaban las líneas que comunicaban con el centro o casco antiguo de la gran ciudad.

Un velo de decepción se interpuso en las miradas de los pasajeros del micro bus, que partía sin ella, quedándose con las ganas de averiguar algo curioso al tenerla a bordo.

Visto que iba en plan, campaña de guerra o a la búsqueda y captura de algo o alguien, me quede pensativo, al quedarme sin saber nada más de ella, a medida que el autobús se perdía calle abajo, hasta ser ocultado por los frondosos plataneros.

Tendría que imaginar un final, para la posible historia que esta observación de un cruce por una plaza, podía dar de sí.

Quizás una nube de espeso humo negro, tras la explosión en un bus urbano.

O quizás un cruce de miradas, con bajada en una misma parada y una noche de pasión desenfrenada.

O un desmayo tras un frenazo fortuito, con ella por el suelo y una pérdida de memoria posterior.

O quizás es una amante del piano y quiere escuchar uno de esas audiciones libres que se reparten por la ciudad, para promocionar un concurso de piano.

No sé, tendré que pensarlo,



Sarrià, 23 marzo, 2017.