miércoles, 13 de agosto de 2014

CRONICAS DESDE LA CUNETA

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Crónicas desde la cuneta


Vamos con nuestro vehículo, sin nada más que la chapas identificativas, recomendadas por un brillante prócer, cuando fue presidente del gobierno central.




De momento, sin ningún tipo de problemas, al adentrarnos en territorios vecinos, tras cruzar el gran rio divisorio, aprovechando una noche brillantemente iluminada por la luna.

Hemos tenido algún encuentro fortuito con indígenas, ante los cuales nos hemos mostrado amistosos y comprensivos, mirando en todo momento no utilizar nuestra lengua vernácula, y sí la suya, sin dejes o acentos propios de nuestra cultura.




Hay que decir antes que nada, que los lugareños nos han tratado con cierta indiferencia, sin tratar de indagar mucho sobre nuestro origen.

Uno de ellos, pareció ser un poco más amistoso, intentando incluso entrar en nuestro vehículo, en el que estuvo indagando sobre el olor que desprendía.




Hace mucho, el utilizar su misma moneda en las transacciones a las que hemos tenido que acudir, en bien de nuestra subsistencia.

Las comidas, más copiosas y cargadas que las nuestras, son apetitosas, pero nos dejan cómo un poco fuera de combate, por ser de digestión lenta y pesada.





Hemos atravesado zonas boscosas, con la visión de algún cervatillo, corriendo, ante nuestras asombradas narices, con otras totalmente desérticas, áridas y que en esta época del año estaban baldías.




Los campos que hemos visto más hermosos, son los dedicados al cultivo del girasol, un mar de flores amarillas siguiendo el ritmo del astro rey, marcando las horas del trascurrir del día.




Hemos constatado la proliferación por todas partes de un número incalculable de ruinas de construcciones pertenecientes a otras culturas y otras épocas.




En parte viven de enseñarlas y hablar de ellas, aunque hasta ahora no hayan hecho gran cosa por conservarlas.




Se nota que han pasado muchos pueblos y cada uno ha impuesto sus maneras, con métodos autoritarios.

Parece ser que en tiempos remotos la convicción sobre la manera de hacer las cosas venía impuesta por la razón del más fuerte.

Con lo que lo de guerrear sin descanso, era el deporte nacional, luego vinieron, épocas en las que se daban un descanso que podía durar un número indeterminado de años.

En los períodos en que no se peleaban, fructificaban actividades de carácter menor, como puedan ser, la literatura, la ciencia, la arquitectura, la filosofía y esas cosas.






Agosto 2014


sábado, 9 de agosto de 2014

Viajar en coche


                                       Imagen obtenida de internet

Suele ocurrir, cuando salimos de viaje, los vecinos nos miran con curiosidad y preguntan hacia dónde vamos.

Nos ven cargar las maletas, ponerlas ordenadamente en el maletero, como voy moviéndolas hasta encajarlas bien.

No me gusta que las cosas den bandazos, ni que se vuelquen, y si es un cesto abierto, se salgan las cosas y queden repartidas por el maletero.

Siempre conduzco, me gusta y suelo aguantar bastante rato sin cansarme, cuando el trayecto es muy largo, solemos parar de tanto en tanto, ya para repostar como para estirar las piernas y pasar por el lavabo.

Mi  mujer es la rutas, suele mirarse el itinerario con todas sus cuitas, para estar preparada para cualquier eventualidad, incluso ha visualizado el trayecto en el ordenador, para conocerlo mejor y explicármelo.

Así, siempre estoy atento a sus indicaciones, cuando va comentando las incidencias en la carretera, aunque procuramos salir a horas tempranas, para evitar los agobios de un excesivo tráfico.

De esta manera con el coche revisado, para evitar sorpresas, con el depósito lleno de combustible y muchas ganas, solemos partir ilusionados, ha recorrer el mundo.

Ir siguiendo la cinta de asfalto negra, contemplando los paisajes que nos rodean, parando en lugares que nos llaman la atención, sin ningún condicionante preestablecido.

Suelo estar atento a sus indicaciones y disfruto con las explicaciones que me da, sobre lo que vamos  recorriendo.

Las etapas del viaje, vienen marcadas por la distancia acordada como ideal para realizar en una jornada y por la reserva hecha de alojamiento.

Nos gusta llegar y tener el sitio acordado para pernoctar, es muy incómodo, empezar a dar vuelta buscando alojamiento, por la noche, entretiene mucho y es una pérdida de tiempo evitable.

En las paradas, suelo hacer fotos durante el itinerario y sobre todo en los lugares que hacemos estancia, por ser sitios de interés cultural, paisajístico o simplemente turístico.

A veces ella me cuenta, con una sonrisa que intuyo, la cara de sorpresa, de los empleados que nos ayudan a descargar el coche y se lo llevan al garaje del hotel.

Bueno el hecho de llevar un bastón blanco, para ayudarme en mis desplazamientos, cuando salgo del coche, no creo que sea tan relevante, pero se ve que sí, que causa un cierto desconcierto.

Bueno, cuando regresemos, ya os contaré que tal ha ido y pondremos unas fotos de recuerdo, de los lugares visitados.



domingo, 3 de agosto de 2014

EL VIAJERO EN AUTOBÚS



                                     Amanecer (Foto del Autor)






Viajero en autobús

Amaneció con un día rojizo, cargado de nubes espesas, de esas que presagian,  una buena tormenta de verano, pero mientras no descargan, el día se convierte en un bochorno estival difícil de soportar.

Nunca sabes en qué momento, tu vida puede  dar un giro radical, de esos que cambian el curso de tu historia.

Cogí el bus de primerísima hora de la mañana, la misma línea de cada día pero más temprano para poder tener un intercambio de palabras con el jefe sobre un asunto que me interesaba sobremanera.

El conductor evidentemente era otro, al cual no conocía y por supuesto tampoco él a mí, aunque la cara de somnolencia en ambos era común.

A pesar de la hora, diría que estaba más lleno, que el de media hora más tarde, supongo que era gente con trabajos de jornada intensiva.

Eran todos unos desconocidos para mí y evidentemente yo para ellos, con lo que me sentí observado como un terrícola entrando en una nave espacial, por todos menos por ella.

Cuando le pedí, correcta y educadamente,  sentarme en el  asiento vacío, contiguo al que ocupaba  la mujer, de una edad indefinida pero muy bien arreglada, donde había depositado su cartera, me miró con una mirada de analista de riesgos.

Se apartó, trasladándose  hacia el asiento  de la ventana, cediéndome el que ocupaba, con una sonrisa.

No es que me guste  en verano, usar un asiento previamente calentado, pero es mejor ir sentado, pudiendo leer el diario matutino e ir enterándome de las alegrías diarias.

Mientras estaba en ello, me fue llegando los efluvios con los que mi compañera  de fila, se había perfumado, hay que decir que era de una calidez que no se estila en las trabajadoras de primera hora de la mañana.

Lo cual la situaba en un estatus superior, un tanto desconcertante para mí, en ese lugar y ese momento.

Enfrascado en la lectura de las columnas de opinión, de las grandes figuras del diario, sobre un tema de suma actualidad que había trastocado la sociedad entera, no me fije en ella.

Pero la persistencia del aroma, me obligó a dedicarle alguna mirada furtiva, pues impedía la concentración en lo que estaba leyendo.

Es más, no me había enterado de nada de lo leído, en mi mirada oculta capté un busto generoso envuelto en un bonito sujetador, que la transparencia de la blusa permitía apreciar totalmente.

Me cazó en la siguiente mirada solapada, fue interceptada de forma y manera que no tenía excusa por mi parte, pero aún así, hice el gesto de sacarme el móvil del bolsillo de pantalón, medio incorporándome, como si corriera prisa contestar, con lo de los mensajitos estamos todo el día ante la pantallita, que precisamente era lo que estaba haciendo ella, se limitó a sonreírme.

Observe que había un detalle discordante, todos tenemos alguno, llevaba un reloj digital, de esos antiguos, con pantalla plana y correa metálica, que era cronómetros, calculadora y no sé qué más. No le pegaba para nada.

La humedad ambiental del inicio de un día de agosto, creo que hacía el olor más persistente, por suerte llegamos al final del trayecto y salí zumbando hacia un bar, a tomar un café.

Lo suelo hacer, pues el enlace con el que me lleva al polígono, suelen tardar quince minutos, allí estaba ella, sentada en la barra, con un aromático café en la mano y mirándome con cara de esperarme.

En ese momento me sentí desarmado, le sonreí y me senté a su lado, pedí mi café, y compartimos unos momentos, en los cuales iniciamos una conversación, inicio de un cambio total en mi vida.

Evidentemente mantuvimos una conversación, que superó ampliamente, los quince minutos que tenía asignada.

Teniendo en cuenta mi soltería, mi mujer me abandonó, hacía unos cuantos años, se aburría me dijo, no teníamos hijos y fue una cosa rápida.

Desde entonces había tenido alguna relación casual, no solían durar mucho por no decir nada, compensaba la soledad de un momento y luego me olvidaban.

Por eso el placer de una conversación, en compañía de una mujer de buen ver, aparentemente deportista, me permitió hacerme unas ensoñaciones.

Hablamos de nuestros trabajos, de lo pesados que son los jefes, de lo que incordian  los clientes, lo fatal que lo hacían los políticos y, culpando a la crisis de todos nuestros males.

Básicamente, me explicó que trabajaba en los juzgados, al principio me dio la impresión de que se trataba de una secretaría, pero estaba claro que no era así, luego dijo que era una juez.

Evidentemente no solía acudir al trabajo en bus, su vehículo estaba en la revisión, tenía un coche que aparcaba en una plaza reservada, un MX5 descapotable de esos de techo retráctil eléctricamente, le encantaba sentirse libre.

Al poco tiempo, le había explicado mi trabajo, en el departamento de informática, en una empresa de importación de productos y su posterior comercialización al mayor.

Parecía interesarle mucho  el tema, y yo aproveche para hacerlo más interesante de lo que en realidad era, un simple trabajo rutinario, de controlar las cuentas de los operarios y arreglar sus fallos.

Quedamos en vernos al mediodía en un conocido restaurante, adonde acudían muchos ejecutivillos de la zona, donde por un precio razonable, tenías un menú, totalmente satisfactorio, siempre tenía mesa reservada y solía comer sólo.

Me fui al trabajo con una sensación extraña, como la de no saber si había ligado, si me habían hipnotizado, si había caído en gracia, cualquier cosa.

Aquel día me negué, a quedarme el mediodía, para hacerle una cosa al jefe, alegando una cita importante al mediodía, lo cual le sorprendió desagradablemente, pues tenía asumido disponer de mi en cualquier momento, pero me sentía eufórico y rebelde.

A  las dos en punto estaba en mi mesa, con la carta en la mano y una clara delante, esperando con impaciencia la presencia de mi partenaire.

Dos claras más tarde, se presentó desplegando todo su glamour, ya no llevaba el reloj japonés y si, un Cartier de oro, más en consonancia con su personalidad.

Me pidió disculpas por la tardanza, ellos no tenían horario de salida, pues estaba en función de la causa que estuviera tratando.

Pidió una frugal ensalada de tomate con queso mozzarella al orégano con bonito a la plancha, me sentí obligado a renunciar a mi entrecot para pedir lo mismo.

Era adicta a los paseos y a correr en sus momentos libres, lo me permitió hablarle de mis escapadas por la zona montañosa de la ciudad, donde la especulación, había hecho pocas incursiones.

Se notaba que congeniaba conmigo en muchas cosas, películas, autores literarios, gustos musicales incluidos.

Hasta mi particular sentido del humor le hacía gracia, lo cual no decía nada a su favor, pero me gusta constatarlo, ahora que lo recuerdo.

De política hablamos poco, pues es un tema delicado y provoca más desencuentros que avenencias, como la religión, ella era de izquierdas yo también.

A la hora del café, ninguno tomó postre, lo pidió con sacarina y yo con hielo, fue cuando me planteo el asunto.

Tras un largo matrimonio con un conocido arquitecto, mayor que ella y muy apreciado por las autoridades municipales, consiguió un divorcio poco amistoso.

Su ex consideraba normal tener cierta relación asidua con chicas que podrían tener la edad de sus hijas si las hubiesen tenido.

Se había negado a adoptar aún sabiendo que ella deseaba tener descendencia y ahora que se le presentaba la ocasión, el hecho de estar divorciada se lo iba a dificultar.

No entendí mucho la premisa, pero estaría encantado de ayudarla en lo que hiciera falta.

Y resultó que había algo más, que mancillaba su reputación y ponía en peligro su carrera, un pecadillo de nada, cosas de juventud.

Ante mi mirada incrédula, optó por decirme que era algo de lo que se avergonzaba y no quería que saliera a la luz pública, estaba en fase de instrucción y su nombre sólo estaba con las siglas, de momento.

Me pidió que entrase, con algún subterfugio que ella me proporcionaría, en los juzgados  para eliminar ciertas pruebas que había en el ordenador central y la involucraban en asuntos de cierta turbiedad.

Mi papel al rescate de una dama en apuros, de forma noctámbula, en plan peliculero, tenía cierta gracia, pero también cierto riesgo.

Borrar o alterar las pruebas judiciales de un delito, ni que fueran multas de tráfico, no estaba premiado  en absoluto, por bien que estuviera la chica de turno, que lo estaba.

La carne es débil y la del hombre más, así que me vi estudiando un plano del edificio, con la sala donde estaba el "Hal" de turno, con el que me tenía que pelear.

Mejor dicho, pisparle la cartera, sacarle un billetico, guardársela otra vez y que el individuo no se enterara, ni lo echara en falta.

Así fue como pedí unos días a cuenta de vacaciones para un tema personal, aludí a la consabida tía muy enferma de la que soy heredero único y queda mal no atender en sus últimos momentos.

Me estudié los planos, hice un croquis de cómo salir por la vía más rápida posible, me leí todo lo que encontré sobre el sistema informático, centrándome en los ficheros, en realidad sólo quería sustituir el contenido de uno, sin que se notara.

Las contraseñas y protección de archivos no me preocupaban,  pero lo difícil era no dejar rastro. Cuando consideré que ya lo tenía todo preparado, la llamé, fui a su casa, un suntuoso ático en la parte alta de la ciudad, con unas vistas de vértigo.

En realidad era un dúplex, con la cocina, sala, comedor, una habitación suite, en la inferior, todo con una terraza súper amplia y en la de arriba una habitación despampanante con una terraza ad hoc.

Mi apartamento, posiblemente cupiera en su cocina, pero es una apreciación fruto del resquemor que me acude al recordarlo.

Cenamos y bebimos con generosidad, me dio un vino syrah, uno de mis preferidos del que di una buena cuenta.

Con la copa se iniciaron los acercamientos, pero realmente hasta que me desperté por la mañana, desnudo en la habitación superior, no tuve constancia alguna de haber pasado una noche loca.

Es más, cuando baje a la cocina, Marta ya estaba vestida haciendo unas tostadas, por cierto no la había presentado, si se llama Marta, ojos verdes, melena pelirroja, complexión delgada, pero con curvas. Sonrisa maquiavélica con unos dientes súper cuidados, blancos blanquísimos.

Me dijo algo así como que ya lo volveríamos a intentar y que no me preocupara, lo cual confirmaba mi primera impresión de que nada de nada.

Después de desayunar, me dio un pendrive, con el documento que quería intercambiar, me despidió, diciendo que era mejor no ir juntos para que no nos relacionaran. Tuvo el detalle de darme un beso.

Partí todo convencido a mi misión, entre sin problemas en los juzgados, exhibiendo una citación como testigo de un accidente de tráfico, me escabullí hacia la sala de ordenadores.

Hacia un frio que pelaba mis ya de por sí mermados atributos, acobardado ante el desafío que tenía enfrente, pero fue más fácil de lo esperado, una mujer de la limpieza entró con un cubo y una fregona, y me colé tras suyo diciéndole que hacía una actualización y me iba enseguida.

Supongo que le pareció perfecto, pues no se sacó los auriculares para contestarme y sólo hizo una ligera inclinación de cabeza repetitiva, como al son de un ritmo de música urbana.

Baje al  parking busqué el coche de Marta y deposité la memoria introducida en el equipo de música, bien a la vista, que es la mejor manera de esconder algo.

Subí a planta y salí como un buen ciudadano, después de haber cumplido con su deber, de testificar para aclarar unos hechos.

Esperé su llamada, hasta la noche, luego unos días, fui a su piso, me dijeron que estaba en alquiler hacía meses, pero con lo de la crisis solo hacían que mirarlo para chafardear.

Había vuelto a la rutina del trabajo, a mis viajes matutinos en autobús, a mirar a mis vecinas de soslayo, la vi.

Me sonrió, me entregó un sobre, me dijo que le sabía mal, pero que había tenido que denunciar a su fuente de información, para no perder su licencia, era periodista y era un tema muy delicado, esperaba que con eso se me hiciera más fácil mi estancia entre rejas.

Y así estoy ahora, contándoles todo esto, en un calabozo, intentando explicar que fui inducido a cometer un delito de forma totalmente engañosa.

Pero la juez que me tocó en suerte, se limitó a dictar sentencia y a comentar, que todos los hombres somos iguales, que siempre nos queremos escudar en las mujeres.

Por cierto me llamo Osvaldo, sí ya sé que tiene gracia, pero nací al otro lado del charco como dicen Uds. Y allí es más usual.








domingo, 27 de julio de 2014

HABÍA UNA VEZ








Había una vez

Había una vez una princesa buena,  trataba con educación a su personal y siempre pedía las cosas por favor, dando las gracias cuando había sido cumplida.

Todos a su alrededor se sentían a gusto, pues irradiaba optimismo, estaba de buen humor constantemente y no permitía que una desazón se contagiase.

A medida que fue creciendo y adquiriendo conocimientos, su comportamiento se fue haciendo más reflexivo pero no más aburrido.

Con lo que el nivel de exigencia al personal a su servicio se fue haciendo más elevado, lo mismo que con sus tutores.

Cuando adquirió el desarrollo físico adecuado, consideraron oportuno que se iniciara en las artes marciales.

Pues era del todo necesario, que se supiera defender en cualquier contingencia, así como también se le dio una formación adecuada en cuestiones de protocolo y comportamiento social.

Enseguida le gustó el arte de la danza, pasear por los jardines, tocar el clave y deleitarse con la lectura de libros de las horas.

El tema de la espada le costó un poco más de tiempo, lo cual no quiere decir que no acabara dominándolo igualmente.

Como nadie se atrevía a tocarla físicamente, por el respeto debido a una dama de tan alta alcurnia, el tema de la lucha personal, lo llevó con una instructora, campeona olímpica en…. ¡Da igual!

En el tiro, tuvo un instructor militar, que aprovechaba cualquier circunstancia, para ilustrarla en cuestiones de valores patrios, que ella no asimilaba convenientemente, por no ser  muy de su gusto.

Cuando todo ello consiguió un nivel de autoprotección, que le permitía ser bastante autosuficiente, para cuidar de sí misma.

Momento en el que sus regios padres, le permitieron tomarse unas vacaciones totales, es decir, salir del palacio, de la corte y del país y adentrarse  por los vericuetos de otras sociedades.






Y había también

Un muchacho incorporado a la ciudad, escondido en los bajos de un camión, cogiéndose con un cinturón que le sujetaba por encima de la transmisión.

Fue un viaje doloroso que pudo sobrellevar gracias a su pequeño tamaño, que le permitió instalarse en tan desagradable lugar, durante cientos de kilómetros.

Cuando llego, tras deambular por todo tipo de barrios, durmiendo en los bancos de los parques y comiendo de lo que dejaban abandonado en las papeleras, fue atrapado por una batida de la guardia urbana.

La mayoría de los que estaban en su situación, eran senegaleses cameruneses y de etnia negra, aquel día fue el único blanco, en realidad le llamaron morito, cosa que sin saber por qué no le gusto nada.

Pero le dieron comida caliente y una cama para dormir, lo cual en su desconfianza de cualquier tipo de autoridades, lo tolero por necesidad.

Una de las voluntarias que acudían al centro para ayudar en la formación y desarrollo de los chicos, se interesó por él.

Al darse cuenta de que era apreciado por su precario estado, su total abandono de ninguna relación de afecto familiar, que denotaba con su fría mirada, siempre pérdida tras la actividad frenética de ella en el portátil.

Le enseñó todos lo necesario para valerse con un ordenador, el chaval era despierto y lo fue pillando todo con una rapidez inusitada.

Cuando le enseño el fabuloso mundo de internet, a él se le abrieron los ojos ante la posibilidad de ver cosas de su mundo anterior.

A escondidas de ella vio páginas de las conocidas como para adultos, pero se cansó enseguida, tras adentrarse en una web en la que se sintió reconocido.

Le hablaban a él y solo a él, le mostraron cuál era su papel en la sociedad, y cuál era su gente, poco a poco fueron captándole y atrayéndole, hasta hacerle ser un religioso ultra.

Notaba cierta contradicción entre lo que le decía su gente y la realidad de aquellos que le acogían, pero a medida que fue adentrándose en el mundo del fanatismo religioso, empezó a ver la depravación del mundo occidental.

Cuando cumplió los dieciocho, paso a ser mayor de edad y ya no tenía que ir al centro a dormir.

Sus nuevos amigos le proporcionaron un piso compartido, con compañeros algo mayores que él, pero que le trataban como a un igual.

Le respetaban por su alto conocimiento del Corán y su interpretación de las normas  de su ley.

Siempre con la mochila al hombro, que poco a poco fue cargando con desprecio que convirtió en odio a sus nuevos conciudadanos, por infieles y de costumbres totalmente disolutas.

De cara al centro mantenía su comportamiento de chico desvalido y perdido en la gran ciudad, lo cual le permitía seguir en contacto a pesar de ser mayor de edad.

Mundos separados por las cortinas sociales, esas que hacen que en contadas ocasiones unos vean a otros, a pesar de compartir una misma ciudad.

Mezclado entre estudiantes, entro en el metro, a la hora convenida, su participación era importante para la causa.

El hecho de entregar su vida, no le descorazonaba en absoluto, había visto lo suficiente, para saber que no saldría de ser un pobre muchacho, con ganas de curiosear.

Pero que en la sociedad de acogida, aparte de exigirle mucha dedicación, con poca retribución, no pasaría a una integración completa.

Por eso, con sus nuevos amigos, se sentía una persona, incluso una persona importante, capaz del máximo sacrificio, por complacerles.

Con ello conseguirían, en un futuro, imponer su modelo de sociedad, basado en unas normas y creencias, rígidas pero fáciles de seguir.

Mientras pensaba en todo ello para darse ánimos, miro furtivamente a sus compañeros de viaje, le dijeron que no se fijara en nadie, para no perder concentración y no personalizar el odio en nadie en concreto.

Pero se sintió tan superior, por ser el autor del acto que cambiaría el destino de sus acompañantes, que acabo mirándolos fijamente.

Hasta que su mirada se cruzó con otra igualmente imperativa, unos ojos que escaneaban todo lo que veían, de una hermosura desconocida hasta entonces por él.

Todo en ella, a pesar de una vestimenta típica de estudiante, emanaba autoridad, se quedo tan prendado, que olvido para que estaba ahí y que es lo que tenía que hacer.

Mientras acariciaba el botón del móvil, necesario para iniciar la masacre, se dio cuenta, de que no podía destruir esa mirada, esos ojos le indicaban que no era esa su misión en la vida.

Mientras esos ojos fijos en él, le provocaban cierto sonrojo, ella inició un conato de sonrisa, sus emociones empezaron a cambiar de prioridades.

¿Pero y si estaba contemplado su momento de duda, para activar el detonador a distancia por medio de una llamada?


Sarrià, 27 julio 2014





sábado, 12 de julio de 2014

EL PROFESIONAL















Ya hacía mucho tiempo que no tenía remordimiento alguno, al principio sí que se había sentido un tanto extraño, pero a medida que fue desarrollando y mejorando su técnica, se convirtió en un trabajo placentero.

Le obligaba a viajar constantemente, cosa que siempre le había gustado, lo de conocer gente no se le daba muy bien, pero las ciudades sí.

 Además le proporcionaba mucho tiempo libre, pues entre trabajo y trabajo, solían pasar muchos días, incluso meses, pero con su alta remuneración, se lo podía permitir tranquilamente.

Estaba en la élite de la profesión, aunque no se conocían, si sabía de sus colegas, se tenían un respeto  total y a nadie se le ocurriría interferir en la actividad de la competencia.


Era un trabajo anodino, en cuanto  qué, el anonimato era imprescindible, para el desarrollo de su actividad y el buen nombre de sus clientes.


Pero alguna vez, el trabajo incluía un poco de teatro, como aviso a navegantes, de lo que podía ocurrir, en ciertas desviaciones de un guión no escrito.

Algunos encargos, como gente mayor, cuyos herederos tenían prisa por reordenar sus vidas, con la ayuda esperada, eran muy sencillos y fáciles de realizar.

Otros cuyo inicio, podía ser la venganza, no le resultaban tan gratos, aunque el cumplía exactamente igual, siendo el resultado impecable.

Incluso algunas veces, se sentía como un brazo de la justicia, cuando su labor consistía en acallar, al típico usurpador de voluntades ajenas.

También había silenciado testimonios conflictivos, que ningún bien podían proporcionar a sus clientes, gente altamente profesional, que no se detenían por algún defecto de forma, en sus actividades lucrativas.

Se dedicaba a cumplir con el encargo solicitado, sin preguntar el por qué, aunque pudiera intuirlo, para evitar precisamente, ninguna sensación de juicio de valor, nada que afectara a su conciencia.

Algún crio, que podía interferir en derechos sucesorios, se le había atragantado un poco, pero verlos como seres molestos, con mocos y berreando, le facilitaba mucho, tomar la decisión adecuada y rápida.

Con los banqueros, que habían tomado decisiones provechosas, en su cuenta personal, se sentía especialmente a gusto, últimamente había tenido varios asuntos con ellos, incluso se permitió con uno, en verle la cara de pasmo cuando se presentó ante él a pecho descubierto.

Fue un error imperdonable, fruto del dominio de la situación, a la que había llegado en su carrera.

Aunque con el último, había rizado el rizo, pues tratándose de una mujer, de muy buen ver, con una cartera muy amplia, necesitada de un poco de cariño,  en un mundo de tiburones, donde la desconfianza era ley.

Se permitió una convivencia de varios meses, con viajes de negocios por en medio, a parte de las salidas puramente placenteras.

Se enamoró perdidamente, pues en su vida los afectos eran cuestión de horas y se planteó seriamente, no realizar la operación encargada.

Pero su sentido de la responsabilidad se impuso, permitiéndose eso sí, una acción más elaborada, con un resultado más aséptico e indoloro para ella.

Con la cantidad de accidentes caseros que se producían, incluso laborales, tráfico, negligencia médica, suicidios etc. etc. No tendría problemas.

Era un profesional.



domingo, 6 de julio de 2014

ARMARIO II








Para Albada2


Cuando me desperté, gracias al tañer de las campanas, hecho un ovillo, en el suelo, encima de la esterilla que había al lado de la cama, estaba apestando a una mezcla de olores poco recomendable.

Lo primero que intenté, fue coger mi mosquete para salir corriendo, hasta que me di cuenta de que estaba en la habitación del armario, a salvo de cualquier contingencia y sin aviso de coronela. La unidad militar urbana, formada a partir de los gremios, y que aportaban a sus componentes en defensa de la ciudad, cuando esta se lo solicitaba.

Tenía la misma sensación, por mi apestoso estado, de acabar de salir de una “Patum” y de  dormir en una tienda de scouts a finales de una acampada estival.

Me arrastré hasta el baño, donde esperaba que tras pasar por la ducha, podría tener la serenidad suficiente para pensar en todo lo ocurrido de una manera racional.

Así me quedé un buen rato bajo la alcachofa chorreante, puesta a la máxima presión, esperando se activara mi neurona.

Cuando al cabo de un buen rato, seguía sin aclarar de una forma coherente, lo que me había ocurrido. Pensé que lo mejor era dejar las cosas como estaban, suponer que había tenido un sueño curioso, por una digestión pesada.

Cuando ya estaba en condiciones de bajar a desayunar, vestido convenientemente, opté  por coger la ropa que llevaba durante mi viaje al pasado. Supuse  que lo mejor sería tirarla, pues recordaba haberme hecho algún siete, mientras estaba en las murallas, y sin duda su olor tumbaría de espaldas a cualquiera.

Pero no era así. Estaba como antes de entrar en el armario. Con el olor normal, a ropa usada por una persona aseada.

Desayuné unas tostaditas, aliñadas con un rico aceite de oliva, procedente de una cooperativa de pueblo, hay que decir que es una costumbre sana y de un precio adecuado. Las acompañé con un zumo de naranja natural y un café solo.

Salí a dar una vuelta, tenía cerca un convento. Me gustan los edificios de arte románico, pasearme por sus salas y sobre todo, por esos claustros que son islas, remansos de tranquilidad, donde resuena pacíficamente el salpicar del agua de la fuente, que suele haber en medio de su jardín.

Me imaginé sentado sobre una piedra, recitando mis oraciones, mientras los hermanos realizaban sus actividades: la limpieza, el trabajo en el huerto, cocinar los alimentos para el refrigerio, los copistas inclinados sobre sus mesas, el coro entonando los cánticos, y yo totalmente solo, en el patio interior del claustro, rezando por todos ellos.

Pero a mi ensimismamiento le faltaba algo, no tenía la realidad envolvente obtenida dentro del armario, aquello era real, esto una ensoñación más o menos sentida.

Así que recuperé mis pasos perdidos, volviendo al hostal fantástico, mientras iba comiendo unas cerezas estupendas, en su punto justo de maduración, ventajas de ser cogidas del árbol por uno mismo, con el supuesto permiso del agricultor dueño  del huerto.

Tras dejar un rastro de huesecillos por el camino, llegué a mi destino y recuperé mi magnífica habitación, con su armario impoluto y su luna brillante, que me invitaba a entrar sin pérdida de tiempo, y eso hice.




sábado, 5 de julio de 2014

El armario I




Para Enric

En esta tesitura de forzar la apertura del armario con la fuerza, sentí como cedía el fondo del mismo, momento en que la música la oí en toda su magnificencia.

Estaba en una sala magnífica, bellamente decorada, donde unos músicos situados sobre una plataforma tocaban sus instrumentos, que en principio me sonaran como perteneciente a la capilla real, iban con atuendos de época.

La sala estaba bastante llena, con gente mayor sentada en sillones isabelinos y jóvenes danzando en la parte central.

Al irrumpir por sorpresa, note sobre mí todas las miradas, algunas de sorpresa y otras reprobatorias, el cese de la música y el inicio de murmullos.

En ese momento de silencio expectante, suena un estruendo, luego varios más le siguen, todos los ocupantes se despreocupan de mí, salen corriendo mientras el bombardeo se intensifica.

Una mujer me ayuda a incorporarme, me aconseja que me vaya, ¿pero  a dónde?, no sé donde estoy.

Está claro que están acostumbrados a los bombardeos, no cunde el pánico, solo el buscar un refugio seguro.

Poco a poco me voy apercibiendo, por el comportamiento, vestimentas, forma de hablar y los hechos que se producen, de que estoy en mi ciudad, pero en el siglo XVIII, asediada y hostigada por las tropas borbónicas.

Los hombres se aprestan a salir hacia las murallas, en defensa de la ciudad, las mujeres empiezan a preparar lo que serán vendas y material para curas de los futuros heridos.

 Mientras otras, se dedican, a pie de las defensas, a cargar los mosquetes, utilizados  por las milicias.

Soy un hombre de paz, nunca he intervenido en un conflicto, pero algo me hace salir corriendo a unirme a la suerte de los defensores,

Lo más parecido que puedo imaginarme sobre la situación en la que estoy, es recordar el Álamo, y su defensa hasta la extenuación.

No me importa, ahora estoy en esta tesitura y la acepto, aún recuerdo algo de mi puntería en las ferias, pero esto es distinto, no disparo a un patito amarillo sino a una casaca azul.

Los asaltantes son tantos, que solo mirarlos marea, la ventaja es que no se tiene que hacer un esfuerzo para acertar, haces diana aunque no quieras.

Gracias a que nos recargan con presteza el mosquete, podemos disparar con mucha frecuencia y los pocos efectivos, multiplican su capacidad de resistencia, para desespero de los asaltantes, que ven frustradas, una vez más, sus ansias de conquista.

A medida que anochece, la acción bélica decrece, y la calma tensa se expande por la muralla, a la espera de alguna reacción.

Se quedan los vigías y los demás nos retiramos, no sé dónde ir, pero enseguida me acogen, en casa de unos comerciantes de tintes y productos de lo que llamaríamos droguería.

Cenamos en unos cuencos de madera, lo que podría ser una “escudella” o caldo hecho con productos indefinidos y no recomendables de preguntar.

Pero cumple su función de reconfortarnos, la mujer me pasa una manta y me dice que puedo dormir sobre el mostrador o el suelo, lo que prefiera, escojo el suelo, sobre unos sacos, que me protegen de la humedad del suelo, pero no del husmeo de las ratas.

Podemos dormir más o menos tranquilos, pues en caso de emergencia, las campanas de todas las iglesias de la ciudad, tocaran arrebato, y la milicia se pondrá otra vez en pie, en su defensa.

Me quedo contemplando el dedo gordo del pie izquierdo, que asoma por un agujero en la bota de un compañero, estirado en el suelo como yo, diría que no era negro, pero no estoy del todo convencido.


Barcelona, 5 julio 2014