sábado, 8 de marzo de 2014

Baladas












Las notas surgidas del saxo, salían del sótano humeante y maloliente, donde se reunían  a practicar horas y horas, aquellos jóvenes músicos inexpertos,  subían por el hueco de la escalera tomando la delantera al piano y la batería, y se aposentaban en el rellano.

Esperaban que ella se dignara abrir la puerta para dejarlas pasar, momento en que eran alcanzadas por sus compañeras, creando un sonido cálido sugerente.

Esperando momentos de gloria por venir, seguían tocando con la sana intención de emocionar a sus vecinas, para que les bajaran algo de comer, uno  de esos bizcochos caseros, rellenos de mermelada de albaricoque, tan gratos al paladar, cuando era acompañados de un buen té.

Cuando se abría la puerta, las notas invadían aquella sencilla estancia, donde todo se resumía en  un espacio único, dado que el aseo era comunitario y estaba en un extremo del rellano.

Para entonces ya tenía el horno en marcha y controlaba el tiempo necesario, para poder  sacar la apreciada mercancía.

Se sabía cuántas piezas musicales eran necesarias para cada tipo de  tarta, mientras iba moliendo azúcar para poder poner una fina capa por encima.
Se sentía afortunada por tener aquellos chicos que le alegraban sus tardes a cambio de una merienda, y ella se aseguraba no tenerlos haraganeando por el barrio.
Cuantos se echaban a perder, por no tener una actividad de cualquier tipo, acabando en malas prácticas y abuso de sustancias nocivas.

Los chicos seguían con su trabajo constante, poco a poco, con mucha dedicación, en plan topo, iban excavando una galería, que les llevara a la cámara del viejo banco, su gran objetivo vital.

Uno de ellos vigilaba el buen funcionamiento del gramófono, e incluso se permitía, mirando por el tragaluz, hacer sesiones de playback, con el instrumento firmemente agarrado.

Tenían claro que al devolver el último plato, al finalizar su trabajo con éxito, se lo devolverían con los beneficios correspondientes, en esto eran unos buenos chicos y muy considerados.

Como eran buenos profesionales tenía buen cuidado de ir repitiendo estrofas, para hacer notar que era una práctica virtuosa y no un concierto.

Lo cual, dicho sea de paso, molestaba un poco al resto de los vecinos, que tenían poco interés por la música y menos tocada de forma tan sincopada y repetitiva.

Las tardes iban pasando, las sesiones de música iban mejorando, al poner músicos más notables, con el peligro de ser más reconocibles, y el túnel avanzaba hacia su destino.

Al  final llegaron a John Coltrane con sus Ballads, momento en la vieja pastelera empezó a notar un resquemor ante tanto virtuosismo desaprovechado, recordando que el viejo piano del sótano, estaba  demasiado atacado por las termitas para tener tanta sonoridad.

Decidió bajar a echar un vistazo, en vez de esperar que le subieran los platos, pero cuando llego a la puerta se los encontró, polvorientos y sonrientes, diciéndole que tenían que ir a un concierto, una sala que en la que les querían poner a prueba.

Como despedida le dejaron un paquete, un regalo por sus atenciones le dijeron, con la broma de que mejor no recordara sus caras, sólo su música.



4 comentarios:

  1. Parece cosa de locas, pero he estado escuchando un poco de jazz.
    Los chicos acabaron en magníficos músicos que firmaron discos de oro entre meriendas que siempre les recordaban a tardes de suavidad.

    Un abrazo.

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    1. Un buen jazz, siempre nos trae mil historias, gracias.
      Un abrazo.

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  2. Muy bien escrito. Mientras lo leía, me ha hecho el efecto de estar en el cine, cómodamente sentado y mirando la película.

    un saludo.

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    1. Muchas gracias! Las imágenes que nos trae la música son de lo más variopinto.
      Un saludo

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