martes, 28 de noviembre de 2023

EL CONSERJE III

 


Oleo de Joan Miró 

Foto de A.C.P. 



Nina Simone

Sofi Tukker - Sinnerman 

El Conserje


Con todo lo que le estaba pasando, alucinó con el morro de su vecino cascarrabias, su primera intención fue no aceptarlo, luego pensó que quizás sí que era una buena ayuda. 

Ofelia era una mujer pragmática, ante situaciones adversas, solo queda crecerse o morir, y lo segundo no estaba todavía previsto, al menos por ella. 

Se encontró con ese robot de metálica mirada, igual que su extraña voz.  

  • Sígueme Arturo 

  • Per-dón-se-ño-ra. ¿Có-mo-ten-go-que-lla-mar-la? 

Se lo queda mirando con cara de quién no se imagina un animal o aparato, haciendo esa pregunta. Aunque tuviera un aspecto humanoide, solo era un trasto mecanizado. 

  • ¡Ama! Para ti, soy tu ama. 

  • Bi-en-a-ma. ¿Qué-qui-ere-que-haga? 

  • De entrada, que hables bien, quién te ha programado para que te expreses entrecortado. 

  • Provengo de una fábrica muy importante, una que tiene los mejores ingenieros, en todos los campos, que son los que nos programan. 

  • ¿Entonces por qué hablabas tan raro? 

  • Es el básico y nadie me había pedido otra cosa. 

  • Bien, entendido. 

  • Pasa para adentro, a la sala del fondo. 

  • Sí, Ama. 

  • ¿Eres capaz de leer? 

  • Si tengo el archivo, ahora mismo, si tengo que buscar el texto en alguna base de datos, algo más. 

  • ¡Entendido! 

  • ¿Cómo vas con el Derecho Internacional? 

  • El Derecho Internacional es la rama jurídica que regula las relaciones entre Estados y particulares, siempre que tengan un componente internacional, con el objetivo de evitar conflictos. Se puede aplicar a dos niveles: en las relaciones que se producen entre dos o más países y en las relaciones jurídicas de ciudadanos que tengan carácter internacional. 

  • No me refería a eso, ya sé lo que es. Quiero saber, si me puedes leer unos textos determinados para su estudio. 

  • Por supuesto, Ama. 

  • ¡Bien, vamos bien! 

  • Por una vez Don Pedro no sabe lo que se ha perdido. 

  • Don Pedro, ser un humano muy especial, Ama. 

  • ¡Sí, eso creo yo también! Arturo. 

La salió del alma, llamarlo como si fuera un ser humano, para sus adentros pensó, que su estado de salud empeoraba y le estaba pasando factura. 

  • Ama, necesito enchufarme. 

  • ¡Sí, claro! ¿Cómo la haces? 

  • Necesito acudir a mi base, Ama. 

  • ¿Tu base? 

  • Sí, está en casa de Don Pedro. 

  • No fastidies, que tengo que volver a verlo. 

  • Há-ga-lo-pron-to... 

Los ojos se le estaban poniendo mates, y la voz volvía a ese acento indio Fart West metalizado. 

  • Sí, bien, iré a buscarte la base de alimentación. 

  • Gra- 

Aquí, ya no tenía luz en los ojos. 

***

Acudió con presteza, a llamar a la puerta de su vecino. 

Tras tres llamadas, cada una más prolongada en su insistencia, el silencio tras la puerta era de cementerio, cosa inusual, pues tenía por costumbre poner la tele a todo volumen, aparte de chillarles a los comentaristas e insultarles, a voz en grito. 

A todo esto, pensó que lo mejor era avisar a Tomás, para que le abriera la puerta, igual Don Pedro estaba mal otra vez. 

Mientras esperaba el ascensor, echó un vistazo a su piso y se encontró a Arturo sentado en el suelo, sin ánimo para nada, parecía dormido. 

Una vez abajo, Tomás no estaba en su silla tras el mostrador, que tenía a la entrada, encima del cual había una nota en la que ponía “Vuelvo en 5 minutos” 

¡No puede ser! Cómo se lo hacen, para escaquearse siempre y en el momento más impredecible. Subió para arriba, cansada de tanto contratiempo, en su planificado día tranquilo, para dedicarlo al estudio. 

Una vez en su casa, busco en la mesilla de la entrada, tenía más o menos una idea lejana, de haber dejado el número de teléfono de Tomás apuntado por ahí. Lo encontró, llamó, saltó el contestador y se quedó, con esa cara que no auguraba nada bueno para Tomás, en un futuro próximo. 

*** 


Tomás, una vez regresado de su recadito particular, esperando que nada hubiera pasado, en su breve ausencia de una hora, se acomodó bien la corbata, la chaqueta y la gorra, en el pequeño aseo de la portería, limpiando una mancha de carmín, que resaltaba bastante en su morena cara. 

Cuando se sentó en su puesto de vigía, contemplo con incomodidad manifiesta, una nota a trazo grueso, como de persona enfadada, que se pasara por el piso de la Sra. Ofelia, con las llaves de Don Pedro, el cual no daba señales de vida. (Arturo tampoco las daba, pero eso no lo ponía). 

Subió como un rayo, haría lo que fuera con tal de que no diera parte, al presidente de la comunidad, del cual dependía su puesto de trabajo, por partida doble, era quién lo había contratado y su Sra. Era con quién se había ido a tomar el té, hacía bien poco. 

Una vez frente el piso, llamó con discreción, se preparó para recibir alguna recriminación, aunque esperaba que la urgencia por ver el estado de Don Pedro, le ayudara a que la cosa fuera rápida y se olvidara rápido. 

  • ¡Hombre, nuestro conserje, que vela por nuestra seguridad, ya está aquí! 

  • Tuve que salir por una emergencia personal. ¿Qué ocurre con Don Pedro? 

  • Ya sé el tipo de “emergencia personal” se llama asistencia íntima particular en ático primera. 

  • Sra. Yo...Le dio tiempo de ver alguien tumbado en el suelo. Lo cual le puso aún más nervioso. 

  • ¿Traes las llaves? 

  • ¡Sí Sra.! 

  • ¡Pues vamos! 


  • La siguió con el susto en el cuerpo y atemorizado ante su aspecto de pirata, con ese ojo tapado, dispuesta a rebanarle el cuello. 

Abrieron la puerta del piso, en el que reinaba un silencio absoluto y una oscuridad profunda, en la sala, ante una televisión último modelo, de esas panorámicas, estaba Don Pedro tan ricamente, fumándose un puro y con un whisky sobre la mesita auxiliar. Contemplando unas señoritas de buen ver, seguramente gimnastas, por las contorsiones que hacían para acoplarse a sus parejas. El susodicho, llevaba puestos unos cascos de audición y hasta que no encendieron la luz, no se percató de su presencia.  

  • ¿Qué hacen Uds. aquí? ¿Me han dado un susto! 

  • Perdone Don Pedro, aquí la Sra. Ofelia estaba preocupada por Ud. Llevaba rato intentando verle y al no responder...se imaginó algo...como lo de ayer... 

  • Tengo a Arturo desmayado, necesito su base de alimentación. 

  • ¡Ah es por eso! Perdone, tiene razón, se la tenía que haber dado con él. La primera vez se ve que le dura muy poco la carga. Ahora le tiene que hacer una durante toda la noche. 

  • Está en el office, vengan, tengo todo apagado, por qué al precio que está la luz... 

Cuando la encendió, en todo su esplendor y no la pequeña que había encendido Tomás, aquello les pareció un museo, una pinacoteca impresionante. 

Al ver su cara de asombro, mientras cerraba a sus espaldas la espléndida sala, les comentó que, en sus momentos de buenos negocios, se aficionó a coleccionar cuadros. Por eso tenía aquella pequeña pinacoteca.  

Visto que estaba la mar de bien le dejaron con su habano, su whisky, y su tele, cogieron la base de alimentación de Arturo y se fueron sin hacer ruido. 

  • Sra. Ofelia, yo... 

  • No hablemos del asunto, Tomás. Pero recuerde que está en deuda conmigo. 

  • ¡Sí Sra.! 

  • Bien, puede irse para abajo. 

Entro en su piso, enchufo el alimentador, arrastró al pobre Arturo hasta la base y lo dejó ahí enchufado, soñando el juicio de los justos. 

Pensó en la cantidad de tiempo perdido y en sí al día siguiente, podría avanzar en sus estudios preparatorios del examen, con aquel robot como auxiliar. Pero eso lo sabría al día siguiente. 


***



Terrassa, 28 noviembre 2023