Eye in the Sky
The Alan Parsons Project
Arturo tenía tantos TB, que podía procesar y conservar de sobras todo lo que hiciera falta, sin necesidad de acudir a la nube, para lo cual últimamente, había sido restringido en aras de que nadie interceptara en los datos que pudiera ir arriba y abajo.
Ahora que estaba en un momento de esos de inactividad programada por sus usuarios autorizados, sus logaritmos bailaban locos por sus circuitos internos. Los científicos eso no lo sabían, y los ingenieros menos.
Pero él tranquilamente aposentado en la sala, con la mirada perdida, (era lo que físicamente podría apreciar uno de esos seres que no se cansaban de darle instrucciones, solicitando cientos de cosas que podrían mirar ellos mismos), se limitaba a ir cartografiando y archivando todo lo que estaba a su alrededor, en incluso en el patio exterior del piso de Ofelia.
No digamos lo mucho que se había entretenido, (es un decir) con todo lo que había en el inmenso piso de Don Pedro, que parecía más una pinacoteca, que un hogar.
Ahora, ahí en el estudio de Ofelia, que de tanto en tanto le preguntaba algo, cómo quién le tira un palo al perro, sabiendo que le traerá ese y no otro.
Estaba comprobando sus datos sobre los vecinos que daban a ese patio de manzana, sobre todo los principales de las casas, que tenían salida al mismo, en unas enormes terrazas, bajo las cuales, estaban los almacenes de las tiendas, y algún parking.
Ya tenía interiorizado los horarios de salida de los críos de un parvulario, cuando tendían la ropa, en todos los principales, algunos parecían jardincillos con todos los aditamentos propios de los mismos, jardineras, bancos, mesas velatorio, incluso barbacoa incluida.
Tenía controlada a la gente que salía, la señora pequeña regordeta, regando sus plantas, todas bien alineadas ante las rejas que le separaban de los vecinos. Un señor mayor que salía cada día a primera hora para hacer ejercicios gimnásticos, y luego se quedaba en una tumbona leyendo un periódico. La abuela, que los jueves salía con unos niños, se suponía que sus nietos, y les dejaba jugar a la pelota a pesar del peligro que suponía para algunas de las macetas pequeñas. Estaba la fauna del lugar, compuesta básicamente de perros y gatos, estos últimos gracias a las rejas, que solo permitían el paso de los pequeños seres, les permitía sacar una ventaja, para reírse de los cánidos y poder visitar todo el territorio.
Arturo tenía a todo ese personal controlado en su interior como si fuera un entretenimiento propio. Don Pedro, lo tenía poco tiempo a su servicio y para cosas puntuales, además al servicio no le hacía gracia que el robot estuviera por ahí.
Pero con Ofelia, era distinto, aparte de los temas de sus trabajos, le hacía ese tipo de preguntas, para distraerse y comprobar su grado de fiabilidad, como para hacerle caer en alguna trampa, para luego poder decir que un robot no podría con el intelecto humano, cuando él toda experiencia era recalculada, con nuevos datos, perfeccionando el algoritmo, que le permitía ser más conciso y acertado, a cada envite en forma de pregunta inocente.
El piso de Ofelia, aun siendo de menor tamaño que el de Don pedro, tenía un aspecto más espacioso, por tener menos muebles, ser claros y no tener las paredes abarrotadas, era una cuestión de simple contaminación visual.
Arturo se limitaba en ambos casos a memorizarlo todo y a esperar sus instrucciones pertinentes. En alguna de sus celdas internas, tenía anotado algo sobre la filosofía humana y esa condición de complicarse la vida entre ellos constantemente. Lo de las guerras era algo realmente sorprendente, había cantidad y por cualquier motivo.
Aún no las tenía todas, era tal la cantidad, los hechos que se sucedían en ellas, su duración, ¡las había incluso de cien años! Encima todavía se iban incorporando nuevas.
¡Curiosos seres los humanos! No tenía inputs de ninguna otra especie que obrara igual con sus semejantes.
Terrassa, 8 abril 2024

