lunes, 24 de agosto de 2026

NOCHE DE SAN LORENZO (PARTE 3)





 

La Noche de San Lorenzo 

(Parte 3)

Pasados los días de pésames y duelos, llegaron los momentos de arreglar papeles. Begoña, en su estilo seco y cortante, sugería vender la propiedad, repartir entre los cuatro y así cada cual podría disponer de un capital para hacer lo que quisiera; en el caso de la madre, podría estar en una residencia adecuada, bien atendida. Por supuesto, la interesada ni estaba presente ni al corriente ante ese proyecto de futuro que le atañía. Quedaron en hablarlo tranquilamente después de una cena y cuando la madre se hubiera retirado a su cuarto a descansar.

Ya habían mirado si existía un testamento, siendo don Severio un hombre del todo ordenado, pero con una muerte tan precipitada y siendo en pleno verano, ni siquiera su abogado y amigo había venido al sepelio; con lo cual no tenían ni idea de sus últimas voluntades. Tampoco la madre había hecho ninguna indicación al respecto; ya de entrada lo consideraba de mal gusto, solamente mencionar el tema. 

Así pues, al finalizar la cena, Carlos, a quien ya no se le podía llamar Carlitos, siendo un prestigioso corresponsal de prensa, indicó que sería una buena noche para disfrutar de las estrellas y ver las Perseidas, que en esa época del año estaban de muy buen ver. Todos captaron la indirecta y acordaron que sí era una buena idea, menos la madre, que se limitó a comunicar que se retiraba a su habitación, donde rezaría un rosario por su extinto marido y padre ausente de ellos, lo cual parecían haber olvidado.

Una vez instalados en la terraza, sentados en unas hamacas de esas tan cómodas que ya no se hacen, por tener un diseño anticuado y duradero de poco interés para la industria actual, Carlos se dispuso a sacar el "tema".

—¡Queridos hermanos! —dijo Carlos con un aplomo y seriedad desconocidos por parte de sus hermanos—. Considero que el tema de la herencia familiar hemos de verlo como algo que nos atañe a todos por igual y que nuestra prioridad es el bienestar de nuestra madre.

—Por supuesto —respondió presto Antonio. 

Begoña se limitó a mirar inquisitivamente, esperando oír algo más consistente.

- lo que tú propones, de vender y buscar una buena residencia para mamá, no creo que sea lo que ella espera de nosotros; más bien dirá que es pan para hoy y hambre para mañana.

- ¡Sí, claro, hermanito! Como tú vives fuera y no te has de ocupar de nada, cuando vienes lo ves todo muy bonito y familiar. Pero el negocio se muere, no da para ni para mantenernos dignamente, respondió airada Begoña.

A todo esto, Antonio seguía sin decir nada; se limitaba a contemplar los cubitos de hielo bailando al ritmo que marcaba su mano contoneando el vaso con whisky.

- Estoy dispuesto a regresar e instalarme aquí: creo que, si le damos otro aire al negocio y dado dónde está, podemos reflotarlo.

- ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Vas a sacrificar tu carrera periodística? —¡No me lo creo! —inquirió Begoña.

- Voy a pedir el traslado, llevo demasiado tiempo en Berlín, ya pienso en alemán y eso no puede ser bueno para mi cabeza. Además, tengo la idea de escribir un libro, una novela, ambientada ahí, pero que tengo que escribir desde una cierta distancia.

—Sí estás convencido de venir aquí, pero siguiendo con el periódico, más el tiempo que puedas dedicar a la novela; ¿cuándo te podrás dedicar a mamá y al negocio? —Le soltó Antonio de una forma un tanto seca, que incluso sorprendió a Begoña.

Tranquilos, no os inquietéis; se trata de que sigáis con lo vuestro aquí, pero dándole otro aire. He visto negocios que allí funcionan, ya sabéis, eso de la moda vintage.

- Begoña saltó. ¡No me fastidies! Estoy aguantando a esas mujeres del "patchwork".

- No me refiero a eso; tener un grupo de señoras charlando de sus cosas mientras cosen sus colchas es una pérdida de espacio y por los cuatro retales que compran...

- Gastan bastante, se lo van diciendo unas a otras, pero entretienen mucho, eso es verdad.

- Dímelo a mí. - soltó Antonio: Me paso el día cargando piezas, mostrando telas, para que después se queden por ahí, en el mostrador; luego me toca recoger y guardarlas.

- Por eso toca renovarse, buscar algo de mayor valor añadido; se pueden seguir teniendo las telas, pero poniendo algún artículo con más carácter, algo de moda y rompedor.

- ¡Perdona, pero ya está todo inventado! Frase lapidaria de Begoña, siempre negativa.

- Pues he pensado que se podría añadir una sección de gorras y sombreros, tanto de hombres como para mujeres. En Berlín lo están petando, sobre todo las de estilo inglés, aunque el holandés también mola mucho, pero no tanto.

Y poner unas habitaciones con música y luz tenue, donde unas simpáticas azafatas le ayudarán a probárselos. Comentó Antonio —con sorna.

Muy simpática tu aportación, pero no era eso lo adecuado al nombre de nuestra familia.

Le contesto con cierto mosqueo. —Carlos.

- Begoña no dijo nada de lo asombrada que se había quedado.

Pero ella, un tanto fuera de juego, como mínimo aceptó que Carlos, proponía algo, diferente y viable.

Antonio, mientras se deleitaba con su destilado y soltaba sus bromas, asentía al hecho de darle un cambio al negocio.

Carlos empezó a ver la posibilidad de imponer su argumentario.

Ernestina, que había escuchado toda la conversación con suma atención, sentada ante su ventana abierta a la oscura noche veraniega, tomaba nota mental de todo lo dicho.

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