Atardecer
Foto de A.C.P.
La Reunión
De como un grupo heterogéneo, se convierte en una curiosa familia.
Los intereses intercalados hacen maravillas en la cohesión de las personas, para beneficiarse mutuamente.
Don Pedro, no quería que su familia y en concreto su hijo mayor, metiera las narices en su patrimonio, ni en su forma de administrarlo.
Con Tomás había conseguido una entente, harto beneficiosa para ambos, el conserje era un hombre de recursos, demostrado con el tema del viaje de Arturo, había bordado la situación.
En cuanto a Ofelia, era una mujer brillante, con la que podría contar en un futuro próximo, siendo del ramo del derecho y, además en la rama internacional, le permitiría recurrir a ella, para temas de sus futuros intercambios de arte, fuera de las fronteras.
Tomás, sabía que arrimándose a Don Pedro y cumpliendo con sus encargos, tenía un buen aliado para seguir en el puesto, se sacaba unas buenas propinas y era aceptado por los vecinos, con más respetabilidad. Además, sus escarceos con la vecina del ático eran ignorados.
Pedrito, tenía en la figura del abuelo, el padre que le orientaba e incluso jugaba con él, por cuanto el titular, siempre estaba maquinando para estafar a alguien y el repartir cariño, no estaba entre sus aptitudes.
Ofelia, dada su peculiar enfermedad, que le estaba sacando de quicio por momentos, el tener un asistente le venía de perlas, tratar con Don Pedro era fácil, y lo que le pudiera pedir en plan favor, no le representaba ningún gasto.
Arturo, no tenía opinión, aunque se extrañaba, por decirlo de alguna manera comprensible para los humanos, de que, en sus algoritmos consultados, las preferencias habían cambiado muy bruscamente, claro que ahora estaba a las órdenes de Ofelia, y no de José Carlos, dos mundos bastante opuestos.
***
Separados por breves espacios de tiempo, alrededor de las siete, unos antes y otros más tarde, fueron acudiendo de manera disimulada sin llegar claramente a subrepticia, a la residencia del noble Don Pedro.
Éste, no había pedido que le dejaran todo preparado para la reunión. Por qué no quería que de esta quedara constancia entre su personal doméstico. Con lo cual, él mismo, con todo cuidado, fue preparando el té, verde para la tarde, con unas pastas, que se había hecho traer de la pastelería cercana, de muy buena calidad, dada que la mantequilla era asturiana, lugar cuyos pastos son más verdes, que los ya muy secos de nuestras cabañas ganaderas.
Todo ello fuera del conocimiento, evidentemente, de la gente que le rodeaba.
Así que tuvo que ser él, quien fuera abriendo la puerta a sus invitados, e invitarles a pasar a la sala e ir preguntando, mientras los saludaba, como querían el té o café, pues siempre hay disparidades ante la elección, cualquiera que sea.
Como ya habían pasado unos días de su último encuentro y, además, con desplazamientos por parte de todos, menos de Don Pedro, que se limitó a quedarse en Babia, ante su querida familia, como es menester, si se quiere seguir siendo un ser lúcido.
Una vez todos reunidos, con sus respectivos brebajes, (Pedrito declinó la oferta y se desmarcó, tomando un batido de cacao, traído por él, en plan previsor). Ya intercambiados las aventuras típicas de los viajes, incluyendo una breve mención sin extenderse, con la ida y vuelta a las Maldivas, lo cual dio tiempo a consumir todo lo consumible, incluidas las pastitas, primero las de chocolate, claro. Iniciaron la reunión propiamente dicha.
Arturo era una especie de convidado de piedra, desde que iba vestido, Ofelia lo trataba con más consideración, bueno y por las lecciones de ajedrez.
A Arturo lo de ir con traje, le daba igual y cuando Ofelia en su momento, le explicó que era una especie de camuflaje, lo entendió mejor y ahora, iba tan feliz así, tan mudado.
El grupo se había ido cohesionando, cada uno tenía claro que estaba ahí, para ayudar a Don Pedro en lo que hiciera falta y que eso a la larga les beneficiaba a todos, además, aparte de gruñón, era un buen tipo.
(Continuará)
Terrassa, 24 enero 2024


