Materia
En casa de Don Pedro, se respira un aire primaveral en pleno invierno, todo está reluciente, limpio y espléndido, se nota que toda la casa ha sido removida, no hay ninguna telaraña ni por supuesto mota de polvo.
Las alfombras vuelven a estar mullidas, tras ser bien sacudidas, a la vieja usanza, en la azotea y a sopapo limpio. Las mujeres se cebaron con ellas como harían con sus hombres si pudieran.
Hasta Don Pedro, quisquilloso y criticón por defecto, lo encontró todo a pedir de boca e incluso soltó aquello de que se podría comer en el suelo.
En casa de Ofelia, la vida transcurría de forma apacible, nunca pensó que le pudiera coger un odio tan descomunal a aquella chatarra llamada Arturo, no había forma de ganarle una partida, ella que en la universidad era la reina del ajedrez.
Incluso ahora, se preguntaba por qué se lo había traído de las Maldivas, con el lío que había sido todo el ir y volver, tema que como es sabido daría para hablar demasiado y con ello costarle un disgusto serio, a ella que era mujer de leyes.
Arturo, de momento se había librado de lavar los platos, planchar, limpiar los cristales, encerar suelos...digamos que solo acepto de todas sus actividades, la de buscador y lector de temas del derecho internacional y jugar al ajedrez, que era lo que le proporcionaba, una vida de marqués.
Cada vez le resultaba más fácil, aunque lo adecuado sería decir más rápido el poder ganar la partida, aunque le interesaba alargarla, para que ella, se creyera que tenía alguna oportunidad. Así conseguía que siguiera insistiendo y así poder obtener ventajas domésticas, era lo que se jugaban.
Estaba claro que lo que buscaba Ofelia, era conseguir su clave de acceso, que por cierto estaba escrita en la planta de su pie izquierdo, pero claro, eso estaba en la libreta de garantía e instrucciones de uso y las darle las órdenes y como cambiarlas.
José Carlos, había pasado unas fiestas navideñas, en las que los nervios se le comían por dentro y no era precisamente por esperar a Papá Noel y sus regalos.
Pedrito, una vez llegado de su semana blanca, moreno como un tizón, ya se sabe que el invierno ya no es lo que era, y en las pistas lo blanco es artificial pero el sol no; se puso en contacto con su abuelo, para ponerse a sus órdenes de inmediato.
Tomás ya había advertido a Don Pedro, que se encontraba ya disponible para las funciones que considerase pertinentes. La verdad es que gracias a él, la operación Maldivas, pudo llevarse a cabo. Podían haber ido todos a la trena, pero por una de aquellas cosas inexplicables, o por el buen rollo que la Navidad despierta, la cosa salió bien, ellos fueron y volvieron y por cuestiones de seguridad nacional y porque nadie se lo iba a creer, mejor es dejarlo todo en el más absoluto anonimato.
Don Pedro mismo, no quiso saber nada del cómo, se limitó a pagar la factura, cuantiosa por lo demás, y disfrutar sabiendo que Arturo estaba de vacaciones, bien lejos de su primogénito, lo cual ya era una buena satisfacción para él. Caprichos que tenía de señor mayor con todo hecho.
Es difícil saber de qué materia estamos hechos cada uno por dentro, en único posiblemente fácil de saber, era de Arturo, pero dudo que se pudiera decir al cien por cien.
Como el horario laboral de Tomás, finalizaba a las siete de la tarde, se programó el encuentro en casa de Don Pedro, para las siete y cuarto.
A esa hora, Don Pedro se aseguró de que no hubiera nadie en su casa, de que estuviera libre de cualquier persona ajena al grupo, que no fuera de los convocados, quería discreción absoluta y hubiera rezado para que no
se cruzaran con ningún vecino al venir.
Pedrito ya estaba con él, había llegado a media tarde, tras una charla con su madre, en la que le mencionó que su padre, cada vez estaba más raro y temía que tuviera serios problemas financieros, pues le había propuesto una inversión de esas seguras y además superrentables. ¡A ella! ¡Como si no lo conociera! Le colgó el teléfono sin dejarle acabar con sus tonterías.
Con lo cual, aún tenía más interés en saber, que maniobras se esperaban para contrarrestar las malas influencias de su progenitor, es un decir.
Arturo no tenía nada que decir, se había empapado de todas las combinaciones posibles, para contrarrestar los ataques furibundos, cada vez más a la desesperada, de su oponente ajedrecista, que parecía incapaz de saber aceptar una derrota tras otra.