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La Araña
El
sol ya cuela sus rayos a través de las persianas, una pareja yace sobre la
cama, ella encima en parte, sus cuerpos desnudos, sólo ligeramente tapados por
una sábana, indican tiempo cálido.
- ¿Qué quería
Juan?
- Tendríamos que
ponernos de acuerdo en que conciertos escogemos para la próxima temporada, por
lo del abono.
- ¡Ah vale!
Él
se queda silenciosos con la mirada fija en un punto de la pared, de tal forma que
ella no tiene más remedio que preguntarle extrañada. Mientras gira la cabeza, buscando
el punto en que parecía estar esa mirada perdida, en vano pues sin gafas le
costaba definir bien las cosas pequeñas a media distancia.
- ¿Qué
ocurre? ¿Qué has visto?
- Una araña
- Debe de ser
muy pequeña, no la veo. Vaya tontería, menuda cara has puesto por una araña.
- Déjate
estar, me dan repelús, además seguro que crece.
- Estás
paranoico.
- No. Me la
imagino creciendo, paseando con sus patas peludas, columpiándose en su tela,
descendiendo sobre mi cabeza en plena noche. ¡Qué asco!
- Tonterías.
Anda levanta y vete a la ducha, te tienes que ir, voy a airear y no pienso
matar esa araña, tengo muchas cosas que hacer.
- ¡Te
arrepentirás!
- ¡Tonto,
vete!
Se mordisquean los labios, mientras hace un amago
de levantarse, que queda en un intercambio de posiciones. Al fin se levanta y
sale de la habitación.
Ya duchado y vestido se despiden con cariño.
- Te enviaré
un correo con los más destacados a mi gusto, a ver si coincidimos.
- Vale, me lo
miro y decidimos.
- Adiós
- Nos vemos.
Se vuelve a la cama para apurar unos minutos
más de ese día de descanso.
La araña, sale de su escondite, tras un radiador
de calefacción.
Observa detenidamente a su presa, las piezas
grandes son las que cuestan más de dominar, pero su aprovechamiento da para
meses.
Tendrá que hacer un buen acopio de saliva
venenosa para poder inmovilizarla.
Desde que vino de Sudamérica en una maleta, ha
estado paseando por su nuevo hábitat sin probar bocado, vaya mierda de país.
Espera paciente a qué su víctima se relaje, ha
estado estudiando durante días su comportamiento, esos resoplidos arrítmicos,
suelen ser una buena señal, para poder acercarse sin peligro.
Espera que la ligera brisa que entra por el
balcón semi abierto, le facilite un vuelo sin escalas hasta la cama.
Una vez allí, sin entretenerse contemplando su bella desnudez, se dirige hacia el cuello
para poder morder y soltar una buena dosis de su eficaz veneno que la deje inmovilizada.
Tras darse cuenta de ir sin el móvil, justo
antes de bajar las escaleras del metro. ¡Qué suerte! Desanda el camino para
recuperarlo.
Llama una y otra vez, al timbre de la vieja
puerta acristalada, la aporrea con las manos, sabe que la habitación de ella
está lejos de la puerta, al otro lado de aquella vieja casa, justo dando al
patio ajardinado, donde los jazmines perfuman el ambiente.
Está seguro que se habrá vuelto a la cama, va
muy cansada con ese trabajo con horarios extenuantes, pero necesita su teléfono,
sin el está desnudo.
No oye ningún sonido, nada de ruido, duda entre
esperar o marcharse, decide esperar un poco y sigue llamando.
Dentro un cuerpo inerte, escucha el timbre pero
no puede moverse, ni tan siquiera hacerse oír, unas lágrimas de angustia se
escurren de sus ojos.
No sabe que le está pasando, ha notado una
ligera picadura, malditos mosquitos, pero parece ser cosa de un ictus cerebral.
Hace esfuerzos sobrehumanos para intentar
llegar al móvil, cada vez se siente más pesada, pero la mano izquierda parece
tener algo de sensibilidad, consigue agarrar el aparato y pulsar llamada al
número más utilizado, con pavor escucha como suena otro aparato, en la mesita de noche, del otro lado.
Barcelona, 17 Mayo 2017





