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Poensetia
Tras
un sofá, en el que descansaba desmayadamente, una manta a cuadros que apenas
tapaba un poco la huella hecha por alguien, en una postración recuperable
post comida, se adivinaba un paisaje ciudadano ensombrecido por la caída de la
tarde y las gotas de lluvia que dificultaban un poco la visión.
No
se podía decir que la sala fuera triste, pero si el único amago de vida, eran
las plantas dando un toque verde que te quiero verde, a la pequeña terraza, en
la que una poensetia con su toque rojo, daba un poco de alegría coloreada y
denotaba junto con la manta yacente en el sofá, la época invernal en la que
estaban.
Aparte de estos detalles, apenas se percibía un destello de vida, como fondo
musical, una notas de jazz, en la que sobresalía un piano, bien secundado por
el contrabajo con punteadas notas de una guitarra cantarina.
Pero
para alguien, estaba puesta la música, que disfrutaba de ella, moviendo la
cabeza como un péndulo, y machacando el suelo al compás, en un zapateado
irregular.
A
medida que la luz de la tarde se apagaba, la luminosidad de una pantalla se
realzaba, mostrando cómo tras el paso acelerado de unos dedos por el teclado,
la misma se iba rellenando de letras que conformaban palabras que a su vez
formaban frases, que a su vez nos empezaban a conducir en un texto donde se
suponía tenía que pasar algo.
Algo
tenebroso, o cándido, o fantástico, o quizás simplemente amoroso y concerniente
a unas personas determinadas, o un barullo enorme, en el que están involucradas
muchas personas.
Observando
con detenimiento, la pantalla no rezuma nada, ni sangre, ni almíbar, ni testosterona.
Lo
cual no deja de ser preocupante para un autor, que se supone tiene que mantener
en vilo, o distraído, o subyugado a un público que le exige acción y
sentimientos bien expresados.
Pero
la vida de autor es complicada, tiene momentos de intensidad y otros de
tranquila manifestación de unos ambientes sin apenas acción.
El
viento tormentoso, alocado y con lluvia, ataca despiadadamente a la poensetia,
que apenas resiste cediendo algunas hojas a la inclemencia, que no perdona.
A
todo ello, los dedos siguen escrupulosamente tecleando las instrucciones que la
mente privilegiada le va indicando.
De
tanto en tanto se produce una pausa, en la cual la cabeza se mantiene mirando
fijamente el texto, para proceder a algún pequeño retoque, ante el cual se
aleja manifestando su satisfacción por el logro en la redacción.
Con
todo, los personajes están un poco hartos y mareados, ante el baile al cual están
sometidos, de total indefinición, con sentimientos ora a flor de piel ora
introvertidos, llorando para sus adentros los amores perdidos.
La
heroína en cuestión, no sabe si mostrarse más seductora, para captar la
atención del protagonista, o bien más recatada y conformarse con el opulento gerifalte
que le dará cierta tranquilidad patrimonial.
Ella
empezó como una joven ambiciosa, con ganas de comerse el mundo y para nada autolimitada, por su condición femenina. Y ahora no le gusta nada verse un poco más
mayor y acomodaticia con el estatus de señora de buen ver y dominante.
El
protagonista vive sumido en una serie de dudas, a las cuales no reafirma nada,
ver en lo que se ha convertido, la que fue fuente de inspiración, amoríos aparte.
El
poderoso, fiel al principio que rige para todos ellos, está encantado de su
poder y como poco a poco todo va saliendo cómo sus deseos han ido propiciando.
El
autor sé mesa los cabellos, escasos, todo hay que decirlo, pero sigue las
andanzas de todos ellos, se emociona con ellos y sufre por ellos, no les puede
dar a todos ellos, unos parámetros de comportamiento homologables, con la
bondad humana, hay que poner conflicto,
para que haya historia.
Historia,
que le está saliendo poco a poco, bueno eso se cree él, porque los personajes
están muy despistados y se ven ante una montaña de indefiniciones emocionales
que les lleva a pensar, si lo mejor no sería montar una orgía y disfrutar a
tope mientras puedan.
Sarrià, 27 enero 2017.






