Imagen tomada de internet
A veces, en los paseos por la red, admirando los blogs
amigos, te encuentras alguna cosa que te atañe directamente o te hace caer en
algo que no le dabas importancia.
Así estaba ayer tranquilamente leyendo “En la suela
de mis zapatos “del blog “La reina del país de los hongos” cuya autora es la
genial y siempre sorprendente por lo directa en sus exposiciones, La
MaLquEridA, como dice Toro, "Un corazón de sol escondido".
Entonces recordé, esa sensación pringosa en la suela
de los zapatos por haber pisado un líquido viscoso, pegajoso, oscuro y
seguramente maloliente, en el rellano de la escalera, compartido con otro piso.
Después de dejar unas huellas marcadas en mi camino
hasta el ascensor, dentro de este y luego en la portería, restregué concienzudamente
las suelas de los zapatos en la tierra libre de excrementos perrunos de un
alcorque, lo cual no es fácil, encontrarlos vacíos, no frotar los pies en
ellos.
Seguí camino hacía mis ocupaciones programadas para
ese día, estoy jubilado y me importa un pito cambiarlas, pero hay que tener una
agenda, es lo primero que te dicen para que no te quedes parado sin hacer nada
o dando la paliza a gente que tiene muchas cosas que hacer.
El tema fue olvidado y cuando regresé a casa a última
hora de la tarde, estaba todo limpio y eso hizo que no volviera a pensar en
ello.
Pero las cosas son tozudas y las desagradables más, y
un mes más tarde, día por día, el trece para ser más exactos, volví a
encontrarme con el desagradable charco.
Esta vez lo vi a tiempo y pude rodearlo sin manchar
las suelas, por eso no entendí cuando la encargada de la limpieza de la escalera, me llamó la
atención por dejarle el suelo hecho un desastre, tras salir del ascensor
dejando una huellas sanguinolentas.
Lu juré y perjuré que no era cosa mía, que estaba todo
el rellano sucio y que logré esquivarlo pero alguien no lo debió conseguir y
seguramente había manchado el suelo del ascensor, y esto no lo había visto.
Ella con los ojos muy abiertos, donde destacaba el
blanco de sus ojos, sobre el negro semblante de su cara, como en una película de
cine mudo, me señaló el suelo del ascensor impoluto.
Me miré las suelas de un ligero color rojo amarronado
y salí a la calle, haciendo la misma maniobra que el mes anterior, pero en otro
árbol.
Al regresar a casa, tuve la suerte de coincidir con
el presidente de la escalera, un personaje pequeño y nervioso, que siempre está
acarreando cajas, de su casa al cuarto trastero en que se ha convertido lo que
conserjería.
Le comenté el hecho de la sorpresa encontrada en el
suelo y sus repercusiones en la limpieza de la escalera y mi asombro un tanto
asustado esta segunda vez.
Me mió con sus pequeños ojillos, muy centrados sobre
su aguileña nariz, en la que descansaban unas gafas metálicas camino de una
caída libre.
Puso cara de desconcierto, diciéndome que yo tendría
que saber de qué se trataba, pues era el único vecino del rellano en cuestión,
dado que en el otro piso no vivía nadie, no estaba habitado desde hacía más de
diez años.
Me quede pensativo y desconcertado o mejor al revés,
luego recordé que nunca me había cruzado con nadie, nunca había escuchado ni
voces, ni ruidos, ni música, ni nada de nada.
Le comenté que la cosa en cuestión, estaba en la otra
puerta, no en la mía y qué igual había reventado una cañería o algo por el
estilo. Que era cuestión de actuar con la máxima urgencia.
Subió conmigo para contemplar lo limpio y brillante que
lo había dejado la encargada de la limpieza.
Miró por la parte inferior de la puerta por si había
quedado algún resto e incluso se pasó a mi lado y levantó el felpudo, como un
sabueso profesional visto en la tele. Ya le había dicho que de mi casa no era.
Poniéndose las gafas en su sitio, me contestó que
miraría de hablar con el administrador por si tenía llaves del piso en cuestión
y se podía hacer una inspección visual con carácter de urgencia, para poder
esclarecer que estaba pasando.
Se despidió educadamente pero mirándome con
desconfianza, poniéndose las gafas una vez más, me limite a entrar en casa y
olvidarme de todo aquello, no quería que me afectara lo más mínimo. Tengo cierta
facilidad para abstraerme de lo que no me gusta.
No me lo volví a encontrar, la cosa viscosa no volvió
a aparecer y la limpiadora me saludaba con menos entusiasmo.
¡Ah sí! Tiempo más tarde, me enteré, por casualidad y
como de pasada, que habían cambiado al presidente. Lo había detenido por abuso
de confianza y prácticas delictivas; un asunto de usar un piso vacío para ciertas actividades llamadas
contra natura.
Para La MaLquEridA.
Sarria, 6102016.