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martes, 7 de octubre de 2014
LA MUJER DEL HELADO
Me lo he pasado estupendamente, las atracciones eran de lo más impresionante que podía imaginarme, las instalaciones eran de primera y con infinidad de puestos de comida y helados.
Lástima que estaba un poco fastidiada, estos resfriados del cambio de época son un fastidio, iba estornudando y tosiendo todo el rato, incluso tuve algo de fiebre.
Por suerte las instalaciones sanitarias están muy bien y podía ir lavándome la cara y las narices bastante a menudo, pero en las colas a alguna visitante bauticé.
Me gustan mucho los helados y ahí tenían de todos los gustos y colores, con lo que iba compartiéndolos con mi compañero, para poder probar más sabores.
Los restaurantes igual, con cantidad de opciones, son temáticos, de culturas muy diferentes, mediterráneos, mexicanos, hawaianos, etc. etc.
Nos hicimos amigos de otra pareja y así pude compartir más cosas, es estupendo encontrar gente maja, sin manías.
A veces me recriminaban con la mirada, el hecho de no taparme la boca, a tiempo al estornudar o toser, pero es que no me daba tiempo de sacar un pañuelo de papel, y claro, los mocos en los dedos, daban un poco de asco.
Pero por deformación profesional, suelo lavármelas muy a menudo, y estuve creo que en todos los aseos de las instalaciones.
Suerte que en algún baño tenían toallas de esas enrolladas y podía secarme las manos mejor que con papel o con aire caliente, que no acabas nunca.
Después de unos días de intenso trabajo me concedieron unas vacaciones que tenía pendientes, pero que nunca me permitían disfrutarlas.
La verdad es qué los últimos días habían sido atroces, con aquel enfermo traído del continente africano, que tenía que estar aislado.
Para atenderlo, me hacían poner un traje de plástico superllamativo, supongo para que vieran que estábamos con un grave infectado.
Así que cuando se acabó, recogieron la especie de urna en la que estaba y nuestros trajes especiales, y nos dieron unos días libres.
Tenía pendiente visitar otra vez el parque ese, que me quedó algo por ver, ese en plan americano, con muchas atracciones, de esos para gente joven, adolescentes y críos, sobre todo.
Pero como nunca había estado y no tenía hijos como coartada, tuve que ir sola arrastrando a mi pareja, poco amante de este tipo de exploraciones.
La lástima es que la fiebre haya ido a más y estoy que no me tengo, con lo que he regresado a casa antes de tiempo.
viernes, 3 de octubre de 2014
SORPRESA CALLEJERA
Me paré ante un semáforo, esperando que se me pusiera en verde para cruzar una de las avenidas principales.
En una zona muy concurrida, pero en un hora de poca afluencia de tráfico, cruzaron varios peatones por delante mío.
El último de ellos, con paso normal, sin apresurarse, pero de caminar decidido, se detiene a mirar una de las papeleras que hay justo al lado del paso de peatones.
Sin disimulo alguno, hurga en su interior y extrae una bolsa de plástico transparente, dentro hay un papel encerado, de los típicos que utilizan en las charcuterías, lo saca y con la sorpresa, se le ilumina la cara, con sus dedos recoge la grasas de jamón que su anterior propietario ha desechado y se la come con fruición.
Está claro que para él ha sido todo un manjar, apura todos lo hilillos de jamón impregnados en el papel y tira la bolsa otra vez al interior de la papelera.
No va mal vestido, ni sucio, ni andrajoso, un poco desaliñado, pero porque me he fijado más y he querido ver un similitud a los que van arrastrando un carro viejo con ruedas de esos que se utilizan en los súper, gente que va con un gancho hurgando en los contenedores buscando algo aprovechable.
Oh también los que van metiéndose en los contenedores de papel y los van vaciando, para ser ellos los que aprovechen el valor de los cartones y periódicos viejos.
Los que meten las manos en el recogedor de monedas en las cabinas telefónica, por si ha quedado alguna atascada.
Me viene a la mente, la cantidad de gente que ha entrado a formar parte de ese club de desheredaos, que deambulan por la ciudad, sin destino fijo, se acercan a los cubos de deshechos en los mercados, para coger alguna cosa con que alimentarse,
Suena el claxon del vehículo de detrás y me saca de mi ensimismamiento, pongo primera arranco y me olvido del personaje.
El último de ellos, con paso normal, sin apresurarse, pero de caminar decidido, se detiene a mirar una de las papeleras que hay justo al lado del paso de peatones.
Sin disimulo alguno, hurga en su interior y extrae una bolsa de plástico transparente, dentro hay un papel encerado, de los típicos que utilizan en las charcuterías, lo saca y con la sorpresa, se le ilumina la cara, con sus dedos recoge la grasas de jamón que su anterior propietario ha desechado y se la come con fruición.
Está claro que para él ha sido todo un manjar, apura todos lo hilillos de jamón impregnados en el papel y tira la bolsa otra vez al interior de la papelera.
No va mal vestido, ni sucio, ni andrajoso, un poco desaliñado, pero porque me he fijado más y he querido ver un similitud a los que van arrastrando un carro viejo con ruedas de esos que se utilizan en los súper, gente que va con un gancho hurgando en los contenedores buscando algo aprovechable.
Oh también los que van metiéndose en los contenedores de papel y los van vaciando, para ser ellos los que aprovechen el valor de los cartones y periódicos viejos.
Los que meten las manos en el recogedor de monedas en las cabinas telefónica, por si ha quedado alguna atascada.
Me viene a la mente, la cantidad de gente que ha entrado a formar parte de ese club de desheredaos, que deambulan por la ciudad, sin destino fijo, se acercan a los cubos de deshechos en los mercados, para coger alguna cosa con que alimentarse,
Suena el claxon del vehículo de detrás y me saca de mi ensimismamiento, pongo primera arranco y me olvido del personaje.
sábado, 30 de agosto de 2014
RECICLANDO
Reciclando
Fue fruto de una discusión idiota,
empezamos hablando de nuestras cosas, para ponernos al día, de nuestras vidas
respectivas.
Luego nos pusimos a comentar sobre cosas
más intimas, como nuestras creencias o su ausencia, en materia religiosa.
La cosa se fue complicando cuando la conversación
cada vez menos plácida, se adentro en el tema de la concienciación política.
Pero cuando nos pusimos a hablar de
literatura y autores literarios, las chispas empezaron a saltar, provocando el
gran incendio de la sin razón.
Hay cosas que no estoy dispuesto a
tolerar y menos en mi casa, por muy amiga que fuera, con derecho a roce y todas
esas tonterías.
Acabe la discusión de una forma
contundente, soy fiel a mis principios, y agarre aquella réplica de la torre de
Pisa, que me trajo como recuerdo de un viaje romántico que había hecho con su
marido.
Le atice con fuerza, la que me daba la desaprobación
de sus falaces argumentos, en defensa de una obra y un autor, que me sacaban de
quicio.
En su caída, se desplomó sin ningún
cuidado, sobre la mesa de centro, puro mármol blanco con vetas grisáceas,
dándose en la nuca.
Cuando vi que su cabeza podía moverla
como si fuera de una muñeca de trapo, entendí que iba a tener un problema
grave.
Era una hora tardía de la noche, entre preparación
de la cena, la degustación de la misma, los cafés posteriores y la discusión a
la hora de las copas, el tiempo había pasado volando
Todo eso, con muy pocos arrumacos previos, verdadera razón de mi solicitud en invitarla a cenar.
Tenía, sobrantes de mi reciente traslado,
unas bolsas de basura, de esas industriales, pero solo le cubrían medio cuerpo,
utilizando dos me quedo totalmente envuelta.
Eran de un color butano chillón, que no
sé si serían de su agrado, era muy chic vistiendo, pero creí más oportuno no
fijarme en cuestiones estéticas.
Baje por el montacargas hasta el parking,
y llevándola a rastras con gran dolor de mi espalda, saqué el coche de su
sitio, para ponerme justo enfrente de la puerta de acceso.
Lo de la quinta puerta en los coches,
siempre lo he considerado una idea muy práctica, aunque alaben la elegancia
de los clásicos sedan.
Gracias a su perpetua manía en hacer
régimen, mantenía un peso fácilmente portable, lo cual le agradecí en mi
interior.
Salí en dirección a los contenedores que
había en la plaza, pero ninguno me servía, eran uno azul para el papel, otro
verde para los envases de vidrio y otro amarillo para los de plástico.
Recordé las quejas, de la señora Nieves,
encargada de la portería, y que por una módica propina mensual, se encargaba de
bajar y tirar las basuras.
Entonces me dirigí, ya con cierto
nerviosismo, dado lo tarde de la hora y mi necesitad, por cuestiones laborales,
de madrugar, a los horribles y aparatosos nuevos depósitos para desperdicios.
Cuando llegué a los contenedores marrones
para basura orgánica, amarillo para plásticos, verde para vidrios, azul para papeles y gris para el
resto, no supe cual utilizar.
Los restos de Silvia, evidentemente eran
orgánicos, pero iban acompañados de su vestido y sus múltiples bisuterías.
Me quedé dudando, al final opté por
regresar a casa, subirla y desvestirla con todo mi cariño y respeto.
Poniendo en una bolsa de basura gris,
toda su equipamiento, incluyendo el
bolso de cocodrilo, que le regalé con motivo de su cumpleaños, no estaba seguro si era de piel auténtica o un plástico muy bueno.
Regresé al montacargas, al parking, al coche, a los contenedores y cuando
me disponía a tirar a mi querida amiga en un bonito recipiente marrón, lleno a
rebosar, se paró un coche patrulla de la guardia urbana, conminándome a ir a
otro sitio a tirar mi basura orgánica.
Tampoco estaba para discutir mucho con la
autoridad competente, que me observaban, mientras iniciaba la consabida operación
de recarga de Silvia, a través del portón trasero de mi flamante Alfa Romeo.
Las cuatro siguientes ubicaciones de
contenedores orgánicos, sufrían el mismo problema de excedencia de material.
Estaba a punto de rayar el alba, sin
solucionar donde depositar los restos de mi amiga, que empezaba a dejar de
serlo, dada la pesadez de recolocarla.
Opte por dejarme de cumplimientos cívicos
y dejarla en un contenedor gris, válido para todo, cuando la brigada de
limpieza que bajaba por la calle con sus carritos de amplias ruedas, al verme
dijeron que ni se me ocurriera tirar basura orgánica en dichos cubículos.
Les dije que estaban todos llenos y tenía
prisa para poderme ir a trabajar, necesitaba tirar esa súper bolsa, lo antes posible.
Me aconsejaron que fuera a un punto verde
y ahí me solucionarían el problema.
Les hice caso y tras poner el cuerpo cada
vez menos moldeable en el maletero, partí hacia el destino indicado.
Pero cuando pasé por el puente que
salvaba el río, protagonista exclusivo de la ciudad, opte por atenerme a los clásicos
de la novela negra, optando por deshacerme de Silvia, por el conocido método,
de dejarla caer desde el pretil al agua.
Quedó un bulto chillón, como testigo
luminoso, de mi único desencuentro con mi querida amiga.
domingo, 24 de agosto de 2014
PLAZA MAYOR
Como en aquel pueblo no había grandes monumentos para encandilar a los turistas, los más jóvenes de consistorio propusieron sacar los pasos de semana santa, que eran expuestos en la iglesia románica poco antes de semana Santa.
Puestos de acuerdo el concejal de
cultura con el párroco de la localidad, en el reparto de atribuciones y
responsabilidades, permitieron a las cofradías montar toda la logística del acto.
Repartieron los folletos en todos los
centros de información turística de la comarca, con tiempo suficiente para que
el quince de agosto, fiesta grande en casi todos los municipios, ellos
consiguieran la máxima audiencia.
La iglesia iluminada, permitió
realzar aún más la salida nocturna de los pasos, era una noche gris, con esos
nubarrones que amenazan una fuerte tormenta de verano.
El aparato eléctrico empezó
amenazando la noche, dándole un toque espectacular, a los penitentes
encapuchados, que arrastraban sus cadenas con la fe de los conversos.
La entrada en la plaza mayor, fue
espectacular, con un rayo iluminándola entera, cuando hacían acto de presencia
el principio de la comitiva encabezada por una enorme cruz detrás de un cura
con birrete y casulla morada con ribetes de oro.
Los tambores sonaban ensordecedores,
marcando el ritmo a los costaleros, que en su andar, bamboleaban los pasos con
grácil equilibrio, siendo la virgen de los dolores, la más fotografiada.
Los turistas estaban repartidos por
el trayecto, habiendo incluso algunos instalados en unas tarimas con sillas de
tijera.
Los más espabilados de los habitantes
con casa en la plaza, habían alquilado los balcones, con derecho a bota de
sangría.
Al final estalló, la amenaza de
tormenta, se convirtió en una realidad húmeda y pegajosa, con unas gotas, que
de tan gordas con sólo unas pocas ya estaba todo el mundo empapado.
La reacción natural de todos los
componentes de la procesión fue irse a guarecerse bajo los soportales de la
plaza.
Como se trataba de una tormenta
veraniega, todos daban por supuesto que duraría poco tiempo, con lo que se
insto a los tambores y trompetas a seguir, pero no fue así.
La lluvia persistía, parecía como si
los de arriba, estuvieran locos o jugando a una guerra con cubos de agua.
Las calles se convirtieron en
pequeños torrentes, haciendo que todo el mundo optara por ir hacia la plaza,
iluminada por los flamantes rayos, que suplían la falta de luz en las farolas.
Los niños, aprovecharon las hojas de la gaceta, que estaban en las papeleras, para hacerse unos barquitos de papel, cargados de ilusiones por competir entre ellos, por ver cual llegaba antes a un destino incierto.
Los niños, aprovecharon las hojas de la gaceta, que estaban en las papeleras, para hacerse unos barquitos de papel, cargados de ilusiones por competir entre ellos, por ver cual llegaba antes a un destino incierto.
En esto Paquito, un chico considerado
por todos un poco ido, aunque él se consideraba poeta, artista, y hacedor de
eventos y performances varias, se salió del grupo.
Arrancó a bailar por en medio de la
plaza, mientras la lluvia lo iba empapando, las trompetas entonaron “Singing inthe rain”, momento en que María, la chica más hermosa del pueblo, que soñaba
con ser artista e irse en cuanto tuviera una oportunidad, se apunto a la danza.
Antonio, el hombre para todo del ayuntamiento, arrancó un generador, iluminando el centro de la plaza con sus bailarines en él, con un foco, permitiendo el disfrute de tamaño acontecimiento.
La pareja se entrelazaba y separaba al ritmo trepidante de la música, sus marcados pasos chapoteaban en el agua con inusitado ímpetu, la pasión que su baile desprendía, casi no necesitaba focos, para ser vista.
Como quiera qué, ella llevara un fino vestido de algodón blanco, al ir siendo empapado por el agua, permitió a sus espectadores, gozar de unas vistas que no estaban en el programa.
Antonio, el hombre para todo del ayuntamiento, arrancó un generador, iluminando el centro de la plaza con sus bailarines en él, con un foco, permitiendo el disfrute de tamaño acontecimiento.
La pareja se entrelazaba y separaba al ritmo trepidante de la música, sus marcados pasos chapoteaban en el agua con inusitado ímpetu, la pasión que su baile desprendía, casi no necesitaba focos, para ser vista.
Como quiera qué, ella llevara un fino vestido de algodón blanco, al ir siendo empapado por el agua, permitió a sus espectadores, gozar de unas vistas que no estaban en el programa.
El espectáculo estaba servido, los
danzarines acabaron contagiando al resto de acompañantes en la procesión e
incluso algún turista con exceso de sangría.
La desolada plaza, se fue
convirtiendo en un escenario enorme, dedicado a una escenografía dedicada a la
lluvia, que seguía cayendo intemperita al ajetreo que iba aumentando.
La luz de los cirios, permitía que
los componentes de la banda, interpretaran correctamente las partituras y
tocaran cada uno su instrumento y no el del compañero, menos los tambores, que
daba igual.
Los hostales y tabernas sitas en la
plaza, viendo la afluencia de gente, necesitada de un poco de atención, sacaron
inmediatamente jarras con sangría para los turistas y cervezas y chatos para el
resto.
El padre Esteban, flamante párroco,
no paraba de santiguarse, diciendo Virgen Santa y Dios mío, a cada momento,
viendo el cariz que iba tomando, la animada plaza.
Los del consistorio, aun no viéndolo
claro, empezaron a intuir que no les iba a ir tan mal el asunto, si la gente se
divertía.
Dado que las túnicas y caperuzas de
los penitentes eran un engorro, mojadas como estaban, se los fueron quitando y
dejando amontonados en la cruz que había en el centro de la plaza, como si le
hicieran una ofrenda.
A lo cual se sumaron
enseguida, las alumnas del Sagrado Corazón de Jesús, que acudían a un recorrido
para conocer el románico primigenio, desde Alemania, que habían dado el esquinazo a las
monjas acompañantes, casi cada noche, menos aquella, en qué ellas fueron
de las primeras en quitarse los hábitos.
Tengo de dejar de narrar en este
punto, dado el cariz de acabó tomando la fiesta, cuando mojados y desnudos,
acabaron abrazándose.
Supongo que para darse la paz.
martes, 19 de agosto de 2014
LA PALMERA
Imágenes de internet
En verano la máquina expendedora de bebidas frescas y
pequeños tentempiés, estaba mucho más solicitada, parece mentira lo apremiado
que vamos los pobres currantes, carentes de tiempo para poder prepararnos algo
que llevarnos a la boca.
Instalada en la zona de servicios, donde se suele tomar los
refrigerios, nada más entrar, cada unos le echaba una mirada lasciva, pensando
en lo que se tomaría en la hora del café.
Lo más solicitado, dentro de todo el surtido de chucherías y
bollería industrial y que por lo tanto se acababa antes, eran unas enormes
palmeras recubiertas de chocolate.
Parecía como si dada su puesta en escena en la exposición,
sonriera a los usuarios, buscando complicidades, que evidentemente no había
intento de dieta que pudiera resistir.
Pero, ya se sabe, en verano las reposiciones de productos, se
alargaban en el tiempo, provocando su ausencia y escasez, sobre todo de lo más
solicitado, con el consiguiente desespero de los hambrientos usuarios.
Nada más entrar y percatarse de que solo quedaba una, el
encargado del almacén, intentó poner un pedazo de cinta adhesiva para bloquear
los números de referencia de la susodicha.
Antonio, uno de los comerciales, asustado ante su inminente
pérdida, de la pasta que quería reservar, para un poco más tarde y sin poder
hacerse con ella, por carecer de monedas, desenchufó la máquina expendedora.
Eloísa la secretaría pizpireta, que nadie solía tener en cuenta,
salvo para echarle miradas y palabras subidas de tono, se agenció con un
rotulito, en el que puso: “Máquina fuera de servicio, disculpen las molestias”.
Uno de marketing, Roberto, todo cachas y gimnasta de pro, se
aproximó a ella, mirando con disimulo, que nadie le observara, y al darse
cuenta del rótulo, escondió en el bolsillo del pantalón un artilugio que se
había fabricado para impedir la entrada de monedas.
Martínez, el de mantenimiento, que al principio se la miró con
displicencia, pues se tría sus sabrosos bocadillos, lo pillaron con las monedas
en la mano, desilusionado con el letrero.
A todo esto el gran jefe, Sr. Llano del Cerro, entró con aire
decidido, y horrorizado ante una máquina nueva fuera de servicio, entró en
cólera, exigiendo que avisaran inmediatamente a la compañía, y retiraran ese
infame artilugio incapaz de superar la canícula estival.
Valentina, jefa administrativa, y chica para todo, se apresuró a
cumplir con los deseos del mandamás, llamando con urgencia, a la empresa de
vending.
Cuando el operario, cabizbajo y humillado, se llevó la máquina,
todos los empleados, observaron desconsolados, como se iba la sonriente palmera
recubierta de chocolate, que empezaba a fundirse como una lágrima.
domingo, 17 de agosto de 2014
Columpiándose en una tela de araña
Enigma ( óleo de Modesto Trigo )
Hacía tiempo
que vivía en aquel apartamento deshabitado, se instaló en cuando vio aquel baño
tan espléndido, todo blanco impoluto con una cenefa azul marino.
La alcachofa
de la ducha le recordó tierras extrañas, donde su madre había habitado antes,
antes de coger el barco, que le trajo a aquel extraño lugar, donde estaban tan
mal vistas.
No tenía ni
idea, pero lo que estaba haciendo, era vivir de okupa, su madre apenas le enseño
cuatro trucos, para saber realizar una
buena tela, y así poder cazar bichos
incautos.
Aunque la
verdad sea dicha, por aquel apartamento no había mucha vida y si mucho polvo,
que tenía que sacudir de sus múltiples patas, lo cual era un engorro.
Hasta que
descubrió aquella fantástica alcachofa, que dispensaba agua a voluntad, de un
grifo mal cerrado, pero esto, creo que no lo tenía muy asumido.
La
tranquilidad se acabó el día que se presentó, uno de aquellos seres enormes,
que se creen dueños del mundo y solo hacen que destrozarlo todo.
Eso era otra
de las pocas cosas que le enseñó su madre, ante esos seres, lo mejor era salir
corriendo, mataban por cualquier cosa y no apreciaban su arte de tejer.
Estaba columpiándose
en la ducha, tan ricamente al compás de la caída de las gotas de agua,
intentando acertar con las patorras.
Cuando entró,
sin avisar y, al verla soltó un alarido gutural, de tal alcance decibélico, que
temblaron los cristales de la ventana y se agrietó la hermosa luna que había
sobre el lavabo.
Salió corriendo, dejándose deslizar por una de sus cuerdas, antes de que intentaran acabar con ella, pues tal cosa era lo que
indicaba la expresión de la cara, de la intrusa.
Sabía que de
aquellos animales, los del sexo femenino, eran realmente los más peligrosos,
arrasaban con todo, les molestaba todo animal que campara libre por lo que
consideraban su territorio, que solía ser muy amplio.
Pero este,
parecía tener una fobia especial por su especie, no era normal una reacción tan
agresiva.
Le lanzó un
cucurucho que llevaba en la mano, quedándose en la tela, un buen puñado de
helado de nata, que las gotas de agua de la ducha, empezaron a disolver.
CRONICAS DESDE LA CUNETA II
Crónicas desde la cuneta II
Cuando ves la calidad de la gente que
te rodea, esa que no conoces, ni saludas, ni dedicas un vistazo, es cuando
tienes un problema, por nimio que sea y tienes que recurrir a ella.
Sentados sobre las maletas, tras el diagnóstico certero, conciso y cruel del mecánico, esperamos un taxi para llevarnos a la
ciudad y ahí recoger un vehículo para proseguir nuestro viaje de regreso a
casa.
Nuestro fiel compañero de fatigas, no
ha podido más, siendo víctima de un desfallecimiento importante, que le impide
continuar, estamos en fiestas y su arreglo va para días.
Su aparato circulatorio dijo basta,
la bomba rota impedía la circulación del líquido refrigerante, expulsando el
vital contenido, en un babear continuo.
Forzamos la exigencia de su funcionamiento,
añadiéndole agua al ritmo que la perdía hasta llegar a manos expertas, que
fueron los que nos avisaron de la locura de seguir por ese camino.
Así que, ahí estábamos, viendo con
pena, como lo cargaban en un camión con destino a una base de repatriación,
mientras nosotros esperábamos el mismo destino.
Nos recogió una taxista, sudamericana,
morena y locuaz en grado sumo, para nosotros, que veníamos de un recorrido,
parco en palabras.
Los castellanos y norteños, no son gente de
natural habladora, se limitan a las palabras justas para hacerse entender o
manifestar que no quieren entenderte, sin florituras.
Pero está, nos puso al corriente de
toda su vida, en los diez años que llevaba acá, y de los males y operaciones,
que acababa de sufrir.
Todo en un recorrido de apenas unos
veinticinco Km. A velocidad de vértigo, sorteando coches, motos, peatones
descerebrados y buses impresionantes.
Una vez en el centro de recogida de
vehículos de alquiler, en un momento nos ofrecían uno para sustituir al nuestro,
dándonos un excelente corcel, joven y brioso, perfumado aún con el olor de recién
salido del concesionario.
Todas las personas nos atendieron con
una sonrisa, unas palabras de ánimo, para no agravar una situación incómoda y
sin aceptar ninguna dádiva personal, solo nuestro eterno agradecimiento.
Agosto 2014
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