domingo, 24 de noviembre de 2013

Cena de compañeros



                                                             Imagen obtenida de internet

Tenía que ser una cena especial, un encuentro con las compañeras recién  despedidas, pero por avatares de la vida, se fue desinflando en cuanto a su concurrencia, empezando y finalizando por las homenajeadas.

Así y todo la cena se llevó a cabo y, los participantes tuvimos la oportunidad de contar con la presencia incluso, de una antigua compañera, ausente de la empresa por voluntad propia.

Evidentemente, en la conversación el tema principal, fue ocurrentemente el susodicho despido, las causas objetivas y subjetivas del mismo, la marcha de la empresa a nivel económico, de resultados y de los posibles objetivos, cumplidos o no.

Dada la diferencia de ámbitos en la que participábamos  en la misma, la escasa o nula responsabilidad, en la ayuda en la toma de decisiones tan drásticas, las criticas se elevaron a las cabezas pensantes del barco y a su capacidad, manifiestamente discutida, de llevarlo por el buen rumbo a puerto.

Siendo conscientes, en base a la mayor o menor experiencia acumulada, que ello no es fácil, ni cómodo, ni oportuno, pues las decisiones hay que saber tomarlas en un tiempo determinado, antes de sus efectos se echen a perder.

Con los estómagos satisfechos, en la hora del epílogo, las anécdotas divertidas, los momentos jocosos, las situaciones superadas, las tristes despedidas, las presentaciones de novedades, tratadas por los concurrentes, desató unas risas contagiosas, que nos unían en nuestra travesía.

El peso de los ausentes no impidió, un repaso generalizado de todos los departamentos, con lo mejor de cada uno de ellos, que era mucho y variado.

Lo qué siempre me ha quedado claro, es que en una barca de remos, si un remero falla, se le sustituye, pero si se quitan efectivos, se tardará más en llegar a meta y no se ganará seguro.

Hemos de tener claro que si un elemento, no era el adecuado, o no era necesario para para la travesía, el encargado de la selección ha fallado en ella.

Está visto que si el ritmo, o el rumbo a seguir, impuesto por el patrón, no es el adecuado, las opciones de ganar, también se desvanecen.

En cualquier actividad, llevada a cabo por equipos, ya sean de carácter cultural, deportivo, político, social o de trabajo, la actuación del líder es fundamental.

Ha de cargarse el grupo y conducirlo, motivarlo y sacar lo mejor de su gente, la responsabilidad es suya los méritos se los adjudican, pero si no es así, los deméritos también.

El preocuparse en tener siempre la razón, imponerse en función del cargo ostentado, en nada beneficia a la buena marcha de una empresa.

Impide el flujo de ideas, el aprovechar convenientemente la información obtenida, de todos los colaboradores y la inmersión de estos en el proyecto.

Pero vendrán otros días, nos encontraremos ante la maquina expendedora del café, comentaremos a vuela pluma, los últimos rumores y seguiremos cumpliendo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

ATRAPADOS EN LA RED

                                                            foto obtenida de internet
   



Con una ilusión renovada día a día, se fue introduciendo lentamente, sin desfallecer, en el inmenso mundo de la red de redes.


Saber que todo lo que buscaba estaba en internet le subyugaba. Datos de todo tipo, empresas, estadísticas, deportes, música, cine, televisión, un mundo maravilloso al alcance de la mano.

Dada su afición por la novela negra, la ficción gansteril, y demás temas de los libros de misterio, crímenes, asesinatos y policiales varios, enseguida encontró un foro para poder intercambiar opiniones sobre diversos autores clásicos y los que se imponían en el momento actual, prioritariamente nórdicos.

En estas conversaciones, la mayoría eran o se suponía que eran, hombres, siendo la presencia femenina muy parca, aunque se hacían notar con sus disparatadas opiniones sobre los hechos luctuosos de las novelas y el sufrimiento de sus protagonistas.

Mezclando la ficción leída con la realidad soñada, empezó a dedicar más tiempo a una tertuliana, que le parecía lo suficiente madura cómo para tener una experiencia de la vida, que le hiciera aceptable su presencia, dado que no se hacía muchas ilusiones de ser una persona excesivamente sociable y cautivadora para ellas.

Aún así, se fue animando a medida que sus intervenciones eran cada vez más seguidas y aplaudidas por un publico femenino fiel, y de una forma un tanto disparatada, participativa en todo lo que iba expresando.

Ante eso, se fue haciendo ilusiones de ser una persona deseada, pensando en dejarse conocer por dicha mujer, para sondear que grado de realidad podían tener sus ilusiones donjuanescas.

Fue así, cómo se encontró, una tarde de otoño, en una céntrica plaza de la capital, sólo concurrida por turistas y carteristas, sentado en la terraza de un bar, con un libro dispuesto sobre la mesa en plan reclamo para su futura presa.

A veces cuando la economía menguaba, a María se le agudizaba el ingenio, para aprovisionarse de recursos, de una forma poco ortodoxa pero eficaz.

Había encontrado en la red, una forma sibilina de atrapar incautos machotes, con deseos de ligar, que tras unas sesiones de charla cada vez más intimista, deseaban conocerla de una forma apasionada, esperando verla caer rendida en sus viriles brazos, esperando que ella fuera  incapaz de negarles nada.

En éstas estaba, en tratos con un apasionado lector de noveluchos de serie b, seguramente detective aficionado, impregnado del espíritu de Marlowe, rebozado por la nieve nórdica.

Con sus habilidades lingüísticas, le había hecho creer, que tenía una novela en ciernes, de alto voltaje criminalistico, el cual necesitaba de sus consejos para darle el toque profesional adecuado y, ya de paso le pediría un dinerillo para su publicación, que sería un éxito rotundo, dada la aceptación de ese tipo de libros.

Quedaron en verse en una concurrido establecimiento del centro, al cual iría llevando una novela, de una conocida autora americana afincada en Italia; él por su parte quedó en ir con el último libro de un conocido autor nórdico muy prolífico.

Se vistió para la ocasión, se puso un traje chaqueta que le realzaba su figura gracias a una falda tubo ajustadita, con una blusa entreabierta para lucir un collar de perlas naturales grises, aposentadas en un incipiente escote perturbador.

Cuando llegó, con tiempo suficiente, lo vio sentado en una esquina de la terraza, como dispuesto a salir corriendo, si no le gustaba la partenaire.

Lo estuvo estudiando desde lejos, sin que él pudiese verla, le gustó, se veía un tipo de provincias arreglado, sin estridencias modernas ni cantadas paletas, parecía un profesor de instituto, interventor bancario o delegado comercial de zona.

No podría sacarle mucho, sería de esos desconfiados de pueblo, además con recursos limitados, la ropa estaba correcta pero nada de marca, los zapatos no estaban lustrados y tenían los tacones muy gastados.

Pero se podía intentar, seguro que con un par de insinuaciones correctas, sin entrar a trapo, se ofrecería a solucionarle la vida, parecía buena persona.

Decididamente no iría con traje, se pondría cómodo pero informal, con ropa usada y poco conocida, nada de rabiosa actualidad, cuanto más anodino mejor, zapatos usados, que lo viera como una persona justa de recursos, pero sin problemas.

Pidió un té verde, eso siempre queda bien a media tarde, lo del café es más vulgar, a si le daba un toque diferente a su presencia.

Enseguida la vio llegar, como entraba en el local y desde la barra le iba echando miradas furtivas, para calibrar sus valores, se hizo el tonto en todo momento, e incluso se hizo pasar por un tipo nerviosos ante una cita a ciegas.

Jugo con el foulard, quitándoselo y volviéndoselo a poner, con calculados gestos de espía, para mirarla con todo descaro sin que ella pareciera enterarse.

Después de estos juegos, ella salió del local y dando un rodeo, hizo cómo si viniese de la calle, parándose ante la mesa con una sonrisa amable y un :

- ¡Hola que tal! Eres Pedro.
- ¡Sí! ¿Y tú María no?
- ¡Claro! ¡jajaja!
- ¡Evidente! ¡jajaja!

Se dieron unos protocolarios besos en ambas mejillas, en las que apenas se rozaron, quedándose en el aire.

No entendía la manía del besuqueo, pero ahora lo hacían hasta entre hombres, lo cual evitaba alargando la mano con mucha antelación, creando una barrera protectora.

Entre risas nerviosas, y miradas sorpresivas, se dedicaron a explicarse la parte de sus vidas qué no les importaba dar a conocer, aunque en ambos casos, fuera de una manera sutilmente escenificada, para obtener su gramo de ventaja para sus aspiraciones del encuentro.

Ella, mucho más habituada  a las estancias en cafeterías de la gran ciudad, le sorprendió pidiendo un chocolate con churros, lo cual parecía no pegar con su aspecto de señora seductora que le había etiquetado de entrada.

Pensó que haciéndose un poco de pata la llana, rompería mejor el hielo del encuentro y lo descolocaría un poco, cómo así pudo entrever enseguida.

Comentarios sobre los libros qué llevaban cada uno, y de los gustos propios en particular, rompieron el hielo.

Él no se atrevió a decirle, que sólo había mirado la contraportada con la reseña y el resumen promocional de la editorial, pero bueno tampoco iba a examinarse.

Al cabo de un rato de cháchara intrascendente y de comentar las intervenciones en el foro, de otros personajes a cual más friki.

Empezaron a sincerarse y romper la cáscara de su personalidad hablando de ideologías políticas y dogmas religiosos en los que unánimemente no comulgaban, estaban encantados con el comportamiento de las autoridades en sus respectivas comunidades, donde los actos de corrupción era nimiedades infladas por la prensa, en un afán de vender noticias donde no las había.

Al estar cerca del Congreso de los diputados, se permitieron opinar sobre la marcha de la economía y lo bien que estaban tratando el tema de la crisis, el gobierno actual, todo ello sin asomo de rubor alguno.

En esto él le comentó que quería pasarse por el hotel, que tenían muy cerca andando, para confirmar su reserva y ver si le habían dejado algún recado, soltándolo así tal cual, sin cortarse
.
Ella pensó que ya le iba bien, siempre y cuando pudiera pasar lo más desapercibida posible, comprobó el sobrecito del bolsillo, y se dispuso para acompañarlo.

Fue así como los dos cogidos del brazo, como una pareja madura, intercambiando confidencias, él con su mochila al hombro y ella con su Gucci, donde se suponía estaba el borrador de su gran novela.

De este modo accedieron al establecimiento, donde pagó con tarjeta y recogió un sobre que le habían dejado sus compañeros de la central. 

Cuando se dirigió hacia ella, que hábilmente se había quedado fuera del foco de los recepcionistas,  para decirle que subía a dejar la mochila, ella tras comprobar en un rápido vistazo, que nadie se había fijado en su presencia se prestó rápida en acompañarlo.

Una vez en la habitación le comentó que era mejor darle un vistazo a su novela en aquel momento, mientras tomaban una copa, le dijo que le encantaba contemplar y probar los botellines del bar.

El estuvo de acuerdo y se excusó para ir al baño, momento que ella aprovechó para vaciar el contenido de el sobrecillo en un vaso al que añadió una buena dosis whisky con hielo.

Cuando Pedro apareció, con la cara refrescada y peinadito le agradeció el gesto y le propuso hacer un combinado, su especialidad muy apreciada por sus amigos, en realidad consistían en dos compañeros de trabajo, que en momentos desesperados, eran capaces de beberse una botella de colonia de las de litro.

Él también aprovechó el momento de la preparación, para ponerle en el azúcar que recubría el borde, una buena dosis, para una mujer de peso mediano, de unos polvos mágicos, que hacía maravillas, (se lo habían jurado), en la voluntad de las víctimas.

Cuando brindaron y bebieron con fruición de sus respectivos brebajes, la cara de ambos se les fue transformando, ella con visión nebulosa, vio cómo él empezaba a desmoronarse, quizás se había pasado en la dosis, agarrándose a ella se fue deslizando hacia el suelo, llevándose la falda con él.

Ella sin fuerzas por retenerlo, con los brazos vencidos, la cabeza encorchada, le rompió la camisa, en un esfuerzo inútil por evitar el desastre.

El totalmente inerte, agarrado a unas faldas cómo si le fuera la vida en ello, con el pecho descubierto, babeando en el suelo y farfullando en un intento de pedir auxilio.

María, desmoronada en el suelo, acogida por la mullida moqueta, con las faldas en los tobillos, mostrando sus enfundadas piernas, en unas oscuras medias, sujetas por un liguero negro seductor, de esos que llevan a la pasión más encendida.

Caída desmayadamente hacia atrás, mostraba toda la belleza de su cuerpo, teniendo  un balbuciente hombrecillo, rendido a sus pies.

Así fue cómo los encontraron las chicas del servicio de habitaciones, cuando fueron a abrir las camas, y asustadas, llamaron a la gobernanta, no sin antes ver si podían obtener algo interesante de aquella pareja de drogotas.








sábado, 9 de noviembre de 2013

DAMA DE NOCHE

                                                                         Studebaker



A veces al salir de noche, para ir al cine o a cenar con los amigos, lo veía aparcado frente a la casa, era un coche imponente, antiguo pero en impecable estado, brillante, sin ni una mota de polvo, con su chófer esperando, ante la puerta trasera para abrirla, en cuanto el vecino a quién venía a recoger, apareciese saliendo por el portal.

A veces, no siempre, una bella señorita, preciosamente ataviada y evidentemente de muy buen ver, esperaba dentro del coche la presencia del susodicho señor.

Este hacía su aparición, siempre impecable, con su sombrero de fieltro y su foulard a juego, efectuaba una ligera inclinación de cabeza, en señal de agradecimiento, cuando le habrían la puerta de coche y se introducía en su interior, aprobando también la compañía del interior.

Creo recordar, que esta compañía, no solía ser siempre la misma, en estas acciones, solía ser la única variable del terceto, muy tradicional por lo demás.

Parecía como si solo a mí, le interesase dicho comportamiento, y para los demás, vecinos y familiares, lo dieran por algo de lo más normal.

Quizás mi extrema juventud, contra la senectud del protagonista de aquellas noches, me hacía dar al hecho, una importancia, que en sí mismo no tenía.

Pero siempre aprecié en las señoritas en cuestión una mirada triste, muy poco acorde con el hecho de ir a una posible fiesta.

En alguna ocasión habíamos coincidido al regreso de nuestras salidas nocturnas, de diferente índole cada una, los dos solos, dedicándonos un discreto, buenas noches, mientras subíamos en el ascensor, detectaba una sutil mezcla de perfume femenino maridado con su varonil colonia, hasta la misma planta.

Ni que decir tiene, que cuando el ímprobo prohombre de la burguesía, qué el domingo por la mañana, repetía la acción de ser recogido, esta vez para ir a la iglesia, a misa de doce, no le acompañaba nadie.

domingo, 3 de noviembre de 2013

ZAPATOS DE ANTE AZUL

Imagen de Internet




A veces, a pesar de la precaria economía doméstica,  aprovechando las consabidas épocas de rebajas; qué, ventas obligan, hacen que sus campañas, de una u otra forma, cada  vez duren más.

Entonces aprovecho para entrar, en locales comerciales de esos que te ofrecen la posibilidad de mirar y remirar, sin que te salte nadie al cuello, para darte la paliza, con el archiconocido; ¿Le puedo ayudar en algo? Quedándose a tu lado, con lo que dejas de interesarte por nada y te vas a otra parte.

Soy poco sociable, y no es cosa de la edad, es simplemente una característica de autodefensa, desarrollada desde pequeño, cuando vi qué en el gregarismo, suele destacar el más alto y fuerte, no el más válido.

En esto, estaba como digo en un local de una conocida firma, extendida en todo el territorio nacional, actual y parte del extranjero, vaya uno de esos embajadores, que sí hacen destacar nuestro país, poniéndolo por bandera en algo concreto y tangible.

Perdón por la supuesta discreción mía, digamos simplemente que es una cadena con una implantación comercial importante y sus productos suelen atraer la atención de mucha gente, del mío, a veces, los gustos mayoritarios no suelen ser preferencia de los individualistas.

Paseando ante sus expositores, mirando, tocando, oliendo, entre miles de prendas a cuál más difícil de definir, supongo que de un exquisito diseño actual, ¡los vi!

Eran unos zapatos, cosa rara dado que la firma en cuestión está centrada en el diseño, producción, logística y venta de ropa, con algo de complementos y poca cosa en zapatera.

Estaban ante mí, en unos bajos de un expositor, lugar poco visible, pero algo hizo que me fijase en ellos, supongo que me silbaron.

De alguna forma, un poder atrayente me obligó a cogerlos, eran unos llamativos mocasines azules, dada mi edad y mi probada característica en cuanto a vestuario, que no suele destacar por  llamativa, sino más bien por discreta.

Era, digamos,  un acto de rebeldía institucional, qué tan siquiera me los mirase y perdiese el tiempo con ellos en mis manos.

Pero la vida tiene esos golpes de efecto, un día te ves mirando unos aparatosos zapatos de ante azul, que encima están a un precio razonable, contemplando la posibilidad de probártelos y qué te lo están pidiendo a gritos.

Y uno se los prueba, admira lo bien que se siente con ellos puestos, contempla su bella estampa ante el espejo del probador, y sin ser ni moderno ni gay, dada las características generacionales, se va  a la fila de caja con los zapatos acomodados en el regazo, cuál felino acomodándose en su  nuevo dueño.

Ni que decir tiene, que busque la aprobación a mi compra, enseñándola a una amiga, cuya espera al encuentro citado, hizo que entrase a mirar la tienda, para obtener un aprobado, de esos que definen la relación calidad precio  es correcta, el gusto es cosa tuya, y a tu edad te puedes dar algún capricho.

Ahora, que nos hemos hecho amigos y me sacan a pasear por mi nuevo barrio, de una forma cómoda y ágil. solo tengo el problemilla de qué me hace ir deprisa cuando pasamos por delante de una zapatería.

sábado, 2 de noviembre de 2013

UNLIBRO CON PERSONALIDAD




Cuando entré en la librería, el silencio sepulcral me indicó la poca afluencia de gente, no se veía un alma, y una persona reclinada en un mostrador leyendo un periódico, contestó a la tercera vez que fue interpelada, con un breve buenos días de respuesta. Indicándome con un vago gesto que podía entrar a chafardear lo que quisiese.

Me dediqué, adentrándome por sus pasillos, a mirar las estanterías repletas, que con un polvo blanquecino, delataban el tiempo que no se había mirado ningún libro, aunque la verdad es que en un primer vistazo, no vi nada que me interesara lo suficiente cómo para hacer el gesto de cogerlo para ojearlo.

Mientras seguía con mis pesquisas en busca de algo realmente interesante, un descubrimiento de esos que justifican la búsqueda, encontré un ejemplar en el suelo, en medio del pasillo, evidentemente lo cogí y busqué si había algún hueco donde faltará su presencia.

Era de Edgar Allan Poe, y no me interesaba lo más mínimo, los relatos fantasiosos y enigmáticos de sus obras no me atraían en absoluto, a pesar de aceptar que tenía que ser un reputado escrito admirado por legiones de lectores de todos los confines humanos.
Al no encontrar el hueco adecuado para retornarlo a una estantería, lo dejé encima de una alacena, donde quedo con su portada y su título muy a la vista, se trataba de "El demonio de la perversión"

Ya con el título tenía bastante, no podía interesarme en absoluto, así que lo dejé y seguí con mi búsqueda del ejemplar único y sorprendente que quería encontrar, para leer en la tranquilidad de mi casa.

Últimamente, me costaba dormir y antes de entrar en la dependencia de productos sedantes para ayudarme a dormir, el leer me producía una sensación de paz y bienestar, que me sosegaba y permitía el trance hacia el sueño más  fácilmente.

Estaba algo nervioso, pues mi bienestar social, gozo de una situación privilegiada, gracias a lo que me dejo un tío soltero, hermano pequeño de mi madre, que se fue a hacer las Américas, y no se volvió a saber nunca más de él.

Siempre se comentó  que estaba metido en contrabando, pero que al final la salía más rentable hundir el barco y cobrar del seguro, que arriesgarse a descargar la mercancía.

Así, haciendo navegar auténticas ruinas marítimas se consolidó un futuro muy prometedor,  hasta  que se dijo que había desaparecido en uno de estos accidentes.

Lo  cierto es, que no tuve noticia de su existencia,  hasta que siendo muy mayor dio conmigo y me ofreció acogerme en su casa. Había tenido una vida muy azarosa y quería reconciliarse con la familia, pensaba dedicar su fortuna en crear una fundación en su palacete modernista en la parte alta de la ciudad.

La lástima para él, fue saber que sólo le quedaba un único pariente cercano que era yo, nunca se había casado, según me dijo, no tenía tiempo para ello y cuando se lo podía plantear, se encontró demasiado mayor para poder soportar una relación matrimonial, se había eso sí, apañado con una buena colección de amantes, que le habían facilitado el no sentirse sólo, y pasar un rato divertido.

Ni qué decir tiene que rápidamente me apunté a su idea y me trasladé con mi maleta, abandonando el piso en el barrio marginal donde vivía, después de perder mi plaza de maestro en una escuela de mala muerte.

Me quedé sorprendido de que yo pudiera un día vivir en un sitio de aquellas características, pues no dejaba de ser un museo privado, pues aparte del edificio, evidentemente catalogado, este estaba lleno de obras de arte, de un valor incalculable.

Mi tío solo llevaba unos meses instalado, y la casa todavía desprendía el tufillo propia de la humedad en las casas cerradas durante mucho tiempo, él siempre había vivido en Suiza, desde donde controlaba sus inversiones
.
En la casa, aparte de él, estaba una ama de llaves, lo suficientemente mayor para no despertar  la libido de mi tío  y una doncella, convenientemente aleccionada por su superiora para que no se quedase a solas con el amo, que se ocupaban de todo, y en una casa externa ubicada al lado de la entrada principal estaba el portero jardinero y hombre para todo, que se había ocupado de mantener la propiedad en cierto estado, que no demostrara abandono.

El chófer venía puntualmente a las nueve de la mañana y dejaba el coche, en impecable estado, en el jardín, delante de la puerta principal, a disposición de atender las órdenes que le dieran.

Con el paso de los días, pensar en la pérdida para mi persona, de todo aquello y quedarme con una misera asignación, se me fue haciendo insoportable, con lo que, digamos aceleré el curso de los acontecimientos en cuanto a los achaques de mi tío, antes de que llevase adelante sus planes y cómo pariente más cercano y único, me quede con todo.

Y aquí estaba ahora buscando un libro, en el que entretener mis horas, antes de dormir. Cuando al pasar otra vez vi el libro otra vez en suelo, pensé que alguien le tenía manía y mostraba su disconformidad lanzándolo al suelo, una y otra vez.

Al final lo cogí y se lo di al tipo del mostrador, el cual me dijo, que daba igual, siempre estaba por el suelo, daba lo mimo donde lo pusiera ni cuando, al día siguiente al abrir se lo encontraba en el suelo.

Me puse a reír y le dije que eso era imposible, vale pues lléveselo, ya me lo traerá cuando se canse de recogerlo, y me lo puso en una bolsa de papel reciclable, alargándomelo de forma imperativa.

Acepte el desafió, lo cogí y me lo lleve a casa, lo deje en la mesilla de noche, cuando subí a la habitación después de cenar, estaba en el suelo, lo puse otra vez  y me fui al baño , cuando regresé estaba en el suelo.

Me fui a la habitación de Lola, la doncella para todo que realmente era doncella, antes de conocerme claro, y hacía de todo, tenía que agradecerle el pastel de almendras con nata que hizo para el viejo goloso, con su ración de cianuro correspondiente, que le sentó tan mal al pobre que lo llevó a la tumba.

Ella no estaba al corriente de nada, era muy buena y acepto mis polvos como levadura química sin rechistar, era muy cariñosa y me complacía en todo, eso no era óbice para que no tuviera que pensar en un plan para que atará cabos y tuviera que prescindir de sus servicios.

Cuando regresé a mi suntuosa habitación tipo suite, el libro yacía en el suelo, realmente era pesadito  en lo suyo, al final lo cogí, y empecé a leerlo, eso me perdió, su argumento me inquieto, ese libro sabía mis acciones, era una señal, su forma de presentarse ante mí, llegué a pensar que el espíritu de mi tío tenía algo que ver con el.

Cogí el magnífico ejemplar y lo puse encima de mi escritorio, con una bola pisapapeles de esas que muestran un pueblecito, en el que nieva cuando la agitas, era de cristal autentico y pesaba un montón.

Cuando me levante al amanecer para ir al baño, lo pise al salir de la cama, un sudor frío recorrió mi espalda, ahora no sabía que hacer, bueno si lo cogí y lo llevé a la chimenea de la sala principal, encendí el fuego y cuando estaba en su apogeo deposité el libro y vi como se arqueaban sus hojas protestando por el calor , que las estaba desfigurando.

Me tomé una copa de calvados, y regresé a mi habitación, no sin escuchar si alguien de la casa estaba observando, al no ser así, me fui tranquilamente para arriba, intentando no pensar más en el maldito libro.

Dormí hasta más tarde de lo habitual, el sol me daba en plena cara, Lola debía de haber entrado y abierto las persianas, me incorporé y me puse las zapatillas, entre en el baño y ahí estaba, en el plato de la ducha, mojado totalmente y requemado, pero con toda su estructura todavía intacta, me quede atónito, caí de rodillas y me puse a balbucear, a aporrear, a patalear, hasta que vino el portero y me sacó
.
Lola tiró el libro a la basura, pero volvió, el chófer se lo llevó a un contenedor, pero volvió, el ama de llaves lo tiro por la alcantarilla,  pero volvió, el portero lo llevó a una empresa que trituraba archivos y se estropeó la máquina, se lo quedaron para hacerlo más tarde, pero volvió.

- Comisario.
- Si Martínez.
- Tenemos un tipo abajo, que quiere hacer una confesión
-¿Cómo dice?
- Sí,, ha venido para confesar un crimen. El asesinato de un tío suyo.
- Es un tipo de pasta, no sé si ha tomado algo y quiere jugar con nosotros.
-Mantenlo un rato en la nevera, y luego bajo.
-¡Si comisario!

sábado, 26 de octubre de 2013

EIXAMPLE




                                                    Imagen obtenida de Internet


EIXAMPLE


Era una casa, de cinco plantas, en el Paseo de Gracia, en el centro de Barcelona, en pleno “Eixample”, un edificio desde cuyos balcones se podían ver los trenes que circulaban por la calle Aragón.

En un principio, todavía eran humeantes, con una estación de un estilo rococó, que tiraba de espaldas.
Luego se taparon las vías y la estación desapareció, engullida por la tierra, y derribada por la piqueta.
Era un edificio de los considerados nobles, no tenía título alguno, ni arquitecto de renombre, estos estaban cerca, la llamada manzana de la discordia, por tener estilos antagónicos; pero no era el caso en esta.

Tenía, eso sí, una bonita y amplia entrada, con mucho mármol, una garita para el portero espléndida, en rica madera torneada y un ascensor muy amplio.

De unas dimensiones de las que no se han vuelto a ver, amplio, de madera labrada, asiento de terciopelo, que podías escamotear en caso necesario, un panel de mandos, con sus botones de latón dorados, abrillantados cada día con un paño de algodón, cristales con vivos colores y escenografía soñadora, una gozada en terminología actual.

Su único defecto, al parecer de los vecinos, no todos, es que solo servía para subir, por eso era un ascensor, para abrir la puerta por fuera, se necesitaba una llave de seguridad, que tenía el portero para casos de necesidad.

En caso de necesitar, bajar algún objeto pesado o una persona con problemas de movilidad manifiesta, se bajaba andando a buscarlo y se subía dejando la puerta abierta, para proceder según conviniese.

Existía una única excepción, que éramos nosotros los vecinos del tercero primera, para que pudiera bajar nuestra abuela, para los vecinos, Doña Concha, pronunciado con venerado respeto.
Disponíamos de la susodicha llave, de la cual hacíamos uso en contadas ocasiones de forma restringida, para no abusar ante los demás vecinos.

Todo esto viene a cuento, después de recordar, en una conversación con una amiga, un incidente, ocurrido en uno de los usos que pretendí del “descensor”.

Era relativamente tarde, noche subida, cuando pretendí bajar un artículo voluminoso e incómodo de llevar, había dejado previamente el coche en el chaflán, y pensaba, después de cenar algo, proceder con la carga.

Baje a buscar el ascensor y comprobé qué estaba en un piso inferior parado, apreté el botón para enviarlo a portería, pero nada ni caso.

Subí a buscar la llave maestra, pensando cómo ocurría algunas veces, que alguien había dejado mal cerrada la puerta y se había quedado bloqueado por seguridad.

Hasta entonces no había notado nada extraño, pero en el silencio de la escalera, me pareció oír unos jadeos, a los que no presté mayor atención, en el piso de debajo, donde vivía el narcisista, un abogado de pocos escrúpulos, soltero y adinerado, con ínfulas de belleza, risible para los demás, era corriente oír coas parecidas por el patio.

A todo esto, empezaba a tener una cierta prisa, y haciendo uso de la mencionada llave, abrí con ímpetu la puerta que daba acceso a la cabina.

Cuando la abrí, a través de los cristales del ascensor propiamente dicho, contemplé una pareja, en situación digamos harto comprometida, disfrutando plenamente de sus jóvenes cuerpos, de los cuales pude apreciar un generoso seno femenino.

Exclamando un perdón circunstancial, cerré la puerta en un estado azorado, y evidentemente prescindí del traslado en aquella sorprendente noche.

Estuve bastantes días sin volver a encontrarme, ni por la escalera, ni por el ascensor, ni por la portería siquiera, con aquella pareja que vivía en las buhardillas, donde por cierto no llegaba el ascensor, que era donde estaba la vivienda de los porteros.

Eran sus hijos, en edad de merecer, y contemplé un incesto, acción de la que solo sabía, gracias a los clásicos, mediante los textos sobre los dioses griegos y sus peculiaridades.




viernes, 25 de octubre de 2013

AROMAS DE SEDUCCIÓN





Mientras cenaban estaban viendo las noticias en la tele, últimamente hablaban poco, llegaban los dos muy cansados y no les apetecía prácticamente nada, y nada es nada.
Se limito en burlarse de un anunció de perfumes, en el qué, el simple paso de una hermosa mujer destilando una fragancia, convertía a los hombres en una jauría de perros babosos que obedecían sus indicaciones.
Al día siguiente se levantó pronto y se fue antes de lo habitual, sin despedirse siquiera, mientras circulaba por la ronda se fijo en un bello deportivo, con la capota bajada, conducido por una hermosa melena rubia-
Salieron por la misma salida, y entonces se percató de que llevaba la rueda trasera izquierda pinchada, le hizo luces para advertirla y cuando se fijo en él por el retrovisor le hizo gestos evidentes del percance.
Pararon en el arcén, no sabía por qué lo hizo él también, pero se ofreció a echarle una mano, siempre fue habilidoso, se quito la americana dejándola en el asiento trasero del descapotable, se arremangó y se puso maños a la obra.
En un breve tiempo se la había cambiado y estaba recibiendo su gratitud eterna, no le dio importancia, pero se sentía un caballero andante, no aceptó ninguna invitación y se limito en intercambiar sus tarjetas corporativas.
Estando en su coche camino del trabajo, un aroma dulzón surgía de su chaqueta, pero pensó que se marcharía enseguida y no le dio mayor importancia. Dejó la ventana bajada y el aire de circular lo disipó enseguida.
Cuando entró en el centro empresarial, la recepcionista le insinuó una sonrisa burlona, a la qué él no prestó atención alguna.

En el ascensor, un comercial de área, le dijo si había pasado buena noche, con un cierta chufla. Y al salir´al pasar por la zona de la máquina del café, notó unas miradas más inquisidoras de lo normal por parte del personal femenino de administración.

Ya en su despacho, notó otra vez el aroma, y colgó la americana al lado de la ventana dejándola abierta,
como a pesar de estar en pleno otoño, la temperatura era cálida, se permitió estar toda la mañana en mangas de camisa.

Cuando bajó al comedor, no había ningún jefe de sección, y comió sólo, bajo la atenta mirada del personal subalterno.
A media tarde, al salir, el aroma persistía a pesar de que se había acostumbrado, y lo notaban más las personas que le rodeaban.

Tenía que pasar por un hotel del centro, para recoger una visita importante y llevarla a una presentación, de esas inevitables, para estar en las comidillas del gremio.

Mientras esperaba, en recepción, envió un mensaje advirtiendo a su pareja, que no iría a cenar a casa y llegaría tarde.

En la espera, se encontró saliendo del ascensor una antigua compañera de la facultad, que se había ido a vivir a la capital, donde fue a verla en una ocasión, llevándose una prenda intima de recuerdo, con la promesa de volver, que no se cumplió a raíz de conocer a su actual mujer, olvidándose hasta ahora de la existencia, de tan bello recuerdo.

Sin asomo de malestar, se le acercó, besándole en las mejillas y abrazándole, con cariño, pidiéndole inmediata información sobre su vida.

Al mismo tiempo, le sugirió que no fuera con aquel perfume tan embriagador, pues delataba mucho sus conquistas.

Azorado no se atrevió a explicarse y quedaron en verse al día siguiente para comer en el mismo hotel, y poder ponerse mejor al día, de su vidas.

Rápidamente atendió su visitante, el cual se sacó un pañuelo, con cara de pocos amigos, tapándose la nariz y comentando que le molestaba profundamente las colonias fuertes.

Se excusó como pudo, lo llevó a la sala de celebración del acto, lo presentó a unos compañeros y con una vana excusa, se retiró precipitadamente de la sala.

Cuando salió se topó con su excompañera otra vez, azorado le preguntó si era tan fuerte el perfume que llevaba, ella riendo le dijo que era como un reclamo andante, y mejor llevar la chaqueta a la tintorería.

Le ofreció subir a su habitación y dársela al servicio de habitaciones, en un momento se la limpiarían mientras tomaban algo.

Dicho y hecho, subieron, entregaron la americana, se tomaron unos gins, y se explicaron sus logros profesionales, olvidando mencionar sus vidas sentimentales.

Cuando le trajeron su prenda, agradecido, le prometió una invitación para más adelante, bajaron juntos, atravesando la salida riendo y cogidos del brazo.

La cara de estupefacción de su mujer, allí en la acera, agarrada al cochecito de su hijo, con los nudillos blancos, expulsando un odio in crescendo por la mirada, le dejó desarmado, intento hacer las presentaciones y recibió una sonora bofetada pública y la advertencia de que no se pasara por casa.

Su amiga le comentó mejor verse en otra ocasión, y desapareció con rapidez del escenario, viendo alejarse ambas mujeres por caminos dispares.

Mientras en una terraza, en una de las mesas, sus ocupantes  reían las ocurrencias de un publicista, sobre los anuncios de perfumes.