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viernes, 25 de octubre de 2013
AROMAS DE SEDUCCIÓN
Mientras cenaban estaban viendo las noticias en la tele, últimamente hablaban poco, llegaban los dos muy cansados y no les apetecía prácticamente nada, y nada es nada.
Se limito en burlarse de un anunció de perfumes, en el qué, el simple paso de una hermosa mujer destilando una fragancia, convertía a los hombres en una jauría de perros babosos que obedecían sus indicaciones.
Al día siguiente se levantó pronto y se fue antes de lo habitual, sin despedirse siquiera, mientras circulaba por la ronda se fijo en un bello deportivo, con la capota bajada, conducido por una hermosa melena rubia-
Salieron por la misma salida, y entonces se percató de que llevaba la rueda trasera izquierda pinchada, le hizo luces para advertirla y cuando se fijo en él por el retrovisor le hizo gestos evidentes del percance.
Pararon en el arcén, no sabía por qué lo hizo él también, pero se ofreció a echarle una mano, siempre fue habilidoso, se quito la americana dejándola en el asiento trasero del descapotable, se arremangó y se puso maños a la obra.
En un breve tiempo se la había cambiado y estaba recibiendo su gratitud eterna, no le dio importancia, pero se sentía un caballero andante, no aceptó ninguna invitación y se limito en intercambiar sus tarjetas corporativas.
Estando en su coche camino del trabajo, un aroma dulzón surgía de su chaqueta, pero pensó que se marcharía enseguida y no le dio mayor importancia. Dejó la ventana bajada y el aire de circular lo disipó enseguida.
Cuando entró en el centro empresarial, la recepcionista le insinuó una sonrisa burlona, a la qué él no prestó atención alguna.
En el ascensor, un comercial de área, le dijo si había pasado buena noche, con un cierta chufla. Y al salir´al pasar por la zona de la máquina del café, notó unas miradas más inquisidoras de lo normal por parte del personal femenino de administración.
Ya en su despacho, notó otra vez el aroma, y colgó la americana al lado de la ventana dejándola abierta,
como a pesar de estar en pleno otoño, la temperatura era cálida, se permitió estar toda la mañana en mangas de camisa.
Cuando bajó al comedor, no había ningún jefe de sección, y comió sólo, bajo la atenta mirada del personal subalterno.
A media tarde, al salir, el aroma persistía a pesar de que se había acostumbrado, y lo notaban más las personas que le rodeaban.
Tenía que pasar por un hotel del centro, para recoger una visita importante y llevarla a una presentación, de esas inevitables, para estar en las comidillas del gremio.
Mientras esperaba, en recepción, envió un mensaje advirtiendo a su pareja, que no iría a cenar a casa y llegaría tarde.
En la espera, se encontró saliendo del ascensor una antigua compañera de la facultad, que se había ido a vivir a la capital, donde fue a verla en una ocasión, llevándose una prenda intima de recuerdo, con la promesa de volver, que no se cumplió a raíz de conocer a su actual mujer, olvidándose hasta ahora de la existencia, de tan bello recuerdo.
Sin asomo de malestar, se le acercó, besándole en las mejillas y abrazándole, con cariño, pidiéndole inmediata información sobre su vida.
Al mismo tiempo, le sugirió que no fuera con aquel perfume tan embriagador, pues delataba mucho sus conquistas.
Azorado no se atrevió a explicarse y quedaron en verse al día siguiente para comer en el mismo hotel, y poder ponerse mejor al día, de su vidas.
Rápidamente atendió su visitante, el cual se sacó un pañuelo, con cara de pocos amigos, tapándose la nariz y comentando que le molestaba profundamente las colonias fuertes.
Se excusó como pudo, lo llevó a la sala de celebración del acto, lo presentó a unos compañeros y con una vana excusa, se retiró precipitadamente de la sala.
Cuando salió se topó con su excompañera otra vez, azorado le preguntó si era tan fuerte el perfume que llevaba, ella riendo le dijo que era como un reclamo andante, y mejor llevar la chaqueta a la tintorería.
Le ofreció subir a su habitación y dársela al servicio de habitaciones, en un momento se la limpiarían mientras tomaban algo.
Dicho y hecho, subieron, entregaron la americana, se tomaron unos gins, y se explicaron sus logros profesionales, olvidando mencionar sus vidas sentimentales.
Cuando le trajeron su prenda, agradecido, le prometió una invitación para más adelante, bajaron juntos, atravesando la salida riendo y cogidos del brazo.
La cara de estupefacción de su mujer, allí en la acera, agarrada al cochecito de su hijo, con los nudillos blancos, expulsando un odio in crescendo por la mirada, le dejó desarmado, intento hacer las presentaciones y recibió una sonora bofetada pública y la advertencia de que no se pasara por casa.
Su amiga le comentó mejor verse en otra ocasión, y desapareció con rapidez del escenario, viendo alejarse ambas mujeres por caminos dispares.
Mientras en una terraza, en una de las mesas, sus ocupantes reían las ocurrencias de un publicista, sobre los anuncios de perfumes.
domingo, 20 de octubre de 2013
POBLET (El regreso)
Torres de la Porta reial, S. XIV (Fotos del autor)
Habiendo decidido pasar un fin de semana tranquilo, en un entorno rural, alejados del bullicio de una capital ruidosa y estresada en grado máximo, hemos dirigido nuestro vehículo hacia la placidez del sur, en un entorno histórico.
Instalados en una hostería moderna, austera pero acogedora, levantada sobre lo que fue un antiguo hospital para peregrinos, contemplamos la majestuosidad de la entrada principal, del tercer recinto conventual.
En su interior, se puede observar la evolución de las distintas etapas de reformas y ampliaciones de las instalaciones, empezando por el estilo románico, pasando por el gótico y finalizando en el barroco.
Hemos salido de la hostería pronto, justo cuando llegábamos al bar, que hay en el cruce de carreteras, estaban abriendo, tras un reconfortante desayuno, hemos iniciado la marcha.
Al principio por la misma carretera asfaltada, hasta llegar a un puesto informativo, donde un joven nos ha puesto al corriente de los diversos itinerarios recomendados y las dificultades de cada uno de ellos.
Escogido el más afín a nuestras condiciones físicas, iniciamos la marcha hacia una antigua cantera, a medida que ascendemos, tenemos una mejor vista del valle en el que destaca majestuoso el monasterio.
Pasamos por un antiguo pozo de nieve, de los que abastecían a la comunidad, de hielo fresco, para las necesidades de sus inmensas cocinas.
A medida que nuestros pasos no llevan más arriba, también nuestra propia música que nos acompaña, asciende de volumen, los latidos parece que nos van a hacer salir el corazón por la boca, hay que ponerse en forma.
Pero los andares no aflojan y seguimos adelante, rodeando en todo momento, cómo faro qué nos guía, el campanario del monasterio.
Absortos contemplando el paisaje, hablando lo justo para no cansarnos ni distraernos de nuestras reflexiones, contemplamos las vides en todo su esplendor, perfectamente alineadas.
En nuestro regreso, hacemos un alto en el camino, para comer, parándonos en L' Espluga de francolí, donde nos quedamos a comer, descansar un poco y recuperar fuerzas para continuar nuestra singladura.
Hemos de decir, que lo menos que podíamos hacer, después de alimentarnos sobradamente, era pasear un poco para ayudar a bajar todo lo ingerido.
Aunque a la salida nos encontramos curiosidades como está.
Una vez llegados al recinto del convento, nos aprestamos a ponernos en la cola para la visita por todo el interior menos claro está, los aposentos de los monjes y la biblioteca que están cerrados al público.
Recorriendo el monasterio, viendo la belleza de sus salas y estancias, sus diversos estilos.
El recorrido del románico al barroco pasando por el gótico.
Enterándonos de las vicisitudes sufridas a lo largo de la vida del edificio, hasta su abandono y saqueo, a causa de la desamortización en 1835.
Posteriormente se creó un patronato, ya en el siglo XX, para su recuperación.

Actualmente está ocupado por una treintena de monjes
que hacen vida monástica de oración y estudio.
Con una importante biblioteca entre cuyos fondos,
se encuentra la documentación del llamado archivo
del expresident Tarradellas, con todo lo que acumuló
en su largo exilio.
En estos lugares se respira una paz y un sosiego
especial.
El paso del tiempo parece no tener importancia,
ves las tumbas de los reyes y abades, o personas
ilustres en los suelos de las capillas, y tienen la
importancia que se derivó de sus actos en vida,
sin más boato del necesario.
Una visita a todas luces recomendable.
Habiendo decidido pasar un fin de semana tranquilo, en un entorno rural, alejados del bullicio de una capital ruidosa y estresada en grado máximo, hemos dirigido nuestro vehículo hacia la placidez del sur, en un entorno histórico.
Instalados en una hostería moderna, austera pero acogedora, levantada sobre lo que fue un antiguo hospital para peregrinos, contemplamos la majestuosidad de la entrada principal, del tercer recinto conventual.
En su interior, se puede observar la evolución de las distintas etapas de reformas y ampliaciones de las instalaciones, empezando por el estilo románico, pasando por el gótico y finalizando en el barroco.
Hemos salido de la hostería pronto, justo cuando llegábamos al bar, que hay en el cruce de carreteras, estaban abriendo, tras un reconfortante desayuno, hemos iniciado la marcha.
Al principio por la misma carretera asfaltada, hasta llegar a un puesto informativo, donde un joven nos ha puesto al corriente de los diversos itinerarios recomendados y las dificultades de cada uno de ellos.
Escogido el más afín a nuestras condiciones físicas, iniciamos la marcha hacia una antigua cantera, a medida que ascendemos, tenemos una mejor vista del valle en el que destaca majestuoso el monasterio.
Pasamos por un antiguo pozo de nieve, de los que abastecían a la comunidad, de hielo fresco, para las necesidades de sus inmensas cocinas.
A medida que nuestros pasos no llevan más arriba, también nuestra propia música que nos acompaña, asciende de volumen, los latidos parece que nos van a hacer salir el corazón por la boca, hay que ponerse en forma.
Pero los andares no aflojan y seguimos adelante, rodeando en todo momento, cómo faro qué nos guía, el campanario del monasterio.
Levantando con nuestro caminar, el mismo polvo que levantaron las sandalias de los frailes en sus paseos meditabundos, por las tierras que bordean el centro religioso, contemplando los viñedos.
Absortos contemplando el paisaje, hablando lo justo para no cansarnos ni distraernos de nuestras reflexiones, contemplamos las vides en todo su esplendor, perfectamente alineadas.
Vista de los viñedos
En nuestro regreso, hacemos un alto en el camino, para comer, parándonos en L' Espluga de francolí, donde nos quedamos a comer, descansar un poco y recuperar fuerzas para continuar nuestra singladura.
Hemos de decir, que lo menos que podíamos hacer, después de alimentarnos sobradamente, era pasear un poco para ayudar a bajar todo lo ingerido.
Aunque a la salida nos encontramos curiosidades como está.
Una vez llegados al recinto del convento, nos aprestamos a ponernos en la cola para la visita por todo el interior menos claro está, los aposentos de los monjes y la biblioteca que están cerrados al público.
Recorriendo el monasterio, viendo la belleza de sus salas y estancias, sus diversos estilos.
El recorrido del románico al barroco pasando por el gótico.
Enterándonos de las vicisitudes sufridas a lo largo de la vida del edificio, hasta su abandono y saqueo, a causa de la desamortización en 1835.
Posteriormente se creó un patronato, ya en el siglo XX, para su recuperación.
Actualmente está ocupado por una treintena de monjes
que hacen vida monástica de oración y estudio.
Con una importante biblioteca entre cuyos fondos,
se encuentra la documentación del llamado archivo
del expresident Tarradellas, con todo lo que acumuló
en su largo exilio.
En estos lugares se respira una paz y un sosiego
especial.
El paso del tiempo parece no tener importancia,
ves las tumbas de los reyes y abades, o personas
ilustres en los suelos de las capillas, y tienen la
importancia que se derivó de sus actos en vida,
sin más boato del necesario.
Una visita a todas luces recomendable.
sábado, 5 de octubre de 2013
Gran Vía / Arenas
Citados en un centro comercial, de los que proliferan en las grandes ciudades, cómo templos sustitutivos de los tradicionales, con los mismos mercaderes ofreciendo la felicidad por unas monedas.
Nos encontramos con la misma apariencia de dos colegiales, haciendo novillos de sus obligaciones familiares, esas no escritas que te roban el tiempo de tus aficiones personales.
Pisando un suelo que en su día fue arenoso, coso de corridas taurinas, donde se sacrificaban animales, en loor de multitudes, enfervorizadas con la contemplación de la muerte y el riesgo, enalteciendo los valores de hombría de los matadores.
Cómplices de todo lo contrario, recorremos el centro buscando las fotos en que exponen la transformación producida en la plaza de toros, al pasar a su nueva dedicación.
Un siglo, totalmente documentado fotográficamente, en el que se nos explica de manera minuciosa, desde la obras iniciales de los peones con boina, hasta la remodelación actual de obreros con casco, con alzamiento del edificio incluido, en un alarde de ingeniería constructiva.
La tormenta amaina y nos invita a salir del lugar, saturado de turistas ávidos de comprar todo tipo de recuerdos, y nos dejamos llevar por la avenida, en busca de un local menos franquiciado, donde poder tomar unas tapas reconfortantes.
Hablamos, hablamos y hablamos, nos pisamos las palabras y reímos por ello, comentamos y nos criticamos, reconocemos méritos ajenos y rechazamos los propios.
La noche se nos echa encima, es tiempo de recuperar las rutinas diarias, caminamos por el paseo,siguiendo los hilos rojos que muestran las luces de los coches reflejadas en el asfalto mojado.
Contemplamos los edificios singulares, que nos permiten mostrar nuestra admiración por la belleza, en todas sus facetas.
Llega la hora de la despedida, que se alarga más allá del tiempo permitido, marcado por los horarios de trenes.
Un abrazo sincero es poco para tan buenos momentos compartidos, pero es la moneda compartida por tenerlos, disfrutarlos y aventurar de nuevos.
Foto de internet
Nos encontramos con la misma apariencia de dos colegiales, haciendo novillos de sus obligaciones familiares, esas no escritas que te roban el tiempo de tus aficiones personales.
Pisando un suelo que en su día fue arenoso, coso de corridas taurinas, donde se sacrificaban animales, en loor de multitudes, enfervorizadas con la contemplación de la muerte y el riesgo, enalteciendo los valores de hombría de los matadores.
Cómplices de todo lo contrario, recorremos el centro buscando las fotos en que exponen la transformación producida en la plaza de toros, al pasar a su nueva dedicación.
Un siglo, totalmente documentado fotográficamente, en el que se nos explica de manera minuciosa, desde la obras iniciales de los peones con boina, hasta la remodelación actual de obreros con casco, con alzamiento del edificio incluido, en un alarde de ingeniería constructiva.
La tormenta amaina y nos invita a salir del lugar, saturado de turistas ávidos de comprar todo tipo de recuerdos, y nos dejamos llevar por la avenida, en busca de un local menos franquiciado, donde poder tomar unas tapas reconfortantes.
Hablamos, hablamos y hablamos, nos pisamos las palabras y reímos por ello, comentamos y nos criticamos, reconocemos méritos ajenos y rechazamos los propios.
La noche se nos echa encima, es tiempo de recuperar las rutinas diarias, caminamos por el paseo,siguiendo los hilos rojos que muestran las luces de los coches reflejadas en el asfalto mojado.
Contemplamos los edificios singulares, que nos permiten mostrar nuestra admiración por la belleza, en todas sus facetas.
Llega la hora de la despedida, que se alarga más allá del tiempo permitido, marcado por los horarios de trenes.
Un abrazo sincero es poco para tan buenos momentos compartidos, pero es la moneda compartida por tenerlos, disfrutarlos y aventurar de nuevos.
Foto de internet
domingo, 29 de septiembre de 2013
Toros, toreros, mozos y demás animales (tocata y fuga de pueblo en fiestas)
foto de internet
Como cada verano, en el pueblo de Villa
Alcurnia de abajo, están preparados para las fiestas de San Lorenzo, patrón del
pueblo desde tiempos inmemoriales, aunque el maestro nunca lo había
podido confirmar con exactitud, ya que ese dato no constaba en la Wikipedia.
Ahí se pueden contemplar a los mozos de
varas, cómo se adentran por la dehesa, en busca de los toros elegidos para la
fiesta, quienes en ese momento se hallan reunidos bajo un encinar, celebrando
una asamblea.
Por lo visto no los han sindicado
en fiestas y espectáculos, sección callejeros, y ellos
reivindican saber a qué gremio pertenecen exactamente, pues luego hay dimes y
diretes por las cuotas profesionales colegiales.
Andan comentando el descontento
reinante, pues saben por otros que es que, amén de no saber con certeza su
función festiva, además nunca les explican el final de la fiesta. Sólo saben
que tienen que correr pueblo abajo hasta llegar a Alcornoques de arriba,
persiguiendo a los mozos del pueblo y los forasteros, y que los distinguirán
por sus pañuelos vistosos en los cuellos.
El jefe de la cuadrilla de mozos, tras
escuchar a Pinto, llama al concejal de cultura del Excelentísimo Ayuntamiento,
para comunicarle el hecho y decirle que habrá un notable retraso en la recogida
de una manada adecuada, por lo que le anima a notificar a los músicos de la
banda municipal, que preparen más repertorio de temas para la jornada.
El susodicho le conmina a venir de
inmediato y dejarse de monsergas, que los
mozos ya llevan un rato acudiendo a la plaza de salida, y están acabando con
las provisiones de cazalla.
El capataz se saca la boina, dice sí
señor, se guarda el teléfono de última generación, maldice al señorito de
turno, y les dice a los compañeros, que arreando qué es gerundio, como oyera
una vez a su padre, y le gustó.
Así que sin escuchar más alegatos ni
preguntas de los astados, abren el camión, e invitan a los toros a ir subiendo
empujándoles con las picas. Los susodichos empiezan a protestar, a decir que
eso no son modales y que no se tienen en cuenta sus derechos. Que con un palo
en la mano todos son valientes.
El traqueteo del camión hace vomitar al
zahíno, y todos le recriminan ser tan tragaldabas de buena mañana. Cuando
llegan a un cruce, con el resbalón de Pinto sobre la madera, la puerta trasera
del camión queda abierta.
Pinto, no se lo piensa, dice a los cinco
compañeros: pies para qué os quiero, vámonos camaradas. Ya sabe que sin rampa
la bajada no será cómoda, y que han de ser rápidos y sobre todo sigilosos,
En esto unas espabiladas vacas, amigas y
conocidas del lugar, viendo un camión abierto con tan bella carga, optan por
empujar unas balas de paja hasta la trasera del vehículo para facilitar el
descenso sin merma de las facultades físicas de los fugados.
Así, con el morro, va animando a bajar a
todos, bajando Pinto el último y cuando con el asta cierra la compuerta del
camión, sabiéndose libres de nuevo, se esconden en la caseta de labranza de una
era cercana, quedando en silencio hasta ver lejos el destartalado y ahora vacío
camión de marras.
Cuando el armatoste llega a destino, los
miembros de la comisión de cultura están sobre ascuas, la televisión local
tenía prevista una conexión, la cual había conseguido en concejal para
hacer méritos y promocionar al sr. Alcalde.
La cara de asombro y enojo fue
monumental. Se pidieron explicaciones al conductor y su acompañante, ambos en
estado etílico crónico por ser adictos al carajillo. No pudieron dar razón de
la carga introducida, ellos sólo trasladaban la carga sin supervisar.
No dejan de rascarse la
cabeza, negando responsabilidad alguna. y sin saber explicarse de una forma coherente, ni siquiera como han llegado hasta ahí.
Mientras tanto cinco toros caminaban
junto a unas vacas, espantando moscas con un ritmo cadencioso, con sus rabos al sol.
viernes, 13 de septiembre de 2013
LA MÁQUINA DE ESCRIBIR
BIENVENIDOS AL RINCÓN DE NURIA DE ESPINOSA
Convocatoria cada jueves un relato: Objetos
¡Bienvenidos a la convocatoria 15 de febrero; cada jueves un relato!
Esta semana convocado por Bitácora Literaria de Nuria de Espinosa
Era una casa abandonada, tenía puertas y ventanas tapiadas con tablones, di la vuelta para ver la parte trasera, en una ventana, habían quitado las tablas para poder entrar, algún vagabundo, ladronzuelo o caminante como yo, necesitado de un cobijo durante la tormenta.
No me lo pensé dos veces y me introduje, (no sin cierta dificultad dadas las dimensiones de mi barriga) en lo que parecía una cocina, pues metí el pie en un fregadero con platos sucios, seguramente rotos por un visitante anterior.
Gracias a los rayos de la tormenta, pude vislumbrar algo del interior, estaba todo muy sucio, con los armarios abiertos y vacíos.
Una cocina económica, en la que quedaban restos de la leña usada, sin quemar del todo, potes pringosos por encima de la encimera, que era de baldosas, supuse que marrones.
En una de las iluminaciones breves, vi unos ojillos que me miraban fijamente, antes de desaparecer por el escurre platos que había encima de otro fregadero más grande y de mármol, de esos que apenas tienen profundidad y te salpica todo, dejándote siempre en un estado lamentable si no llevas delantal.
Era un ratón de campo solitario y, que estaba dando cuenta de algo, mientras vigilaba desde su privilegiada posición para observar la entrada de intrusos como yo.
Me adentré en una estancia contigua que debía de ser el comedor, donde una chimenea, de considerables proporciones, dominaba la estancia con majestuosidad.
Ahí tuve que echar mano de unos fósforos para hacerme una idea de lo que había y cómo era, vi un sofá desvencijado y un sillón de orejas con los muelles saludando.
Saqué de mi mojada mochila, una linterna de petaca, esperando que con el tiempo transcurrido, se hubiera recuperado algo la pila y me permitiera seguir con mi exploración.
La tormenta empezaba amainar y, solo el agua de la lluvia caía regularmente, recordé una canción que siempre me venía a la cabeza en estas situaciones.
Al salir, me encontré en lo que seguramente era el recibidor y la puerta de entrada, con una escalera de madera, a la que le faltaba un trozo de barandilla, supuestamente utilizada para atizar el fuego.
Subí arrimándome a la pared, sin fiarme de coger el pasamanos, hasta que me encontré en un distribuidor con varias puertas, eran habitaciones vacías, sin muebles, menos una que era más amplia y tenía una cama y un escritorio, también tenía un baño, que a su vez daba al distribuidor.
Sobre la mesa, había una vieja máquina de escribir, de esas con cinta de carbón, y papel en cuartillas, teniendo en cuenta que era lo único que había, la verdad es que chocaba bastante.
Intente cogerla para verla mejor, pero parecía clavada al tablero, no había forma de moverla. En ese momento me quedé sin luz, a pesar de darle golpes a la linterna, esta decidió apagarse sin consultarme su decisión.
Estaba tan cansado y entumecido, que opté por tumbarme en aquella cama sin importarme su estado, con tal de que me diera la posibilidad de un poco de descanso.
No recuerdo nada más, hasta que los rayos del sol me iluminaron la cara despertándome, al incorporarme y fijarme en la máquina de escribir, vi que había algo escrito en un papel un tanto amarillento.
La verdad es que me quede asombrado, las piernas me flaquearon, y me senté en la silla, totalmente anonadado, estaba leyendo, algo que conocía perfectamente, pues soy de los que recuerdan los sueños, mis parejas decían incluso que los declamaba en voz alta.
Y ahí estaba, en una redacción un tanto inconexa, el recuerdo de mi última pesadilla, la que me atormentaba y me obligó a escaparme de mi casa.
Grité:
¡No puede ser!
¡No puede ser!
¡Está mi confesión!
¡Completa!
Las teclas se pusieron en marcha obedeciendo el dictado de mis palabras, intente arrancar el papel, pero fue imposible.
Cuando me vinieron a buscar, era un pelele agarrado a una máquina de escribir, gritando y arañando un papel indestructible.
Los agentes me agradecieron que les facilitase una confesión tan completa y llena de detalles, sacaron el papel sin problemas y se me llevaron en el coche celular.
domingo, 1 de septiembre de 2013
El contrabandista
Foto del autor
El Contrabandista
Oía el chocar del agua contra las rocas y gracias a la Luna podía ver un poco, la espuma blanca que se formaba.
Oía el chocar del agua contra las rocas y gracias a la Luna podía ver un poco, la espuma blanca que se formaba.
Estaba escondido en una oquedad, a salvo de miradas vigilantes y del salpicado que producían las olas más fuertes.
A lo lejos, mar adentro veía las luces de las barcas faenando, ajenas a una de ellas que poco a poco se iba desplazando hacia el acantilado, sin observaciones indiscretas, por parte del resto de la flotilla.
Calculé que aún tardaría un buen rato, podía liarme un pitillo, pero encenderlo podría delatarme, y eso con mi historial, sería funesto para mi.
La Luna a ratos se escondía tras las nubes, dejándome contemplar una festivalera noche veraniega con todas sus estrellas puestas, destacando como una princesa la Polar.
Aquí frente al mar, todo se reducía a una espera más o menos larga, y una actuación rápida a la hora de coger el alijo que traía la barca.
Recordando mi época en la frontera montañosa, andando por senderos, solo conocidos por nosotros y algunos, por suerte no todos, por nuestros depredadores naturales.
Íbamos con fardos, que parecían pesar un quintal, muchas veces eran utillajes para la industria que empezaban a descollar en nuestro país, a pesar del poco interés puesto por las autoridades para que se desarrollaran, para eso estábamos nosotros, llevando piezas.
Era duro, pero bien pagado, y teníamos la conciencia bastante tranquila, total eran útiles necesarios para trabajar.
Ahora era distinto, cogíamos fardos de tabaco, para evitar impuestos, y eso no me hacía ni fu ni fa, pero eso si, nunca quise saber nada de drogas, lo tenía muy claro.
Contemplando el cielo, tenía una vista espléndida, un hermoso cielo lleno de estrellas, destacando majestuosa mi adorada Osa Mayor, odio que le llamen carro, es una vulgaridad.
He visto unos haces de luz, la patrulla se acerca, están por el camino de ronda, intentando otear i se acerca alguna barca, por suerte son tan ruidosos y con la luz que llevan se les ve enseguida, en el fondo es lo que quieren, para no tener líos.
Normalmente actúan cuando tienen un chivatazo de algo jugoso, las menudencias nuestras no les subyugan lo suficiente y nos dejan hacer.
Pero tampoco se trata de provocarlos claro, sería atentan contra su profesionalidad, nos conocemos las reglas y actuamos en consecuencia.
Esperaré que pasen y haré las señales para que desembarquen el alijo, a lo mejor hasta me dan un trago, de los de verdad,
Sigo estirado , ofreciendo el mínimo bulto de mi persona , y contemplo el cielo, tengo diez minutos por delante, que dedicaré a ella, la siempre fiel constelación, la que me ha acompañado en todos mis desplazamientos nocturnos.
Por eso me llaman el enamorado de la Osa Mayor*.
Foto obtenida de internet
*Nota, Homenaje a un libro perdido en la memoria adolescente, que revivo otra vez al estar paseando frente al mar, siguiendo un camino de ronda.
*Nota, Homenaje a un libro perdido en la memoria adolescente, que revivo otra vez al estar paseando frente al mar, siguiendo un camino de ronda.
sábado, 6 de julio de 2013
OLEO SOBRE TELA
Amapolas de Vincent van Gogh
Le gustaba chatear, mantener conversaciones más o menos distendidas, con personas de distintas áreas, tanto sociales, como culturales o geográficas.
De una forma un tanto anónima, se dejaba llevar y narraba experiencias y sentimientos, que su naturaleza retraída, le impedía mantener con sus familiares y conocidos.
Por su profesión de marchante de arte, solía sacar a relucir sus conocimientos en el tema, con ánimo de impresionar a su contertulio de turno.
Cómo un pavo real enseñando sus plumas, así se contoneaba el con el teclado, para hacerse más interesante si cabe, sobre todo si al otro lado del ordenador, estaba una mujer.
No pretendía nada en particular, no tenía tiempo para ello, y su vida metódica y ordenada, le impedía tener tiempo para ese tipo de devaneo, poco productivo.
Cuando en un alarde de oratoria, se puso a describir los encantos de una obra, su textura, su cromatismo, su naturaleza, incluso su rabia contenida, se encontró una voz emocionada al otro lado de la pantalla.
En un alarde de mostrar su intimidad, le comentó qué era lo que lo primero y último que veía cada día, pues lo tenía en su cuarto frente a la cama.
Al no poder demostrar su autenticidad, y siendo una obra relevante, se la dejo para su gozo exclusivo, sin mostrar más que a contadas visitas esporádicas, que no solían fijarse mucho en lo que había fuera de la cama.
Las palabras ajenas le iban inquiriendo datos sobre la obra, cada vez más precisos, como si la otra persona tuviera el cuadro grabado en su mente.
Le contó una historia inverosímil, sobre un padre enfermo, pintor en horas bajas, con problemas económicos, que le obligaban ha aceptar encargos de dudosa honorabilidad, como copias de autores famosos, de las cuales no sabía o no quería saber su destino.
En el último de estos encargos, ella misma colaboró en finalizarlo, ante el empeoramiento de su padre,el cual falleció, tras el disgusto de ser desahuciado por las deudas adquiridas, y ver todas sus pertenecías expuestas en plena calle.
Cuando más tarde, ella quiso recuperar ese cuadro, alguien sin escrúpulos, se lo había llevado ya, ante la pasividad de los funcionarios del juzgado.
Cuando ante una de estas interrogaciones le contestó, que realmente las pinceladas dejaban de tener la firmeza característica del autor y en la firma faltaba un punto azul, se encontró con un prolongado silencio, cerrado con una despedida abrupta.
Depositando su mordisqueada pipa en una especie de bandeja cenicero de alpaca, que tenía al lado del ordenador, se dirigió a su habitación, donde descolgó el cuadro y procedió a embalarlo para su viaje definitivo.
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