domingo, 20 de octubre de 2013

POBLET (El regreso)

                         Torres de la Porta reial, S. XIV (Fotos del autor)

Habiendo decidido pasar un fin de semana tranquilo, en un entorno rural, alejados del bullicio de una capital ruidosa y estresada en grado máximo, hemos dirigido nuestro vehículo hacia la placidez del sur, en un entorno histórico.

Instalados en una hostería moderna, austera pero acogedora, levantada sobre lo que fue un antiguo hospital para peregrinos, contemplamos la majestuosidad de la entrada principal, del tercer recinto conventual.

En su interior, se puede observar la evolución de las distintas etapas de reformas y ampliaciones de las instalaciones, empezando por el estilo románico, pasando por el gótico y finalizando en el barroco.


                                                    Monasterio de Poblet


Hemos salido de la hostería pronto, justo cuando llegábamos al bar, que hay en el cruce de carreteras, estaban abriendo, tras un reconfortante desayuno, hemos iniciado la marcha.

Al principio por la misma carretera asfaltada, hasta llegar a un puesto informativo, donde un joven nos ha puesto al corriente de los diversos itinerarios recomendados y las dificultades de cada uno de ellos.

Escogido el más afín a nuestras condiciones físicas, iniciamos la marcha hacia una antigua cantera, a medida que ascendemos, tenemos una mejor vista del valle en el que destaca majestuoso el monasterio.
Pasamos por un antiguo pozo de nieve, de los que abastecían a la comunidad, de hielo fresco, para las necesidades de sus inmensas cocinas.

A medida que nuestros pasos no llevan más arriba, también nuestra propia música que nos acompaña, asciende de volumen, los latidos parece que nos van a hacer salir el corazón por la boca, hay que ponerse en forma.

Pero los andares no aflojan y seguimos adelante, rodeando en todo momento, cómo faro qué nos guía, el campanario del monasterio.

Levantando con nuestro caminar, el mismo polvo que levantaron las sandalias de los frailes en sus paseos meditabundos, por  las tierras que bordean el centro religioso, contemplando los viñedos.

Absortos contemplando el paisaje, hablando lo justo para no cansarnos ni distraernos de nuestras reflexiones, contemplamos las vides en todo su esplendor, perfectamente alineadas.



 Vista de los viñedos


En nuestro regreso, hacemos un alto en el camino, para comer, parándonos en L' Espluga de francolí, donde nos quedamos a comer, descansar un poco y recuperar fuerzas para continuar nuestra singladura.

Hemos de decir, que lo menos que podíamos hacer, después de alimentarnos sobradamente, era pasear un poco para ayudar a bajar todo lo ingerido.



Aunque a la salida nos encontramos curiosidades como está.      


Una vez llegados al recinto del convento, nos aprestamos a ponernos en la cola para la visita por todo el interior menos claro está, los aposentos de los monjes y la biblioteca que están cerrados al público.













Recorriendo el monasterio, viendo la belleza de sus salas y estancias, sus diversos estilos.

El recorrido del románico al barroco pasando por el gótico.
Enterándonos de las vicisitudes sufridas a lo largo de la vida del edificio, hasta su abandono y saqueo, a causa de la desamortización en 1835.

Posteriormente se creó un patronato, ya en el siglo XX, para su recuperación.














Actualmente está ocupado por una treintena de monjes
que hacen vida monástica de oración y estudio.

Con una importante biblioteca entre cuyos fondos,
 se encuentra la documentación del llamado archivo
del expresident Tarradellas, con todo lo que acumuló
 en su largo exilio.

En estos lugares se respira una paz y un sosiego
especial.

El paso del tiempo parece no tener importancia,
ves las tumbas de los reyes y abades, o personas
ilustres en los suelos de las capillas, y tienen la
importancia que se derivó de sus actos en vida,
sin más boato del necesario.

Una visita a todas luces recomendable.

sábado, 5 de octubre de 2013

Gran Vía / Arenas

Citados en un centro comercial, de los que proliferan en las grandes ciudades, cómo templos sustitutivos de los tradicionales, con los mismos mercaderes ofreciendo la felicidad por unas monedas.
Nos encontramos con la misma apariencia de dos colegiales, haciendo novillos de sus obligaciones familiares, esas no escritas que te roban el tiempo de tus aficiones personales.
Pisando un suelo que en su día fue arenoso, coso de corridas taurinas, donde se sacrificaban animales, en loor de multitudes, enfervorizadas con la contemplación de la muerte y el riesgo, enalteciendo los valores de hombría de los matadores.
Cómplices de todo lo contrario, recorremos el centro buscando las fotos en que exponen la transformación producida en la plaza de toros, al pasar a su nueva dedicación.
Un siglo, totalmente documentado fotográficamente, en el que se nos explica de manera minuciosa, desde la obras iniciales de los peones con boina, hasta la remodelación actual de obreros con casco, con alzamiento del edificio incluido, en un alarde de ingeniería constructiva.
La tormenta amaina y nos invita a salir del lugar, saturado de turistas ávidos de comprar todo tipo de recuerdos, y nos dejamos llevar por la avenida, en busca de un local menos franquiciado, donde poder tomar unas tapas reconfortantes.
Hablamos, hablamos y hablamos, nos pisamos las palabras y reímos por ello, comentamos y nos criticamos, reconocemos méritos ajenos y rechazamos los propios.
La noche se nos echa encima, es tiempo de recuperar las rutinas diarias, caminamos por el paseo,siguiendo los hilos rojos que muestran las luces de los coches reflejadas en el asfalto mojado.
Contemplamos los edificios singulares, que nos permiten mostrar nuestra admiración por la belleza, en todas sus facetas.
Llega la hora de la despedida, que se alarga más allá del tiempo permitido, marcado  por los horarios de trenes.
Un abrazo sincero es poco para tan buenos momentos compartidos, pero es la moneda compartida por tenerlos, disfrutarlos y aventurar de nuevos.




                                                                   Foto de internet

domingo, 29 de septiembre de 2013

Toros, toreros, mozos y demás animales (tocata y fuga de pueblo en fiestas)

                                                                      foto de internet

Como cada verano, en el pueblo de Villa Alcurnia de abajo, están preparados para las fiestas de San Lorenzo, patrón del pueblo desde tiempos inmemoriales, aunque el maestro nunca lo había podido confirmar con exactitud, ya que ese dato no constaba en la Wikipedia.

Ahí se pueden contemplar a los mozos de varas, cómo se adentran por la dehesa, en busca de los toros elegidos para la fiesta, quienes en ese momento se hallan reunidos bajo un encinar, celebrando una asamblea.

Por lo visto no los han sindicado  en  fiestas y espectáculos, sección callejeros, y ellos reivindican saber a qué gremio pertenecen exactamente, pues luego hay dimes y diretes por las cuotas profesionales colegiales.

Andan comentando el descontento reinante, pues saben por otros que es que, amén de no saber con certeza su función festiva, además nunca les explican el final de la fiesta. Sólo saben que tienen que correr pueblo abajo hasta llegar a Alcornoques de arriba, persiguiendo a los mozos del pueblo y los forasteros, y que los distinguirán por sus pañuelos vistosos en los cuellos.

El jefe de la cuadrilla de mozos, tras escuchar a Pinto, llama al concejal de cultura del Excelentísimo Ayuntamiento, para comunicarle el hecho y decirle que habrá un notable retraso en la recogida de una manada adecuada, por lo que le anima a notificar a los músicos de la banda municipal, que preparen más repertorio de temas para la jornada.

El susodicho le conmina a venir de inmediato y dejarse de monsergas,  que los mozos ya llevan un rato acudiendo a la plaza de salida, y están acabando con las provisiones de cazalla.

El capataz se saca la boina, dice sí señor,  se guarda el teléfono de última generación, maldice al señorito de turno, y les dice a los compañeros, que arreando qué es gerundio, como oyera una vez a su padre, y le gustó.

Así que sin escuchar más alegatos ni preguntas de los astados, abren el camión, e invitan a los toros a ir subiendo empujándoles con las picas. Los susodichos empiezan a protestar, a decir que eso no son modales y que no se tienen en cuenta sus derechos. Que con un palo en la mano todos son valientes.

El traqueteo del camión hace vomitar al zahíno, y todos le recriminan ser tan tragaldabas de buena mañana. Cuando llegan a un cruce, con el resbalón de Pinto sobre la madera, la puerta trasera del camión queda abierta.

Pinto, no se lo piensa, dice a los cinco compañeros: pies para qué os quiero, vámonos camaradas. Ya sabe que sin rampa la bajada no será cómoda, y que han de ser rápidos y sobre todo sigilosos,

En esto unas espabiladas vacas, amigas y conocidas del lugar, viendo un camión abierto con tan bella carga, optan por empujar unas balas de paja hasta la trasera del vehículo para facilitar el descenso sin merma de las facultades físicas de los fugados.

Así, con el morro, va animando a bajar a todos, bajando Pinto el último y cuando con el asta cierra la compuerta del camión, sabiéndose libres de nuevo, se esconden en la caseta de labranza de una era cercana, quedando en silencio hasta ver lejos el destartalado y ahora vacío camión de marras.

Cuando el armatoste llega a destino, los miembros de la comisión de cultura están sobre ascuas, la televisión local tenía prevista una conexión, la cual había conseguido en concejal para hacer méritos y promocionar al sr. Alcalde.
La cara de asombro y enojo fue monumental. Se pidieron explicaciones al conductor y su acompañante, ambos en estado etílico crónico por ser adictos al carajillo. No pudieron dar razón de la carga introducida, ellos sólo trasladaban la carga sin supervisar.

No dejan de rascarse la cabeza, negando responsabilidad alguna. y sin saber explicarse de una forma coherente, ni siquiera como han llegado hasta ahí.
Mientras tanto cinco toros caminaban junto a unas vacas, espantando moscas con un ritmo cadencioso, con sus rabos al sol.

viernes, 13 de septiembre de 2013

LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

BIENVENIDOS AL RINCÓN DE NURIA DE ESPINOSA

                   Convocatoria cada jueves un relato: Objetos



 ¡Bienvenidos a la convocatoria 15 de febrero; cada jueves un relato!










Era una casa abandonada, tenía puertas y ventanas tapiadas con tablones, di la vuelta para ver la parte trasera, en una ventana, habían quitado las tablas para poder entrar, algún vagabundo, ladronzuelo o caminante como yo, necesitado de un cobijo durante la tormenta.

No me lo pensé dos veces y me introduje, (no sin cierta dificultad dadas las dimensiones de mi barriga) en lo que parecía una cocina, pues metí el pie en un fregadero con platos sucios, seguramente rotos por un visitante anterior.

Gracias a los rayos de la tormenta, pude vislumbrar algo del interior, estaba todo muy sucio, con los armarios abiertos y vacíos.

Una cocina económica, en la que quedaban restos de la leña usada, sin quemar del todo, potes pringosos por encima de la encimera, que era de baldosas, supuse que marrones.

En una de las iluminaciones breves, vi unos ojillos que me miraban fijamente, antes de desaparecer por el escurre platos que había encima de otro fregadero más grande y de mármol, de esos que apenas tienen profundidad y te salpica todo, dejándote siempre en un estado lamentable si no llevas delantal.

Era un ratón de campo solitario y, que estaba dando cuenta de algo, mientras vigilaba desde su privilegiada posición para observar la entrada de intrusos como yo.

Me adentré en una estancia contigua que debía de ser el comedor, donde una chimenea, de considerables proporciones, dominaba la estancia con majestuosidad.

Ahí tuve que echar mano de unos fósforos para hacerme una idea de lo que había y cómo era, vi un sofá desvencijado y un sillón de orejas con los muelles saludando.

Saqué de mi mojada mochila, una linterna de petaca, esperando que con el tiempo transcurrido, se hubiera recuperado algo la pila y me permitiera seguir con mi exploración.

La tormenta empezaba amainar y, solo el agua de la lluvia caía regularmente, recordé una canción que siempre me venía a la cabeza en estas situaciones.

Al salir, me encontré en lo que seguramente era el recibidor y la puerta de entrada, con una escalera de madera, a la que le faltaba un trozo de barandilla, supuestamente utilizada para atizar el fuego.

Subí arrimándome a la pared, sin fiarme de coger el pasamanos, hasta que me encontré en un distribuidor con varias puertas, eran habitaciones vacías, sin muebles, menos una que era más amplia y tenía una cama y un escritorio, también tenía un baño, que a su vez daba al distribuidor.

Sobre la mesa, había una vieja máquina de escribir, de esas con cinta de carbón, y papel en cuartillas, teniendo en cuenta que era lo único que había, la verdad es que chocaba bastante.

Intente cogerla para verla mejor, pero parecía clavada al tablero, no había forma de moverla. En ese momento me quedé sin luz, a pesar de darle golpes a la linterna, esta decidió apagarse sin consultarme su decisión.

Estaba tan cansado y entumecido, que opté por tumbarme en aquella cama sin importarme su estado, con tal de que me diera la posibilidad de un poco de descanso.

No recuerdo nada más, hasta que los rayos del sol me iluminaron la cara despertándome, al incorporarme y fijarme en la máquina de escribir, vi que había algo escrito en un papel un tanto amarillento.

La verdad es que me quede asombrado, las piernas me flaquearon, y me senté en la silla, totalmente anonadado, estaba leyendo, algo que conocía perfectamente, pues soy de los que recuerdan los sueños, mis parejas decían incluso que los declamaba en voz alta.

Y ahí estaba, en una redacción  un tanto inconexa, el recuerdo de mi última pesadilla, la que me atormentaba y me obligó a escaparme de mi casa.

Grité: 
¡No puede ser!
¡No puede ser!
¡Está mi confesión!
¡Completa!

Las teclas se pusieron en marcha obedeciendo el dictado de mis palabras, intente arrancar el papel, pero fue imposible.

Cuando me vinieron a buscar, era un pelele agarrado a una máquina de escribir, gritando y arañando un papel indestructible.

Los agentes me agradecieron que les facilitase una confesión tan completa y llena de detalles, sacaron el papel sin problemas y se me llevaron en el coche celular.



domingo, 1 de septiembre de 2013

El contrabandista

                                                                     Foto del autor


El Contrabandista

Oía el chocar del agua contra las rocas y gracias a la Luna podía ver un poco, la espuma blanca que se formaba.

Estaba escondido en una oquedad, a salvo de miradas vigilantes y del salpicado que producían las olas más fuertes.

A lo lejos, mar adentro veía las luces de las barcas faenando, ajenas a una de ellas que poco a poco se iba desplazando hacia el acantilado, sin observaciones indiscretas, por parte del resto de la flotilla. 

Calculé que aún tardaría un buen rato, podía liarme un pitillo, pero encenderlo podría delatarme, y eso con mi historial, sería funesto para mi.

La Luna a ratos se escondía tras las nubes, dejándome contemplar una festivalera noche veraniega con todas sus estrellas puestas, destacando como una princesa la Polar.

Aquí frente al mar, todo se reducía a una espera más o menos larga, y una actuación rápida a la hora de coger el alijo que traía la barca.

Recordando mi época en la frontera montañosa, andando por senderos, solo conocidos por nosotros y algunos, por suerte no todos, por nuestros depredadores naturales.

Íbamos con fardos, que parecían pesar un quintal, muchas veces eran utillajes para la industria que empezaban a descollar en nuestro país, a pesar del poco interés puesto por las autoridades para que se desarrollaran, para eso estábamos nosotros, llevando piezas.

Era duro, pero bien pagado, y teníamos la conciencia bastante tranquila, total eran útiles necesarios para trabajar.

Ahora era distinto, cogíamos fardos de tabaco, para evitar impuestos, y eso no me hacía ni fu ni fa, pero eso si, nunca quise saber nada de drogas, lo tenía muy claro.

Contemplando el cielo, tenía una vista espléndida, un hermoso cielo lleno de estrellas, destacando majestuosa mi adorada Osa Mayor, odio que le llamen carro, es una vulgaridad.

He visto unos haces de luz, la patrulla se acerca, están por el camino de ronda, intentando otear i se acerca alguna barca, por suerte son tan ruidosos y con la luz que llevan se les ve enseguida, en el fondo es lo que quieren, para no tener líos.

Normalmente actúan cuando tienen un chivatazo de algo jugoso, las menudencias nuestras no les subyugan lo suficiente y nos dejan hacer.

Pero tampoco se trata de provocarlos claro, sería atentan contra su profesionalidad, nos conocemos las reglas y actuamos en consecuencia.

Esperaré que pasen y haré las señales para que desembarquen el  alijo, a lo mejor hasta me dan un trago, de los de verdad,

Sigo estirado , ofreciendo el mínimo bulto de mi persona , y contemplo el cielo, tengo diez minutos por delante, que dedicaré a ella, la siempre fiel constelación,  la que me ha acompañado en todos mis desplazamientos nocturnos.

Por eso me llaman el enamorado de la Osa Mayor*.


                                              Foto obtenida de internet

*Nota, Homenaje a un libro perdido en la memoria adolescente, que revivo  otra vez al estar paseando frente al mar, siguiendo un camino de ronda.

sábado, 6 de julio de 2013

OLEO SOBRE TELA



                                              Amapolas de Vincent van Gogh





Le gustaba chatear, mantener conversaciones más o menos distendidas, con personas de distintas áreas, tanto sociales, como culturales o geográficas.

De una forma un tanto anónima, se dejaba llevar y narraba experiencias y sentimientos, que su naturaleza retraída, le impedía mantener con sus familiares y conocidos.

Por su profesión de marchante de arte, solía sacar a relucir sus conocimientos en el tema, con ánimo de impresionar a su contertulio de turno.

Cómo un pavo real enseñando sus plumas, así se contoneaba el con el teclado, para hacerse más interesante si cabe, sobre todo si al otro lado del ordenador, estaba una mujer.

No pretendía nada en particular, no tenía tiempo para ello, y su vida metódica y ordenada, le impedía tener tiempo para ese tipo de devaneo, poco productivo.

Cuando en un alarde de oratoria, se puso a describir los encantos de una obra, su textura, su cromatismo, su naturaleza, incluso su rabia contenida, se encontró una voz emocionada al otro lado de la pantalla.

En un alarde de mostrar su intimidad, le comentó qué era lo que lo primero y último que veía cada día, pues lo tenía en su cuarto frente a la cama.

Al no poder demostrar su autenticidad, y siendo una obra relevante, se la dejo para su gozo exclusivo, sin mostrar más que a contadas visitas esporádicas, que no solían fijarse mucho en lo que había fuera de la cama.

Las palabras ajenas le iban inquiriendo datos sobre la obra, cada vez más precisos, como si la otra persona tuviera el cuadro grabado en su mente.

Le contó una historia inverosímil, sobre un padre enfermo, pintor en horas bajas, con problemas económicos, que le obligaban ha aceptar encargos de dudosa honorabilidad, como copias de autores famosos, de las cuales no sabía o no quería saber su destino.

En el último de estos encargos, ella misma colaboró en finalizarlo, ante el empeoramiento de su padre,el cual falleció, tras el disgusto de ser desahuciado por las deudas adquiridas, y ver todas sus pertenecías expuestas en plena calle.

Cuando más tarde, ella quiso recuperar ese cuadro, alguien sin escrúpulos, se lo había llevado ya, ante la pasividad de los funcionarios del juzgado.

Cuando ante una de estas interrogaciones le contestó, que realmente las pinceladas dejaban de tener la firmeza característica del autor y en la firma faltaba un punto azul, se encontró con un prolongado silencio, cerrado con una despedida abrupta.

Depositando su mordisqueada pipa en una especie de bandeja cenicero de alpaca, que tenía al lado del ordenador, se dirigió a su habitación, donde descolgó el cuadro y procedió a embalarlo para su viaje definitivo.

lunes, 24 de junio de 2013

BOLERO




La vida transcurría para ella como en un bolero, con amores y desamores a destiempo, incomprendidos unos, aborrecidos otros, deseados varios, rechazados algunos, el añorado perdido.

Como una colegiala contaba sus pretendientes, mostrándolos como trofeos, haciéndose querer sin entregarse más que lo justo, y no del todo.

Mantenía la llama de la ilusión por algo perdido de antemano, sin esperanza de brotar, aferrándose a un capricho cruel del destino.

Su amante fiel esperaba impasible una oportunidad, que en sus esporádicos encuentros no acababa de surgir, pero en los que cejaba con ímpetu primaveral.

El compañero fiel en las mil batallas que la vida les ofreció, mantenía su puesto vigilante de un corazón que ya no le pertenecía, al cual entregaba en su madurez, el respaldo amistoso.

Pero cómo en buen bolero que se precie, su desdicha estaba en el amor no consumado, aquel por el qué suspiraba en vano.

Mil veces le dijeron y otras tantas olvidó, las fraternales recomendaciones de vivir su vida, la de ella, la que le pertenecía, con toda la pasión y el orgullo herido, olvidar, apagar un fuego que no deja rescoldo.

Plantarse ante el mar de sus días, con todo el tiempo del mundo, ante un sol naciente, espléndido y sonriente.

Para decirse sin engaños, mi vida es mía y sólo la comparto con los que quiero.