miércoles, 8 de julio de 2020

Incidente en el CAP


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Música de Ennio Morricone


Incidente en el CAP



Es tarde, esa hora en que ya no se está para tonterías e intentas, procuras y deseas que no te venga el típico paciente de turno, mayor y con ganas de cháchara. 
  
Las administrativas de recepción, empiezan a coger los aerosoles con desinfectante, para inundar mesa, teclados, mostrador y todo lo que se ponga por delante, con tal de mantener a raya al bicho ese que se está cebando con el personal. 
  
La puerta de la calle aún está abierta, pues hasta la hora señalada no se puede impedir la entrada a nadie que pueda necesitarlo y por desgracia siempre hay ese alguien. 
  
Algunas enfermeras ya están recogiendo sus cosas y empezando la gran tarea de sacarse todas esas capas de batas, mascarillas, peucos y demás elementos protectores que se ayudan a poner unas a otras cuando empieza su turno. 
  
Los consultorios médicos están en las mismas, algunos ya con las luces apagadas y sin su titular al frente. Otros están en activo, en funciones burocráticas de informes varios.  

  En esto con un vocerío potente y estruendoso, se presenta un joven algo demacrado, con pinta de que le haya sonreído poco la vida.

  Tras tropezar con la puerta, incapaz de esperar que el automático hiciera su función, entra con cara de pocos amigos diciendo que necesita ser atendido urgentemente. 
  
Mostrando una receta en la mano, con signos evidentes de haber conocido tiempos mejores, dado lo arrugada que estaba. 
  
El personal administrativo enfurece nada más ver aquel energúmeno vociferante, poniendo sus manos desnudas sobre el recién limpiado mostrador y con sus gritos de exigencia, soltando saliva por doquier, salpicando a diestro y siniestro según fuera moviendo el cabezón. 
  
En esto el individuo, sin atender a razones, se limita a indicar a gritos que su receta está caducada y en la farmacia se han negado a facilitarle su medicación, con lo cual exige que le hagan una nueva al momento. 
  
Todo esto es más fácil de poner aquí que vivirlo, los nervios están a flor de piel, el individuo en cuestión está fuera de control y ha empujado a un sanitario hasta la zona que ya estaba fregada, con gran disgusto de la limpiadora del turno de noche, que ve su labor arruinada y teniendo que volver a empezar. 
  
Evidentemente no se queda callada en su lamentación e inicia una serie de vituperios dirigidos al maleducado, mientras éste a su vez repele el asalto con malas pulgas del sanitario encendido por su orgullo herido tras el derribo sufrido sobre un suelo olorosamente desinfectado. 

 Mientras tanto un grupo de enfermeras y otras administrativas está tras una puerta, observando asustadas el lío montado, sin atreverse a salir ante el follón que hay. Entonces optan por llamar a los municipales para que controlen aquel asaltante. 

Al poco se presenta la patrulla de la policía municipal, pidiendo información sobre lo que está pasando en uno de los despachos donde una doctora todavía está en activo.

 Está al asomarse para responder a la llamada en su puerta, ve a la policía y al violento vociferante.

Reconociéndolo como paciente propio, se dirige a él para calmarlo, pidiéndole que respire y hable despacio. Se aviene a mirar la receta, no está caducada simplemente la ha usado más de la dosis prescrita y le falta un mes para que le puedan dar más.

Le pregunta qué cómo es posible que haya gastado tanto medicamento, a lo que el paciente entra en contradicciones y se excusa diciendo que nota que una mayor dosis le ayuda en sentirse mejor.

 Ante la indicación de la doctora de que ya se hace cargo y le dará algún calmante al hombre del ataque. 
La patrulla se marcha aliviada y contenta de no tener que hacer ninguna gestión ni su correspondiente informe. 
  
Tras la euforia de la pelea y los gritos, el paciente se ha desmoronado y sólo balbucea palabras de disculpas y de sentirse mal por todo lo acontecido.

 Todo queda en un pequeño incidente, uno de tantos.

Barcelona, 8 Julio 2020 



lunes, 6 de julio de 2020

POSTCONFINAMIENTO

Foto gentileza de Olga

Homenaje a Enio Morricone


Postconfinamiento 


La cosa parecía haber mejorado, al menos lo suficiente para permitir una cierta apertura a la antigua liberalidad en los comportamientos callejeros.

Ya no hacía falta salir en los horarios asignados por franjas de edad, ni mucho menos para cosas muy concretas, cómo era sacar basura, ir a la farmacia o comprarse alimentos. Ahora la libertad era total. 

Por suerte en el período más restrictivo del encierro, su  diario se lo subía una buena vecina al volver de pasear una hermosa y tranquila golden retriever, (la gente con perros tenía una cierta libertad de acción). 

Pero ahora con la libertad reconquistada y sabiendo que aquel fin de semana las susodichas vecinas no estaban, al menos no veía actividad por las ventanas del patio, optó por bajar él solito a la portería a por su periódico. 

Aunque ahora cuando ya se podía permitir el lujo de salir a cualquier hora, por aquello de que le quedaba una cierta aprensión, tras lo mucho leído, escuchado y recomendado por todo tipo de medios, amigos y pareja, prefería no coger el ascensor tanto al subir como al bajar, así se evitaba abrir y cerrar puertas tocar botones y respirar en espacio pequeño y cerrado, en el qué a saber quién había estado de sus deplorables vecinos, menos las de delante, claro está, que le subía fielmente su ración de culturilla diaria.

El sábado todo fue bien, bajó, lo agarró y subió resoplando, pero bien. Pero el domingo, las cosas se torcieron un poco. Tuvo la mala suerte de desequilibrarse mientras bajaba, al pisar un felpudo que estaba mal puesto, haciendo una doblez incómoda para ser pisada, estaba en la puerta del lado donde se inicia el descenso, esos dos escalones los hizo en precario, al no querer cogerse a la barandilla (a saber, cómo estaría de limpia y, seguro que desinfectada no lo estaba).

Con lo cual ya inició un descenso del segundo tramo en plena caída libre, intentando apoyar el codo, según le habían dicho a la hora de tocar mandos y timbres, pero eso no agarra mucho y el tozolón en su impacto contra la pared final, fue considerable, tanto que se abrió una puerta con una mujer asustada al ver el estropicio que el hombre había dejado al manchar la pared, recién pintada encima, incrustando un par de dientes como firma.

Evidentemente por educación le tuvo que preguntar por su estado, sabiendo que era el lobo solitario del cuarto, en su fe interna se lo hubiera evitado, pero no era lo que le habían enseñado en la parroquia.

El pobre hombre, balbuceando con dificultad manifiesta, le dijo que no era nada, solo un resbalón con mal final, que podía seguir.

Ella le insistió, en que al menos entrara a descansar y a enjuagarse la boca con agua oxigenada e incluso le ofreció para más tarde unas gotas de Agua del Carmen para recuperar su ánimo.

Él se lo agradeció, pero se mantuvo en sus trece de huir de las garras que le tendía la santurrona del primero segunda. Soltera y beata a tiempo completo.

Ni siquiera recogió los dientes, total eran postizos y seguro por lo visto, menos resistentes que los originales para los encontronazos.

Renunció a su lectura de información veraz y contrastada, (con todo el cinismo del mundo era lo que siempre ponían en portada) y llamó al ascensor apretando el botón con el dedo sin guantes, agarró el tirador con toda la mano, jadeó y respiro hondo en su interior, reconociendo el perfume de la vampiresa del tercero primera, el cigarro del impresentable del ático, los aromas del perro del cuarto, los efluvios del corredor urbano del segundo primera y algunas cosas más que no pudo precisar.

Cuando llegó a su rellano, le pegó una fuerte patada a la puerta del ascensor sin miramiento alguno y se dirigió a su piso metiendo la llave en la cerradura sin desinfectarla antes con la botellita que llevaba siempre con él.

Al fin estaba en su casa y no le importaba ese estúpido virus, que le traía a él y a todo el mundo enloquecido. 

Barcelona, 6 Julio 2020