Imagen obtenida de Internet
El borrador del libro llevaba tiempo en manos del editor,
tanto que ya tenía un aspecto de manuscrito antiguo, encontrado en un desván,
por un sobrino admirador de sus antepasados, que creía en el grial.
Con tanta cosa por leer, no se decidía con este, el cual al
final se quedó en casa sobre la mesita de noche en compañía de otros muchos, en
precario equilibrio.
Miraban de no caer, pues el resultado de la acción era ser
barridos y acabar en el cubo de la basura, azul por supuesto; en esa casa se
reciclaba.
Saludó sin entusiasmo a sus compañeros de mesita; al fin y
al cabo, eran competidores para hacerse un hueco en el mundo editorial. Se mantenían las formas, pero nada más.
Se fijó en una guía de viajes; parecía mona y simpática, con
muchas fotos y citas de buenos restaurantes.
Ella no le prestó mucha atención; tenía aspecto de tocho
pesado, de lenta y fatigosa lectura, digestión pesada.
Era consciente de ello; si le hubieran puesto unas tapas coloreadas, unos dibujos, tendría más gancho, pero solo era un borrador de
un escritor novel, que había puesto todas sus palabras en él.
La contempló una vez más; le hacía gracia su portada,
incitando a descubrir paisajes lejanos, donde todo era mucho más bonito.
Se imaginó a la espiral que unía sus páginas, bailando una
samba, contoneándose, y sonrió para sí mismo.
Esto intrigó a la guía, e hizo que se fijara en aquel
mamotreto de hojas apiladas, capaz de sonreír, a saber por qué.
Le dejó caer una palabra de bienvenida, como quien no quiere
la cosa, para ver cómo respondía; ya se habían saludado protocolariamente
cuando llegó, pero fueron todos al unísono, y no contaba.
Él no prestó atención; veía cómo el ser del cual dependía su
futuro se quitaba las gafas, señal inequívoca, de una vez más, de que se quedaba sin
ser leído.
Justo antes de que apagara la luz, se percató de la caricia
de una palabra nueva en su título; eso le reconfortó para pasar una noche en la
incertidumbre.
