domingo, 22 de febrero de 2015

UN VIEJO EN LA PUERTA

                     
                                                             Fotografía de internet


La casa estaba en lo alto de un cerro, no muy lejos de la aldea, apenas un kilometro por un tortuoso camino zigzagueante.

Vivía solo en ella, desde hacía bastante tiempo, decían que al poco de irse los hijos, buscando mejores posibilidades, la mujer desapareció y el viejo se quedo esperando en la puerta.

Si pasaba alguien por delante de la casa, devolvía el saludo levantando la mano, jamás decía una palabra, ni iniciaba ningún ritual para que se acercara nadie.

No bajaba nunca al pueblo, vivía de su huerto y sus gallinas, que no se sabía cuando  se ocupaba, puesto que fueran a la hora que fuesen, lo encontraban, allí sentado en una vieja silla de paja, a la entrada, en actitud de espera.

Pues a veces, se acordaban de él y alguien del pueblo subía a verlo, cada vez menos, pues se limitaba a levantar la mano y no decir nada.

Y en el pueblo cada vez había menos gente, jóvenes ninguno, estaba apartado de la ruta principal, con las autopistas  y  los túneles, ya nadie pasaba por allí.

El viejo, cuando empezaba a caer la noche, se recluía en el caserón, atrancando puertas y ventanas, dejando una tenue bombilla encendida en la entrada, señal de que la casa estaba habitada, y de poder ver si se acercaba alguna visita.

Dormía con la compañía de una escopeta de caza de doble cañón, cargada con cartuchos de posta, para asegurar un buen reparto del fogonazo en caso de tener una mala visita inesperada.

Apoyada en la mesita de noche, esas de madera de caoba, con un mármol donde depositaba un vaso con agua y una vieja biblia que releía continuamente antes de quedarse dormido.

Instalado su hueco, hecho en el colchón de lana, solía dormir sus buenas cinco o seis horas seguidas.

Cundo el día clareaba, antes de que el gallo lo anunciara, ya estaba él trasteando por la casa, y al poco se instalaba a la entrada, como montando guardia.

Cosa curiosa, para una casa de campo, no tenía la compañía de ningún perro, ni siquiera un gato comodón, si acaso se suponía que algún ratón rondaría por la casa, pero esos no contaban como domésticos.

Nadie sabía si sentía solo, abandonado, triste, ahí estaba, hiciera el día que hiciera, caluroso o frío, a la puerta, en actitud de espera.

Una noche, de esas oscuras, con el cielo encapotado, llorando desmesuradamente, sin ningún animal fuera de su escondrijo, oyó un ruido fuera de lo normal, la vista la tenía mal, por eso saludaba ambiguamente , en realidad sólo veía sombras , pero oír, oía perfectamente.

Alguien estaba hurgando en la puerta, tratando de forzarla o abrir, con una llave equivocada, se deslizo fuera de la cama, se puso sus viejas y ajadas zapatillas de cuadros con suela de goma, y una bata también a cuadros y también ajada, se la anudó, cogió la escopeta, la armó y bajo sin hacer ruido ni encender la luz, sabía el camino, aunque las escaleras estuvieran en total oscuridad.

Intentó averiguar de quién se trataba, pero sin luz, alguien se había encargado de apagarla o bien se había fundido, y sus cataratas, la verdad es que se fió más de su oído, quien quiera que fuera, no era trigo limpio.

Así que encañonó hacia la puerta cuando  se abría y disparo sin pensarlo dos veces, el fogonazo ilumino lo suficiente para ver a una cara ligeramente conocida, retorcida de dolor, con unas manos sobre el pecho,  de las que borbotaba sangre entre los dedos.

Cuando el cuerpo caía, tuvo tiempo de reconocer a su querida y santa esposa, a la que llevaba esperando durante años, desde que una mala noche de verano, tras una accidentada discusión, salió en busca de sus hijos.

Se quedo quieto, asustado, pensando; no sabía si cargar de nuevo el arma y acabar con su espera.

                                      

6 comentarios:

  1. Muy bien escrito. Una buena redacción, clara y ágil. Es mérito del escritor, describir en pocas líneas al personaje y su entorno que calan y te conmueven.

    Podría ser también un punto de partida, para un debate. El abandono de la tercera edad.

    Una ligera inclinación de sombrero.

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    1. Muy agradecido por tu grato comentario, con el que me animas a continuar con mis divagaciones, digamos literarias.
      Soledad y trágico reencuentro, en este caso.
      Elevo mi mano a la visera de mi gorra.

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  2. Has clavado la escena, la espera, todo. Es una triste, muy triste historia, perfectamente desarrollada.
    Enhorabuena.

    Un abrazo

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    1. Gracias Albada Dos. Ciertamente es una historia triste, con un final trágico.
      Un beso.

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  3. Alfred, muy bien narrada la historia, mantienes la intriga hasta el final,la descripción es fantástica, no le falta nada,con todo lujo de detalles se puede visualizar a la perfección el lugar y al personaje, aunque el final es muy triste.
    Te doy la enhorabuena, es un relato muy bueno
    Un beso.
    Puri

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