viernes, 13 de septiembre de 2013

La máquina de escribir


Era una casa abandonada, tenia las puertas y ventanas tapiadas con tablones, di la vuelta para ver la parte trasera, en una ventana, habían quitado las tablas para poder entrar, algún vagabundo, ladronzuelo o caminante como yo, necesitado de un cobijo durante la tormenta.

No me lo pensé dos veces y me introduje, no sin cierta dificultad dadas las dimensiones de mi barriga, en lo que parecía una cocina, pues metí el pie en un fregadero, con platos sucios y seguramente rotos por una visita anterior.

Gracias a los rayos de la tormenta, pude vislumbrar algo del interior, estaba todo muy sucio, con los armarios abiertos y vacíos.

Una cocina económica, en la que quedaban restos de la leña usada, sin quemar, potes sucios por encima de la encimera, que era de baldosas, supuse que marrones.

En una de las iluminaciones breves, vi unos ojillos que me miraban fijamente, antes de desaparecer, del escurre platos que había encima de otro fregadero mas grande y de mármol, de esos que apenas tienen profundidad y te salpica todo, dejándote siempre en un estado lamentable si no llevas delantal.

Era un ratón de campo, solitario, y que estaba dando cuenta de algo, en su privilegiada posición para observar la entrada de intrusos como yo.

Me adentré en una estancia contigua que debía de ser el comedor, donde una chimenea de considerables proporciones, dominaba la estancia con majestuosidad.

Ahí tuve que echar mano de unos fósforos para hacerme una idea de lo que había y cómo era, vi un sofa desvencijado y un sillón de orejas con los muelles saludando.

Saqué de mi mojada mochila, una linterna de petaca, esperando que con el tiempo transcurrido, se hubiera recuperado algo la pila y me permitiera seguir con mi exploración.

La tormenta empezaba amainar, y sólo el agua de la lluvia caía regularmente, con  una canción que siempre me venía a la cabeza, en estas situaciones.

Al salir, me encontré en lo que seguramente era el recibidor y la puerta de entrada, con una escalera de madera, a la que le faltaba un trozo de barandilla, seguramente utilizada para el fuego.

Subí arrimándome a la pared, sin fiarme de coger el pasamanos, me encontré en un distribuidor con varias puertas, eran habitaciones vacías, sin muebles, menos una que era más amplia y tenía una cama y un escritorio, también tenía un baño, que a su vez daba al distribuidor.

Sobre la mesa, había una vieja máquina de escribir, de esas con cinta de carbón, y papel en cuartillas, teniendo en cuenta que era lo único que había, la verdad es que chocaba bastante.

Intente cogerla para verla mejor pero parecía clavada al tablero, no había forma de moverla, a pesar de darle golpes a la linterna, está decidió apagarse sin consultarme su decisión.

Estaba tan cansado y entumecido, que opté por tumbarme en aquella cama sin importarme su estado, con tal de que me diera la posibilidad de un poco de descanso.

No recuerdo nada más, hasta que los rayos del sol me iluminaron la cara despertándome, al incorporarme y fijarme en la máquina de escribir, vi que había algo escrito en un papel un tanto amarillento.

La verdad es que me quede asombrado, las piernas me flaquearon, y me senté en la silla anonadado, estaba leyendo, algo que conocía perfectamente, pues soy de los que recuerdan los sueños, mis parejas decían incluso que los declamaba en voz alta.

Y ahí estaba, en una redacción  un tanto inconexa, el recuerdo de mi última pesadilla, la que me atormentaba y me obligó a escaparme de mi casa.

Grité, no puede ser, no puede ser, está mi confesión!

Las teclas se pusieron en marcha obedeciendo el dictado de mis palabras, intente arrancar el papel, pero fue imposible.

Cuando me vinieron a buscar, era un pelele agarrado a una maquina de escribir, gritando y arañando un papel indestructible.

Los agentes me agradecieron que les facilitase una confesión tan completa y llena de detalles, sacaron el papel sin problemas y se me llevaron en el coche celular.




8 comentarios:

  1. El agente, que tenía un chicle de fresa entre sus ladeados de cabeza, me miró, como diciendo...y este?
    Y yo, asentí. Porque asiento en los libros contables, con letra de pedigree de monjas, todo lo importante, como tus pesadillas y tus mejores sueños.
    Un abrzao Alfred.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por comentar tan sorprendente pesadilla.
      Un abrazo Albada2.

      Eliminar
  2. Original,misterioso,desconcertante, propio de la cuarta dimensión, pero está bién. Me gusta.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tan amable comentario, un placer que te haya gustado.
      Un saludo.

      Eliminar
  3. buenísimo todo, los detalles de cada habitación, los sentimientos que se iban despertando, la idea entre exótica y algo loca y esa máquinola que por momentos hasta tuvo algo de infernal

    me encantó. Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Caramba, este comentario es de los que animan a seguir. Un honor que te encantase.
      Un beso Laura.

      Eliminar
  4. Original por la forma de situar la escena y con ese toque de misterio que rodea a toda la casa y a su visitante y a esa máquina que es el origen de toda la historia.
    Besos Alfred.
    Puri

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Puri, Me alegra que te haya gustado :)
      Besos!

      Eliminar