lunes, 31 de agosto de 2015

OPERACIÓN RETORNO (Jornada anterior al trauma postvacacional)


                              Foto de internet


OPERACIÓN RETORNO


Estamos a final de mes, del mes de vacaciones por antonomasia, el caluroso agosto.

Miles de ciudadanos se aprestan en el retorno a la gran ciudad, esa que ha estado tan tranquilita, menos en las zonas invadidas por las hordas turistas, desalmadas y sin ningún aprecio por los indígenas, que han resistido el calor y se han quedado montando guardia desde sus casas, para dar ambiente cosmopolita.

Las autoridades están contentas porque el número de muertos en carretera, ha sido menor que en años anteriores y eso es bueno de cara a la competencia del ministro del ramo y ya puestos, para dar buena sensación de cara a las próximas elecciones. Ponerse medallas forma parte del ritual del político.

Durante buena parte del día, se iban viendo coches cargados hasta los topes, aparcando encima de las aceras, para hacer más fácil el desalojo de sus ocupantes y sus pertrechos, lo más cerca posible de la puerta de entrada de su domicilio.

Algunos sacaban una jaula de esas pequeñas, donde se suele llevar la mascota, un gato la mayoría de las veces o un perro de esos minúsculos, con las posaderas justas a la medida de un zapato, para darle una patada de despedida.

Algunos, aunque me parece que se está perdiendo la tradición, la jaula es de esas de colgar, con un periquito dentro, o del Barça, que nadie se me moleste por ello y no me lo tenga en cuenta, que hay mucha suspicacia en esto y otras cosas, como las listas del sí, del no y del puede ser, pero ahora no lo tengo claro.

Mientras escribo estas líneas bañado por una esplendorosa luna de tonos amarillentos, camuflándose cual sol naciente, tengo puesto en la tele, como fondo de ambiente, en una casa con mi única presencia, un programa sobre la actuación castellera”, se ve que hoy era un día súper especial para los grupos dedicados a esta curiosa actividad autóctona, de montarse unos encima de otros, buscando tocar el cielo con las manos.

Un pueblo que es capaz de hacer esto para divertirse, es capaz de cualquier cosa.

El espectáculo es brillante, no recuerdo haber visto nunca una retrasmisión completa de un día de competición de los castillos humanos, si alguna reseña en algún noticiario, sobre todo los regionales, pero en horario preferente y con todos los medios puestos, para conseguir una retransmisión impecable, es mi primera vez, la verdad es que impresiona, tanto que ya me he olvidado de que estaba hablando anteriormente.

De momento siguen subiendo con formas y estructuras diferentes, alcanzando alturas comparables a edificios de tres plantas, con muchos éxitos y algunas renuncias antes de venirse abajo, cosa que también ocurre, lo llaman Hacer leña.

Precioso día de San Félix, no me pregunten por la terminología con la que definen las construcciones, por qué no lo sé, está en función de cuantos intervienen en la base y en la columna que se forma, de uno, dos o tres componentes y más cosas.

Los japoneses flipan.

¡Estamos salvados!

¡Feliz reentré!





martes, 25 de agosto de 2015

LA CERDANYA


La Cerdanya



                            (Fotos del autor)


Asomarse a este territorio tras salir de un túnel, es descubrir otro mundo posible, donde una luz inmensa hace destacar todo un paisaje.



Un territorio entre dos naciones, pero un solo país, incongruencias de la política que divide a los hombres por encima de sus culturas.

Es un lugar de altas montañas pero que no consiguen empequeñecer a un extraordinario valle, por donde sestea ajeno al tiempo, un creciente río.



Por circunstancias personales familiares y de amistad, la he visitado en diversas etapas de mi vida, acompañando a la familia, o como en estas fechas completamente solo,

Atendido por esos amigos que casi no recuerdas desde cuando lo son, o que lo son de circunstancias tan alejadas en el tiempo, que el contexto no importa.




Hay amistades que te tienden los brazos, para formalizar un abrazo, en el que se reconforta todo tu espíritu de muerto en vida.

Hay cosas difíciles de explicar aunque todo el mundo te entienda, las situaciones son las que son y no siempre podemos cambiarlas, por estar por encima de nuestras posibilidades.





Las leyes de la naturaleza, nos ponen los límites, que para algunos son voluntad de un dios paternal y para otras bromas macabras de los dioses.

Hay un ciclo iniciado pronto hará un año, que está próximo a finalizar, sin que eso quiera decir que se acabe, todo lo que en él hay encerrado.





Viene a cuento de la amistad y las cosas que te proporciona, como es una agradable estancia en una comarca, donde la tierra está más cerca del cielo y por ello, más cerca de aquellos que nos dejaron.

No pensaba que un lugar, en el que los años ausente de él, eran suficientes como para recordar las cosas entre brumas, me hiciera tan presente unas vivencias guardadas tan profundas en mi interior.



Si no fuera por este verde dominante, esos campanarios tan característicos, esos arroyos que alimentan un río donde se refrescan todas las miradas, esos paseos pausados a golpe de pedal, esas piedras venerables, acariciadas por la cámara para poder decir donde hemos estado.



No hablaríamos de esta comarca, donde los nombres de los pueblos, son como llamadas a los perros de pastoreo, como un lugar donde confluyen diversos destinos.

Bajo un cielo azul diáfano que en cuestión de pocas horas es capaz de convertirse en un azote violento descargando toda el agua necesaria para lavar las culpas de todos los humanos, si las hubiera.



Las señoras de los pastos, atienden tranquilas en sus conversaciones cargadas de filosofía natural, ajenas a esas nuevas águilas, unas más ruidosas que otras y que suelen partir en parejas y regresar solas.


.



¿Por qué hay paisajes que te atraen la admiración por la naturaleza y otros igualmente impresionantes, te dan la pequeñez de tu historia entre ellos?

Será que hay sitios más vividos, en los que notas la presencia humana de otra forma y la huella de tus compañías permanecen inalterables más tiempo, o porque los que te ofrecen su recaudo y te prestan cobijo, albergan algo más que tu cuerpo.



A veces una simple caja de galletas es la diferencia entre sentirse querido en un lugar, donde sabes que siempre estarás con los tuyos, los que siempre aunque no los veas, comparten los quiebros de la vida, con los que te dan palmadas en la espalda diciendo que te entienden perfectamente, aunque te importe bien poco.



No me considero persona de muchos amigos, dada mi natural introspección, pero sí que los que tengo, me han brindado una amistad sin fisuras, demostrada en los momentos claves de mi existencia.



A todos ellos les doy las gracias.










viernes, 14 de agosto de 2015

COSTA BRAVA






COSTA BRAVA


La buganvilla trepa por la pared y se afianza en la barandilla, haciendo de escalera para la ardilla exploradora, que observa atenta, mis movimientos por si son de peligro hacia ella.


Descartándome como tal, desaparece tranquilamente en busca de una buena piña que llevarse a la boca.

Contemplo la estela que deja un barco, tras su paso por el mar que se ve al fondo, del paisaje que persiguen mis ojos.

Unas golondrinas van y vienen supongo que trayendo sustento para sus crías, aposentadas en un nido de barro adosado a una de las viejas vigas de madera que aguantan el techo del porche en el que me encuentro, gozando de la vista y de un aire reparador en esta calurosa mañana de agosto.

Una paloma torcaz, de considerable tamaño, toma posesión de una esquina de la piscina, donde se surte de agua, bebe rápido y con avidez, observando el entorno con cautela.

La lagartija, ajena a todo lo que le rodea pasea plácidamente por el suelo, a cada pocos pasos, estira todo lo que da sí el cuello, siguiendo su camino por la despejada terraza.



Del nido no sale ningún sonido, pero la pareja no para de hacer viajes, turnándose en sus idas y venidas, pero estando también a veces los dos en vuelo.
A media que avanza el día, el sol se adueña más de la mañana, el agua del mar se oscurece en un azul, más marino y menos plomizo y los pinos que me separan e interfieren en su plena visión danzan ligeramente al compás de la suave brisa mediterránea.

El rumor del mar, viene desde la distancia, trayendo voces atenuadas de la algarabía playera de los críos que juegan en la pequeña cala.



Una abeja despistada, intenta sin éxito encontrar un hueco en la ventana que le permita el paso, aporreando reiteradamente el cristal.

Las gruesas macetas que delimitan la superficie de la terraza, parecen guardianes estáticos contemplando el suelo de grandes piezas de barro cocido, cuyas junturas, dirigen mi vista más allá de la balaustrada donde acaban, para adentrarme en ese mar hilo conductor de muchas culturas diferentes y a veces antagónicas.



La estela de una lancha regresando, rompe mi ensimismamiento, observo la lagartija ascendiendo por la pared de piedra, perdiéndose de mi vista al meterse por alguna rendija, imagino.

Creo suponer que a veces la felicidad, ese estado de ánimo, que nunca sabes cómo  has conseguido, pero que te permite estar en paz contigo mismo.

Es fruto de algo tan simple, como estar en un entorno natural, molestando lo mínimo posible a los demás actores en el mismo.

Aspiro el olor de los pinos, acrecentado por el potente sol, rey del espacio sobre nuestras cabezas.


Que no impide sino acrecienta el sudor del mar que me trae esa brisa a mi refugio en la sombra.

Y sigo contemplando ese triangulo blanco en el mar, que me indica que estamos en casa.

Apuras la copa, en la que has brindado por una salud eterna, que nos permita disfrutar de una amistad, cuyos inicios quedan muy lejos en el tiempo.

Aunque al gorrión que picotea migas por el suelo, no está al quite de estas cuitas personales.

En muchas de las pequeñas calas, de donde partían las viejas barcas de pescadores hacía la captura de su sustento; estas han sido sustituidas por modernas lanchas de paseo y sus modestas casetas por hermosas villas de veraneo.


Una estancia en la Costa Brava, te permite la relajación necesaria para afrontar el retorno a la gran ciudad, centro de la civilización, sabiendo que el paraíso no está en ella.







Fotos del autor, paisajes y detalles de Aiguablava, Cala Fornells, Sa Riera y Sa Tuna.
 Begur (Costa Brava-Girona-Catalunya)


domingo, 2 de agosto de 2015

MAESTRO



                        Imagen obtenida de Internet

MAESTRO CABEZUELAS

Agarrado a su bastón de cerezo, cual bastón de mando ante sus tropas, se comportaba como un centurión enfrentado a unos legionarios poco dados a entender sus explicaciones, en la formación de las tácticas de combate.

Cuando la señal acústica indicaba ese recreo, parte vital de nuestras vidas, única que nos permitía no caer en el desespero de la rutina disciplinaria.Le pasaba la pelota, símbolo de nuestra recuperación momentánea de una cierta libertad.

Allí estaba él, quieto, estático, con la mirada alta, desafiante, ante un orden establecido, en el que gozaba de cierta benevolencia por parte del viejo profesor, quizás por saber situar las tropas en el lugar correspondiente.

Abandonado por los dioses, se sentía igual de importante que ellos, aunque no fuera así para sus compañeros.

Nos  reíamos de sus ínfulas de personaje, genio incomprendido decía él, importante e imprescindible para el desarrollo de nuestras pequeñas vidas.

Sentado en su silla, como trono de un reino a su medida, arbitraba el lance entre compañeros, sin decantarse por nadie, en señal de sana justicia.

Aferrados a la pelota, transcurrían sus horas en partidos inacabables, en los que era imposible que nadie ganase, con unas porterías cambiantes.

Las reglas del juego se pactaban antes de iniciar la competición, que no era tal pues nada se jugaban, salvo el honor que daba el triunfo.

Los equipos también improvisados ante cada contienda, podía hacer de un defensa amigo, futuro delantero letal en el siguiente enfrentamiento.

Cuando notábamos la presencia de las chicas, tras las vallas arriba en el terraplén que nos separaba de la civilización, hacíamos lo indecible para retener más tiempo la pelota y con ella su atención, llevándonos al fracaso la mayoría de veces en nuestro intento de gol inapelable.

Finalizado el encuentro, cualquiera de los contendientes acudía hasta él, a quién entregaba la pelota de cuero con raspaduras nuevas, en señal de acatamiento a su autoridad y le ayudaba a salir del campo, empujando su silla.

Una vez en clase, el maestro le recogía la pelota para guardarla en el viejo armario de roble con puertas de cristal biselado, tras las que se escondían infinidad de tesoros, que poco a poco iríamos descubriendo a través del curso.

Tras pasarle la mano por la cabeza, agitándole el pelo y despeinando la engominada obra de su madre, le invitaba a tomar sitio en un pupitre sin banco al lado de su tarima.

Se sacaba el silbato que llevaba colgado al cuello, cual medalla protectora ante cualquier mal augurio y dejándola en el cajón, bajo la superficie manchada de tinta, proclamaba en voz bien alta:

-Mañana os vais a enterar. ¡No os pienso dejar pasar ni una!

Oyéndose un murmullo de risas, que el maestro no reprimía, como toda respuesta.