viernes, 28 de febrero de 2020

ENCONTRONAZO


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Encontronazo 


Sus miradas se encontraron en una tarde de febrero de esas despistadas, pues sin ser primavera lo parecía, ya se sabe que el tiempo anda algo alterado y con eso del calentamiento global las estaciones rondan alocadas.

No importaría mucho para la historia si no fuera que, para ellos  los protagonistas, una tarde así de buen tiempo, en la que te puedes pasear con la chaqueta al hombro, olía a primavera, a ver despuntar flores en los árboles y pájaros danzar juntos, se prestaba a cierto encantamiento. 

Y ellos no iban a ser menos, aunque de buen principio no lo supiesen, un encuentro así, fugaz pero intenso no estaba premeditado, simplemente ocurre, como eso de que los planetas están bien alineados para que uno tenga la ocurrencia pertinente para saltar a la palestra con una ocurrencia única.

Muchos paseantes por la calle, mucho chancletero con la mochila a cuestas, ciclistas con ese gran maletón a la espalda, gente con túnica cantando, bultos escondidos mirando escaparates de lujo, tipos serios presurosos con la cartera de negocios por cerrar, oyentes con los cascos puestos, patinadores sin escrúpulos, alguna vecina con el carro de la compra y policías con el ojo atento y la mano en el subfusil para cuidar la seguridad ajena.

Y entre toda esa multitud, en una de las calles más transitadas de la ciudad, se tenían que chocar sus miradas. 

No dando pie a especulaciones, ni dejando para más tarde lo que podía haber sido, pero no llegó a ser, fue un ahora y aquí. 

Él supo al instante que era la mujer de su vida, ella supo inmediatamente que nunca se había sentido tan agradablemente desnudada.

Mientras le ayudaba a recoger sus pertenencias que habían caído al suelo, le mostró sus más sinceras disculpas por el encontronazo, a lo que ella advirtió que no tenía culpa alguna, que estaba despistada observándole.

Ante esto el no pudo más que sonrojarse disimuladamente ante un ataque tan directo y proponerle ir a tomar algo, ya que precisamente estaban cerca de su casa.

Ella alisándose las faldas y cogiendo los libros que él había recogido del suelo, le sonrió desconcertada ante una directa tan certera. 

De los treinta encontronazos habidos en los últimos días este era el único que parecía tener posibilidades, la lástima es que uno de los libros que había recogido del suelo le daba cierto “yuyu”. Pero ya se sabe que nadie es perfecto. 

Así que se dedicó a enaltecer la literatura y a mostrar mucho interés en lo que parecía ser prioritario para su escogida víctima.

Ante aquel asalto tan poco delicado, por ir mirando al cielo en un lugar tan masificado, no tuvo otra que aceptar las disculpas ofrecidas y mostrar las propias, mientras observaba que no estuvieran sucios o estropeados los libros que había sacado de la biblioteca, para el trabajo sobre literatura inglesa de principios del siglo XX.

El chico le gustaba (por eso no evitó el tropezón) y ya iba siendo hora de tener un poco de distracción, esperaba que no fuera un pelmazo, cómo esos que corrían por ahí dándose de literatos en ciernes y loando todo lo que estaba escrito, cuanto más raro mejor. 

Mientras él intentaba recordar todo lo poco que sabía sobre literatura, ella le sometió a un tercer grado para saber todo lo posible de su persona sin que se notara demasiado. 

Parecía una combinación perfecta, pues al cabo de muy poco tiempo los libros fueron devueltos e iniciaron uno propio a cuatro manos. 


Barcelona, 26 Febrero 2020 

lunes, 24 de febrero de 2020

HISTORIAS DE LA P.M.


Foto obtenida en Internet




Historias de la P.M. 


No sé por qué me dieron un arma, tampoco sé para qué, ni siquiera por que se empeñaron en que fuera tan importante el hecho de saber usarla.

Mi vida estaba tranquila sin ella, lo más aproximado a un fusil que tuve entre manos, dejando aparte las de juguete, fue en las casetas de las ferias, en esos tiros con escopetas a unas bolas que parecían pegadas a sus soportes, con la mira expresamente desviada, para así tener que dar pocos premios ante la inoperancia de los incautos.

Pero ésta era de verdad, con munición que mata, nada de balas de fogueo, con la que tirando simplemente a bulto ya puedes hacer daño, mucho daño, matar incluso.

No me sentía a gusto llevando tal tipo de artilugio, que nos había hecho unos avanzados en la carrera de la evolución humana.

Ya se sabe que, con los mejores cachivaches de esos, más convincente se es en la imposición y expansión de las ideas, previamente memorizadas, en las colonizadas huestes a las que hay que ilustrar.

La verdad es en que todo ello no pensaba mucho y sí en que era un trasto muy pesado y en que no tenía ningunas ganas de convencer a nadie de nada en concreto, ni siquiera en que se aprendieran mi nombre. 

Ya no os cuento el hecho de tener que saber desmontar y montar con rapidez y precisión el instrumento en cuestión por cuestiones de higiene del mismo. 

Tenía que tener memorizado su número de identificación, para tenerlo siempre controlado y no equivocarme cogiendo otro exactamente igual, pero de otro propietario eventual. La posesión era por un tiempo determinado.

Como no le veía ningún encanto especial, nunca supe ni me importó sí siempre había tenido el mismo o no, puesto que tampoco era el único que no se preocupó por aprenderse la cifra de marras.

Encontraba a todos los artilugios con el mismo frío aspecto, a pesar del tacto más aceptable de la madera mil veces asida de su culata.

Así que cuando, por una rotura la mar de oportuna de su cinta de transporte, tuve que salir del pelotón de adiestramiento y abandonar la formación, lo hice siguiendo mis más que espléndidos criterios de comodidad que no eran evidentemente los del reglamento.

Camino de la armería, a casi nadie le extrañó dada la fama que ya tenía adjudicada, que fuera con el arma reglamentaria arrastrada cual perro fiel que se suponía que era.

Bueno hay que decir que ya era conocido mi desapego por el instrumento en sí y el tipo de promoción que podía llevar adjudicado.

Incluso un superior tuvo a bien preguntarme si no pensaba hacer carrera en aquella honorable institución, cuando vio mi interés por las dianas vecinas y no por la propia.

Lógicamente mi evolución en el estamento militar se quedó al mismo nivel al salir que al entrar.

Lo curioso es que algunos años más tarde y por pura diversión, junto con un amigo nos dio por comprar una carabina, para el noble arte de mostrar la puntería propia como mejor que la ajena e, incluso valorarlo con un sistema de puntuación que me sería imposible tratar de explicar.

Pero todo eso formaría parte de otra historia.


Barcelona, 24 Febrero 2020 

jueves, 20 de febrero de 2020

NEGOCIADO





 Negociado


Tantos años perdidos tras una mesa de negociado, le habían dado a su calva méritos de profesionalidad.

Siempre al pie del cañón, sacrificando puentes, salidas de almuerzo, horarios flexibles, todo para poder tener los informes que el jefe de la sección requería justos a tiempo. 

Aunque se quedase sin ver que se iban amontonando por riguroso orden de llegada, en la estantería justo a la derecha de la entrada del majestuoso despacho de su superior jerárquico. 

A pesar de las muchas veces que le llevaba el café matutino, nunca se percató que su trabajo acumulaba polvo en tan nobles estanterías de fina caoba, en aquel palacio renacentista que les servía de espléndido marco para sus brillantes quehaceres en pro del país y de su ciudadanía.

Sentía un poco de envidia, cuando el jefe requería cada vez más los servicios de la chica nueva que, a pesar de tener poca experiencia, parecía entender mucho mejor las necesidades de su superior.

Poco a poco fue cogiendo todo él, un color a guardapolvo de esos que se usaban antaño, de cuando tenían tinteros por las mesas, que él recordaba vagamente de cuando empezó de aprendiz, tras un breve tiempo de botones en el ascensor del ministerio.

En aquella época conoció a una secretaria con la que llegó a tontear un poco, cuando subían solos, lo cual ocurría rara vez, pues el trasiego de gente era bastante importante. Parece ser que, a más trabajo más pasea la gente arriba y abajo.
  
Ahora con los ascensores automáticos, no hay complicidad alguna con la botonera, memoriza las órdenes de cada uno y suelta un frío y metálico anuncio del destino alcanzado.

El suyo había sido dejar de ver a la coqueta secretaria, a la que pareció ver años más tarde colgada del brazo super engalanado de un ujier de los importantes, los que estaban en la planta del ministro.

Tampoco se había hecho muchas ilusiones, la chica en cuestión recibía muchos piropos y más de uno se había quedado con ella atascado sin poder salir del cuarto de contadores. Aunque nadie preguntaba cómo habían coincidido ahí los dos en un lugar tan poco habitual. 

Suerte que él, muy responsable y en plan altruista, pues nadie se lo pedía ni era de su responsabilidad, solía hacer una ronda antes de salir, para comprobar que estuviese todo en orden.

Con los trienios acumulados, ya podía hacer un juego de cálculo, para poder llevar a su madre de viaje a ver el mar, que siempre había sido uno de sus sueños incumplidos dada la prematura muerte de su Paco. 

Pero aquel año no iba a poder ser, cuando fue a la agencia de viajes que había a dos manzanas y tres cuartos de su casa, camino del ministerio, bueno en realidad era al revés puesto que lo hizo al regresar, siendo así nueve manzanas y un cuarto, se encontró con una antigua compañera del instituto. 

Que aprovechando que tenía poco trabajo, ya solo solían entrar gente muy mayor para los viajes del IMSERSO o para preguntar cosas que no sabían buscar en Internet; se dedicó a ponerle al día de su vida personal desde que dejó el instituto hasta prácticamente aquel momento. 

Lo cual dio tiempo para cerrar la oficina de viajes, pasear algo por la calle, acercarse a una granja donde aún servía chocolate a la taza del bueno, bien acompañado de sus churros correspondientes acabados de freír, mientras él mostraba un total interés.
  
Luego como buen caballero que era y sin dejar de escuchar, la acompañó hasta su casa, ya no vivía en el barrio, por lo cual cogieron un bus y luego hicieron un trayecto en metro, así se les hizo la hora de cenar, que a pesar de sus intentos de evasión y tras avisar a su madre que no le esperase para la cena, acabó aceptando, mientras le iba dando al vino que le mareaba menos que la intensa charla de su excompañera.

Así las cosas, se encontró al día siguiente algo espeso de ideas, habiendo escuchado una historia muy larga y teniendo que salir corriendo hacia su trabajo, sin afeitarse.

A media mañana recibió un mensaje, en donde  Belén que así se llamaba su dama de noche, le comunicaba que ya tenía un pasaje para su madre, para la temporada próxima con un grupo de gente mayor con guía para hacer un crucerito por las islas, así sin concretar. Y ellos dos harían durante las mismas fechas una escapadita a Venecia que era un lugar muy romántico. Que le diera el número de cuenta para formalizar la operación.

A partir de la fecha, dejó de presentar los informes a tiempo e incluso dejó de hacer rondas vespertinas. También le encontró gusto a llegar sin afeitar al trabajo. 

Todo ello mientras su cuenta se iba difuminando muy lentamente.



Barcelona, 18 febrero 2020