martes, 28 de febrero de 2017

Cirios, ruegos y velas





Imagen gentileza de M.Q.


Una tenue luz atravesaba las cristaleras, iluminando débilmente el banco lleno de velas que resplandecían en una de las capillas de la gran iglesia.

Es la que tiene más, pues es donde los feligreses tienen más confianza en ser atendidos en sus peticiones.

En ella se hallaba una anciana enlutada, que parece sacada de un álbum de fotos antiguas.

Tiene las rodillas desgastadas de tantas horas en el reclinatorio, esperando una señal divina de haber sido escuchados sus ruegos.

Pero pasaban las horas, días, meses, años y no obtenía respuesta a sus plegarias, lo cual no menguaba su inquebrantable fe, en saber que estaba haciendo lo correcto, acudiendo cada día  a depositar su cirio  rogativo.

El encargado de la venta de los cirios y exvotos a la entrada de la basílica, la saludaba por el nombre, dada la confianza establecida con el tiempo, largo ya, de acudir diariamente al recinto, previa compra en sus instalaciones bien surtidas al principio y algo decaídas últimamente.

Esperaba aguantar hasta su jubilación, vendiendo las estampas, rosarios, cirios y demás artilugios previstos para facilitar el rezo de los feligreses.

Ya estaban previstas las máquinas expendedoras y las velas sustituidas por luces, con duración predeterminada en función de las monedas depositadas.

El santo Cristo la miraba con una sonrisa sardónica o una dolorosa mueca de escepticismo, mientras reposaba inerte en brazos de su amantísima madre, que si sufría un rostro de dolor intenso e insuperable.

Allí, ante ellos, desgranaba todas sus peticiones, que siempre eran las mismas, pues nunca se cumplían, como esa carta a los reyes magos, en que pides lo imposible, por si suena la flauta y te lo traen.

Mientras, postrada ahí, formando parte del paisaje, fielmente retratada por fieles, turistas y devotos varios, el canónigo cargado de años en el cargo, la contemplaba con el mismo interés que miraría a una tabla de Berruguete.

Su estoicidad era admirada con indisimulada veneración por los visitantes, algunos de los cuales, los más osados o irreverentes, se instalaban a su lado, para hacerse unas fotos poniendo caras piadosas.

Se mantenía imperturbable ante todas estas muestras de simpleza educacional, pues no le alteraba para nada el comportamiento ajeno.

Con el aumento de las arrugas en su blanca tez, su despreocupación por el entorno se fue incrementando de forma notoria.

Así las cosas, llegó un día, como otro cualquiera, en que una niña se le acercó con cara curiosa y cariñosamente, le preguntó:

-        ¿Abu, estás bien?

La anciana figura, salió de su ensimismamiento, para, contemplándola desconcertada, decirle:

-        Sí cariño.

-        ¿Qué haces aquí tan quieta?
-        Rezo.

-        ¿Qué es rezo?

-        Rezar, es hablar con Dios.

-        Pues no te oigo decir nada.

-        Se hace en silencio.

-        Entonces no te oye.

-        Él lo oye todo, lee nuestros pensamientos.

-        ¡Anda ya!

-        Nadie lee los pensamientos, eso son trucos del circo.

La anciana, se la quedó mirando, se levantó y se fue.

La niña la vio partir, mientras soplaba las velas, para ver cuántas podía apagar de una vez, tal cómo le enseñaron el día de su cumpleaños.

Pidió un deseo:
Que nadie dejara de escuchar a la gente mayor.

Contemplaba la escena, mientras me limitaba a poner mi cirio, en beneficio de la pronta sanación de una persona conocida, tal cómo me habían pedido, los que la querían.



Sarrià, 28 Febrero 2017.







domingo, 26 de febrero de 2017

Al romper la noche



Foto gentileza de I.C.






Las suaves sombras de la noche se han adueñado de todo, salvo esa pequeña penumbra que una luna aun por coronarse, propicia de forma altruista, para evitar el tropiezo innecesario.

Un camino empedrado hace resonar todos nuestros pasos, como si fuéramos importantes, cuando es un simple paseo  y no el viaje al cadalso.

Pues eso es lo que nos espera, más tarde o más temprano, la sentencia está dictada y el día de la ejecución por establecer, se ve que el juez no tiene prisa o tiempo para determinarlo.

Mientras arrastro las cadenas, cual vasallo que soy, que me atan a este mundo absurdo, en una sociedad donde la virtud es no comprometerse y la gallardía en ser capaz de estafar más y mejor.

A pie de calle las cloacas huelen intensamente, como corresponde a los tiempos previos de tormenta, aunque esta no acabe de venir.

Los cirios lloran en las iglesias al ver en que se han convertido sus tutores y por el miedo que tienen al ver como son sustituidos por luces de colores encendidas al mejor postor.

Las olas limpian todos los pies, sean pecadores o virtuosos, pues no hacen disquisiciones sobre la inmundicia que les acompaña.

Las hermosas sonrisas planificadas, llenan el día de dicha y permiten recorrer las horas con alegres sensaciones, esperando triunfar una noche más.

Los bailes se suceden, haya o no música, pues lo importante es el movimiento y no el espíritu que lo promueve.

Las máscaras nos descubren la belleza oculta de unas buenas facciones por descubrir.

Solo la amenaza de un nuevo día, nos asusta lo suficiente para resguardarnos en nuestras madrigueras, bien ocultos para que el brazo vengador no venga a por nosotros.

Acompañados de un buen acopio de momentos importantes, escondemos miserias propias y ajenas, para intercambio de cromos en horas de abulia existencial.



Sarrià, 26 Febrero 2017.

viernes, 24 de febrero de 2017

Fruta sana

Foto del autor


El viento hacía inútil guarecerse de la lluvia bajo un paraguas, por muy de diseño que fuera, con marca de cierto pedigrí incluida. Eso le molestó de forma especial, no solo por mojarse de forma desagradable sino y muy importante, por arruinar ese peinado tan voluptuoso que le habían recomendado en su peluquería, la de total confianza, donde siempre hacían lo que querían, sin contar con sus gustos..

Encima, ese viento juguetón, que no paraba de reírse de sus pequeñas incomodidades, no era lo suficientemente fuerte para llevarse esas nubes que no paraban de desahogarse con ansias, de sus inacabables gruesas gotas de agua.

Estaba claro que las inclemencias atmosféricas se seguirían cebando en su cuerpo, sin mermar su espíritu combativo, pues aun mantenían alto su fuerte carácter luchador, éste que no se rendía jamás ante ninguna incidencia y menos ante una incomodidad natural.

Los copos de nieve se reciben con una cierta simpatía, de la que el agua normalmente carece, a pesar de que haya quién  cante bajo la lluvia.

Pero aquí, lo único blanco que caía, eran las hojas desprendidas de los olorosos jazmines, quedando totalmente desplumados, para desolación de la dueña del balcón afectado.

Pero ella, ni cantaba, ni aspiraba perfumes, ni sonreía al tendido, se limitaba a caminar con paso apresurado, sorteando los charcos agarrando fuertemente el paraguas que el viento le quería arrancar.

Cuando lo vio, con su porte decidido y sus sienes plateadas, entre el cuello de la parka subido y su sombrero de lluvia empapado.

Era él, no había duda, había gozado con sus caricias, disfrutado de sus besos, desgarrado su interior por sus acometidas, y eso no se olvida de un día para otro.

Miró el local en el que entraba, uno de esos colmados puestos de moda, recuperando el viejo estilo de cuando eran críos, vendiendo las cosas a granel y por piezas sueltas, todo muy ecológico, muy chic y con certificado de origen y muy caro.

Entró tras suyo, como atraída por un imán, por una fuerza centrifuga imposible de superar, contempló su nuca, su coronilla despoblada una vez sacado el sombrero y esas espaldas, todavía rectas, fuertes, podía dar fe de ello.

El notó que era observado, una mirada por detrás es detectada sin saber nunca por qué, se giró mientras esperaba turno para ser atendido, por el chico de la bata a rayas.

Entonces la vio, al momento sonrió, toda su cara se iluminó, como si fuera enfocada por una luz, usada para destacar en un teatro.

-        He pensado en comprar algo de fruta y unas aguas.

-        Me parece bien, no pensaba, pero te he visto entrar y no he podido reprimirme.

        Eso está bien.
-        ¡Ya! A ti te gusta que sea así.
-        Por supuesto.
-        Pues no siempre voy a seguirte.
-        ¿Ah no?
-        ¡No!
-        ¿Y si te sigo yo?
-        Pruébalo.
-        ¡Vale! Pues ahora subo.
-        Te espero en casa.
-        Hasta ahora.

Pequeños diálogos, casi de carácter domestico, que unos amantes se dedican, sin más, ante la mirada incrédula y sorprendida, de un milenial, doctorado en ciencias sociales, con un máster en aprovechamiento de recursos humanos, pero que ahora se limitaba  a cobrar, en un centro de verduras y frutas ecológicas. Muy cool, eso sí.

Mientras sale del local, contempla la figura que se aleja por la acera, peleando con el paraguas, donde unas piernas enfundadas en unas negras medias, le invitan a seguirlas.

Cosa que hace de inmediato, mientras se acomoda la bolsa de la compra en el regazo. ¡Que incomodo es! Usar bolsas de papel reciclado, en días de lluvia.



Sarrià, 24 Febrero 2017.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Vecino loco



Foto del autor


Tenía tres años y medio,
cuando el vecino loco,
se fijo en mí.

Puso su mirada perdida,
en mi fino talle,
esa que asustaba a las vecinas,
y cautivaba a la Luna.

Luna a la que cantaba 
tiernos poemas,
cuando estaba llena,
desde su balcón, 
en plena noche.

Todos le hacían callar,
y él cantaba más alto,
subiendo a la azotea.

Tenía tres años y medio,
cuando el vecino loco,
se fijo en mí.

Yo estaba en un patio florido,
con una fuente cantarina,
siempre alegre.

De puro contento,
abrí mis pétalos, con ilusión,

ver una nueva primavera,
alegraba mi despertar.


Tenía tres años y medio,
cuando el vecino loco,
se fijo en mí.

Con esa mirada perdida,
de buscar cosas bellas.

Mientras cantaba desesperado,
al no entender ese juego lunar,
declinar en pleno esplendor.

En una de esas noches oscuras,
depositó su mirada en mi,
sonriendo al tener algo hermoso,
donde posar la vista.

Las vecinas, con trajes de lunares,
se reían de su desespero.

De ese vecino poeta,
que ahora se fijaba en mí,
poniéndole caras feas,
haciendo volar sus colas.

El seguía tocando la guitarra,
cantando.

Cantaba triste, 
con ansia, con desespero,
hasta que me vio.

Tenía tres años y medio,
cuando el vecino loco,
se fijo en mí.

Pero era corta edad,
para que un rosal.
eclipsara la Luna.


Sarrià, 22 Febrero 2017.


martes, 14 de febrero de 2017

Cabalgando sobre el viento


Paisaje nevado de JM. C.


Oí un ligero silbido,
me asomé a la ventana.
pues su música sonaba bien.

Era una alegre brisa.

Entonces pensé en saber más,

Osé abrir puerta y reja.
dando así libre entrada,
a ese viento tan juguetón,
por momentos un gran huracán,
en esta forma transmutado.

Entró limpiando telarañas
únicas dueñas absolutas,
hasta ahora de esquinas
en altos y grandes techados.


Llevándose también el polvo,
testigo fiel de muchos años
de un encierro voluntario.

Corriendo las tristes cortinas
para iluminar la sala,
despejando bien la mente.
con un vendaval de ilusión
haciéndose dueño del lugar.

No quedando nada de lo qué
merecía ser expulsado.

Y con una estancia  limpia,
disfruto  esta  compañía,
ese silbido tan alegre,
joven, con notas afrutadas
de colores vistosos, frescos,
con una sonrisa perenne.

Que estremece mis oídos,
acaricia, sella, mis labios,
atemperando mis latidos.


Sarrià, 14 Febrero 2017.







jueves, 9 de febrero de 2017

Cuando vuela un poema



Vista marina de I.C.




Sentado ante el escritorio, contemplaba el paisaje que se le ofrecía, a través del amplio ventanal.

Una gaviota se posaba sobre el tejado del colegio de enfrente, ante la indiferencia de unas palomas que la contemplaban con recelo.

Una bandera ondea, desgastada por muchos días de reivindicación, por encima de una terraza que no se diferencia en nada de las otras salvo por ese detalle.

La poensetia muestra su decadencia ante el avance del invierno, inclemente con las plantas expuestas al frío exterior.

Una música acompaña el momento, una espléndida versión respetuosa con el espíritu original de su creador, de “Las fantasíaspara violas” de Purcell, en que sólo las pequeñas motas de polvo, bailan acariciadas por los tímidos rayos del sol invernal, que las hacen visibles.

En la trasera de un edificio, se ve la ropa tendida, mostrando los habitantes de una vivienda, padre, madre e hijos pequeños.

A pesar de estar anunciando mal tiempo generalizado, con chubascos dispersos, luce el sol, cada vez con mayor aplomo, mientras las nubes se retiran.

Observa el poema, en el qué le sobran sílabas en algún verso. 
¿Tiene sentido la métrica? Sin contestarse, él, defensor acérrimo de la poesía libre, sin cortapisas de ningún tipo, empieza a buscar de ajustar ese verso rebelde.

Contempla el resultado, sobre todo que no quede nada forzado, para que exprese, todo aquello que de verdad siente, lo que hay en su interior.

Es una pieza de una sola lectura, para una sola persona, lanzada al aire, para que el viento la lleve.

Cómo una paloma volando, una vez salida de su refugio, puede volver con respuesta o sin ella. 

Pero ya nada será igual.

Un poema que vuela, navega por el espacio, acude a un destino incierto, desconocida su aceptación, será bien interpretado, o será considerado de forma discordante, igual más enriquecedora, pero menos acorde a los deseos del autor.

Terrible dilema que a veces hace temblar el pulso antes de darle la libertad, para poder viajar sólo.

Esperando la llegada del eco, queda la mano encogida, los ojos posados en el paisaje y los gorriones paseando por la barandilla.

Silencio, la música ha finalizado.



Sarrià, 8 Abril 2017.