sábado, 28 de febrero de 2015

GARGOLA





                        Gárgola (obra de Modesto Trigo)



Tenía la ciudad a sus pies, toda para ella sola, la contemplaba con un cierto aire de superioridad, el que se tiene al llegar a lo más alto.

Otra cosa era saber como lo había conseguido o si alguien o alguna circunstancia ajena a ella lo habían propiciado.

Aun dominando la escena, no todos los que estaban a sus pies eran capaces de reconocerla.

La mayoría, pasaba por debajo sin fijarse, en aquella maravilla, ahí en lo alto, sobre sus cabezas.

Esto no le molestaba en absoluto, pues desde su alta posición, no perdía el tiempo en disquisiciones sobre lo que pudiera pensar la gente de allí abajo.

Allí estaba, bien alta, bien plantada, bien distante, sin sentir nada por las múltiples hileras de personas diminutas, que como hormigas afanosas, transitaban por el suelo.

Estaba un poco sola y aislada, arriba en lo alto, el viento le traía parte de las conversaciones que se formaban, pero de forma incompleta y  mezclada.

Así que su conocimiento de la realidad inferior era un tanto difuso, parcial y sesgado.

Algo común, parece ser, entre los que se mueven por las alturas, poseedores de una información confidencial y muy privilegiada.


Y así seguía, contemplando una ciudad hermosa, atrincherada en su superioridad manifiestamente equívoca. 

domingo, 22 de febrero de 2015

UN VIEJO EN LA PUERTA

                     
                                                             Fotografía de internet


La casa estaba en lo alto de un cerro, no muy lejos de la aldea, apenas un kilometro por un tortuoso camino zigzagueante.

Vivía solo en ella, desde hacía bastante tiempo, decían que al poco de irse los hijos, buscando mejores posibilidades, la mujer desapareció y el viejo se quedo esperando en la puerta.

Si pasaba alguien por delante de la casa, devolvía el saludo levantando la mano, jamás decía una palabra, ni iniciaba ningún ritual para que se acercara nadie.

No bajaba nunca al pueblo, vivía de su huerto y sus gallinas, que no se sabía cuando  se ocupaba, puesto que fueran a la hora que fuesen, lo encontraban, allí sentado en una vieja silla de paja, a la entrada, en actitud de espera.

Pues a veces, se acordaban de él y alguien del pueblo subía a verlo, cada vez menos, pues se limitaba a levantar la mano y no decir nada.

Y en el pueblo cada vez había menos gente, jóvenes ninguno, estaba apartado de la ruta principal, con las autopistas  y  los túneles, ya nadie pasaba por allí.

El viejo, cuando empezaba a caer la noche, se recluía en el caserón, atrancando puertas y ventanas, dejando una tenue bombilla encendida en la entrada, señal de que la casa estaba habitada, y de poder ver si se acercaba alguna visita.

Dormía con la compañía de una escopeta de caza de doble cañón, cargada con cartuchos de posta, para asegurar un buen reparto del fogonazo en caso de tener una mala visita inesperada.

Apoyada en la mesita de noche, esas de madera de caoba, con un mármol donde depositaba un vaso con agua y una vieja biblia que releía continuamente antes de quedarse dormido.

Instalado su hueco, hecho en el colchón de lana, solía dormir sus buenas cinco o seis horas seguidas.

Cundo el día clareaba, antes de que el gallo lo anunciara, ya estaba él trasteando por la casa, y al poco se instalaba a la entrada, como montando guardia.

Cosa curiosa, para una casa de campo, no tenía la compañía de ningún perro, ni siquiera un gato comodón, si acaso se suponía que algún ratón rondaría por la casa, pero esos no contaban como domésticos.

Nadie sabía si sentía solo, abandonado, triste, ahí estaba, hiciera el día que hiciera, caluroso o frío, a la puerta, en actitud de espera.

Una noche, de esas oscuras, con el cielo encapotado, llorando desmesuradamente, sin ningún animal fuera de su escondrijo, oyó un ruido fuera de lo normal, la vista la tenía mal, por eso saludaba ambiguamente , en realidad sólo veía sombras , pero oír, oía perfectamente.

Alguien estaba hurgando en la puerta, tratando de forzarla o abrir, con una llave equivocada, se deslizo fuera de la cama, se puso sus viejas y ajadas zapatillas de cuadros con suela de goma, y una bata también a cuadros y también ajada, se la anudó, cogió la escopeta, la armó y bajo sin hacer ruido ni encender la luz, sabía el camino, aunque las escaleras estuvieran en total oscuridad.

Intentó averiguar de quién se trataba, pero sin luz, alguien se había encargado de apagarla o bien se había fundido, y sus cataratas, la verdad es que se fió más de su oído, quien quiera que fuera, no era trigo limpio.

Así que encañonó hacia la puerta cuando  se abría y disparo sin pensarlo dos veces, el fogonazo ilumino lo suficiente para ver a una cara ligeramente conocida, retorcida de dolor, con unas manos sobre el pecho,  de las que borbotaba sangre entre los dedos.

Cuando el cuerpo caía, tuvo tiempo de reconocer a su querida y santa esposa, a la que llevaba esperando durante años, desde que una mala noche de verano, tras una accidentada discusión, salió en busca de sus hijos.

Se quedo quieto, asustado, pensando; no sabía si cargar de nuevo el arma y acabar con su espera.

                                      

martes, 10 de febrero de 2015

PERFUME MUY PERSONAL V



Opium (Parte V)


Allí estaba ella, a la entrada del Liceo, donde la había dejado su fiel Augusto, tras intentar quedarse para acompañarla, en aquel duro trance.

Pero ella se negó en redondo, tenía que cumplir con la palabra dada, el viejo tunante no había querido quedar directamente en el palco, estaba claro que quería hacer el paseíllo y subir pomposamente, enseñando a su presa, Marta.

Lucía con esmero, un vestido negro, sobrio, pero con generoso escote trasero y  una estola de armiño, blanca impoluta.

En su cuello, destacaban unas perlas en doble vuelta, disimulando las primeras marcas del paso de la edad.

Se sabía elegante y que más de una mirada se llevaría; su belleza estaba bien conservada, mal si fuera lo contrario, aún no estaba preparada para ello.

Tan pronto recibió la notificación, en su despacho, comunicándole la obtención del ansiado perfume, se puso a mirar, para cuando estaba prevista una representación de Turandot.

Le gustaba sacarse las obligaciones cuanto antes, una vez cumplidos los compromisos, podía dedicarse a sus cosas con mayor tranquilidad.

Así, que en la entrada del viejo teatro, respondiendo saludos e inclinaciones  de cabeza, de amigos, conocidos y saludados, teniendo que dar una leve excusa, por estar de plantón.

Hasta, que paró un taxi, de esos de pueblo, casi sin distinciones que lo acreditaran como tal, bajándose de él un acicalado señor mayor, enfundado en un clásico pero perfectamente entallado esmoquin, con su plateada cabellera domesticada por un correcto corte.

Marta se quedo asombradísima, parecía otro hombre y mientras Ceferino le cogía  las manos y se las llevaba a los labios, apenas pudo balbucear una salutación  de bienvenida.

Mientras subían la escalinata, con el señor mayor, que no anciano decrépito, mirándolo de reojo, era un poco más bajo que ella, sonreía camino del palco, mientras Ceferino le comentaba, que era la primera vez que acudía a la ópera.

-         ¿Entonces porque esta obra y no otra de mayor renombre?
-         Bueno, no quise parecer inculto, se me ocurrió esta, no te iba  a per Madame Butterfly.

-         Ya, pero esta no es tan representada, podrías haber tardado mucho en verla.
-         Quieres decir que ya estoy mayor, para pedir cosas a largo plazo.
-         No por dios, que cosas se te ocurren.

-         El tiempo da la medida de las cosas, hay que tenerlo en cuenta.
-         Vale, lo que tú digas.

Cuando entraron en el palco, Ceferino mostró su sorpresa, pues estaba situado justo encima del escenario, parecía como si formaran parte de espectáculo.

A sus pies, tenía lo mejorcito del “bel canto”, y a su alrededor, lo mejorcito de la alta burguesía de la ciudad.

A pesar de trapicheos, que le había proporcionado una holgada situación económica, no había entrado nunca en los círculos sociales, de los digamos ricos.

Ya mayor y retirado de la acción, supo invertir su dinero, de forma legal y obtener grandes beneficios, que le daban la oportunidad de tener mejor información y seguir obteniendo más beneficios aún.

Admiró a su compañera,  mostrándose con una exquisitez, inusual normalmente en él, contándole, diversas situaciones de su vida, qué sabía iban a ser debidamente admiradas.

-         Ten, lo prometido es deuda.

-         Ah, muy bien, al fin puedo ir en condiciones.

Le ofreció un paquete bellamente envuelto en papel de regalo, de esos que te dan en las tiendas de pueblo, con motivos florales ciertamente cursis, que no pegaban nada con el personaje, ni con el sitio ni con la situación.

Marta casi se sonroja al recibirlo, bueno en realidad lo hace, y agradeciendo la entrega, lo pone rápidamente en el bolso de mano, sin mirarlo.

-         ¿Te costó mucho conseguirlo? ¿Cómo lo hiciste?
-         Bueno, eso es un secreto profesional, fue entretenido.

No podía comentarle que se limitó a echar mano de un contacto, que salió mal, no es un producto que se pueda vender en un tenderete de feria; y luego contactar con la empresa, para conseguir obtener algo de los stocks retirados, por cambio de desarrollo de producto, ahí sí tuvo suerte.

Ahora estaba en condiciones de mantenerla perfumada por el resto de sus días, aunque esperaría acontecimientos, para decírselo.

Estaban dando el primer aviso de inicio de la función, se sentaron, tenían el palco para ellos solos.

-         ¿Cómo has venido 

     En un taxi, claro.

-         Te irás después de la función.

-         No, claro que no.

-         ¿En qué hotel estás alojado?

-         ¡Ah, en ninguno, un amigo me ha dejado un apartamento, es un sobreático, en el Paseo de Gracia!

-         Caramba, tienes buenos amigos.

-         Si, pocos pero buenos, se portan muy bien.

-         Será que te deben favores.

-         No para nada, si fuera así, no lo aceptaría, simplemente me aprecian.
-         Entonces tengo que empezar a verte de otra forma, no como un simple proveedor.

-         Eso espero.
Marta empezó a pensar en una noche larga, e inmediatamente, envió un mensaje a su marido, para que no la esperase, no pensaba ir a dormir a casa.

Ceferino esperó a que acabara con el teléfono y le cogió de la mano cariñosamente, disponiéndose a disfrutar del espectáculo y de la compañía.



http://youtu.be/XoTa-b7cUw0