domingo, 27 de julio de 2014

Había una vez








Había una vez

Había una vez una princesa buena,  trataba con educación a su personal y siempre pedía las cosas por favor, dando las gracias cuando había sido cumplida.

Todos a su alrededor se sentían a gusto, pues irradiaba optimismo, estaba de buen humos constantemente y no permitía que una desazón se contagiase.

A medida que fue creciendo y adquiriendo conocimientos, su comportamiento se fue haciendo más reflexivo pero no más aburrido.

Con lo que el nivel de exigencia al personal a su servicio se fue haciendo más elevado, lo mismo que con sus tutores.

Cuando adquirió el desarrollo físico adecuado, consideraron oportuno que se iniciara en las artes marciales.

Pues era del todo necesario se supiera defender en cualquier contingencia, así como también se le dio una formación adecuada en cuestiones de protocolo y comportamiento  social.

Enseguida le gustó el arte de la danza, pasear por los jardines, tocar el clave y deleitarse con la lectura de libros de las horas.

El tema de la espada le costó un poco más de tiempo lo cual no quiere decir que no acabara dominándolo igualmente.

Como nadie se atrevía a tocarla físicamente, por el respeto debido a una dama de tan alta alcurnia, el tema de la lucha personal, lo llevó con una instructora, campeona olímpica en…. ¡da igual!

En el tiro, tuvo un instructor militar, que aprovechaba cualquier circunstancia, para ilustrarla en cuestiones de valores patrios, que ella no asimilaba convenientemente, por no ser  muy de su gusto.

Cuando todo ello consiguió un nivel de autoprotección, que le permitía ser bastante autosuficiente, para cuidar de sí misma.

Momento en el que sus regios padres, le permitieron tomarse unas vacaciones totales, es decir, salir del palacio, de la corte y del país y adentrarse  por los vericuetos de otras sociedades.






Y había también

Un muchacho incorporado a la ciudad, escondido en los bajos de un camión, cogiéndose con un cinturón que le sujetaba por encima de la transmisión.

Fue un viaje doloroso que pudo sobrellevar gracias a su pequeño tamaño, que le permitió instalarse en tan desagradable lugar, durante cientos de kilómetros.

Cuando llego, tras deambular por todo tipo de barrios, durmiendo en los bancos de los parques y comiendo de lo que dejaban abandonado en las papeleras, fue atrapado por una batida de la guardia urbana.

La mayoría de los que estaban en su situación, eran senegaleses cameruneses y de etnia negra, aquél día fue el único blanco, en realidad le llamaron morito, cosa que sin saber porque no le gusto nada.

Pero le dieron comida caliente y una cama para dormir, lo cual en su desconfianza de cualquier tipo de autoridades, lo tolero por necesidad.

Una de las voluntarias que acudían al centro para ayudar en la formación y desarrollo de los chicos, se intereso por él.

Al darse cuenta que era apreciado por su precario estado, su total abandono de ninguna relación de afecto familiar, que denotaba con su fría mirada, siempre pérdida tras la actividad frenética de ella en el portátil.

Le enseñó todos lo necesario para valerse con un ordenador, el chaval era despierto y lo fue pillando todo con una rapidez inusitada.

Cuando le enseño el fabuloso mundo de internet, a él se le abrieron los ojos ante la posibilidad de ver cosas de su mundo anterior.

A escondidas de ella vio páginas de las conocidas como para adultos, pero se cansó enseguida, tras adentrarse en una web en la que se sintió reconocido.

Le hablaban a él y solo a él, le mostraron cual era su papel en la sociedad, y cuál era su gente, poco a poco fueron captándole y atrayéndole, hasta hacerle ser un religioso ultra.

Notaba cierta contradicción entre lo que le decía su gente y la realidad de aquellos que le acogían, pero a medida que fue adentrándose en el mundo del fanatismo religioso, empezó a ver la depravación del mundo occidental.

Cuando cumplió los dieciocho, paso a ser mayor de edad y ya no tenía que ir al centro a dormir.

Sus nuevos amigos le proporcionaron un piso compartido con compañeros algo mayores que él pero que le trataban como a un igual.

Le respetaban por su alto conocimiento del Corán y su interpretación de las normas  de su ley.

Siempre con la mochila al hombro, que poco a poco fue cargando con desprecio que convirtió en odio a sus nuevos conciudadanos, por infieles y de costumbres totalmente disolutas.

De cara al centro mantenía su comportamiento de chico desvalido y perdido en la gran ciudad, lo cual le permitía seguir en contacto a pesar de ser mayor de edad.

Mundos separados por las cortinas sociales, esas que hacen que en contadas ocasiones unos vean a otros, a pesar de compartir una misma ciudad.

Mezclado entre estudiantes, entro en el metro, a la hora convenida, su participación era importante para la causa.

El hecho de entregar su vida, no le descorazonaba en absoluto, había visto lo suficiente, para saber que no saldría de ser un pobre muchacho, con ganas de curiosear.

Pero que en la sociedad de acogida, aparte de exigirle mucha dedicación, con poca retribución, no pasaría a una integración completa.

Por eso, con sus nuevos amigos, se sentía una persona, incluso una persona importante, capaz del máximo sacrificio, por complacerles.

Con ello conseguirían, en un futuro, imponer su modelo de sociedad, basado en unas normas y creencias, rígidas pero fáciles de seguir.

Mientras pensaba en todo ello para darse ánimos, miro furtivamente a sus compañeros de viaje, le dijeron que no se fijara en nadie, para no perder concentración y no personalizar el odio en nadie en concreto.

Pero se sintió tan superior, por ser el autor del acto que cambiaría el destino de sus acompañantes, que acabo mirándolos fijamente.

Hasta que su mirada se cruzó con otra igualmente imperativa, unos ojos que escaneaban todo lo que veían, de una hermosura desconocida hasta entonces por él.

Todo en ella, a pesar de una vestimenta típica de estudiante, emanaba autoridad, se quedo tan prendado, que olvido para que estaba ahí y que es lo que tenía que hacer.

Mientras acariciaba el botón del móvil, necesario para iniciar la masacre, se dio cuenta, de que no podía destruir esa mirada, esos ojos le indicaban que no era esa su misión en la vida.

Mientras esos ojos fijos en él, le provocaban cierto sonrojo, ella inicio un connato de sonrisa, sus emociones empezaron a cambiar de prioridades.

¿Pero y si estaba contemplado su momento de duda, para activar el detonador a distancia por medio de una llamada?






sábado, 12 de julio de 2014

El profesional















Ya hacía mucho tiempo que no tenía remordimiento alguno, al principio sí que se había sentido un tanto extraño, pero a medida que fue desarrollando y mejorando su técnica, se convirtió en un trabajo placentero.

Le obligaba a viajar constantemente, cosa que siempre le había gustado, lo de conocer gente no se le daba muy bien, pero las ciudades sí.

 Además le proporcionaba mucho tiempo libre, pues entre trabajo y trabajo, solían pasar muchos días, incluso meses, pero con su alta remuneración, se lo podía permitir tranquilamente.

Estaba en la élite de la profesión, aunque no se conocían, si sabía de sus colegas, se tenían un respeto  total y a nadie se le ocurriría interferir en la actividad de la competencia.

Era un trabajo anodino, en cuanto  qué, el anonimato era imprescindible, para el desarrollo de su actividad y el buen nombre de sus clientes.


Pero alguna vez, el trabajo incluía un poco de teatro, como aviso a navegantes, de lo que podía ocurrir, en ciertas desviaciones de un guión no escrito.

Algunos encargos, como gente mayor, cuyos herederos tenían prisa por reordenar sus vidas, con la ayuda esperada, eran muy sencillos y fáciles de realizar.

Otros cuyo inicio, podía ser la venganza, no le resultaban tan gratos, aunque el cumplía exactamente igual, siendo el resultado impecable.

Incluso algunas veces, se sentía como un brazo de la justicia, cuando su labor consistía en acallar, al típico usurpador de voluntades ajenas.

También había silenciado testimonios conflictivos, que ningún bien podían proporcionar a sus clientes, gente altamente profesional, que no se detenían por algún defecto de forma, en sus actividades lucrativas.

Me dedicaba a cumplir con el encargo solicitado, sin preguntar el por qué, aunque pudiera intuirlo, para evitar precisamente, ninguna sensación de juicio de valor, nada que afectara a su conciencia.

Algún crio, que podía interferir en derechos sucesorios, se le había atragantado un poco, pero verlos como seres molestos, con mocos y berreando, le facilitaba mucho, tomar la decisión adecuada y rápida.

Con los banqueros, que habían tomado decisiones provechosas, en su cuenta personal, se sentía especialmente a gusto, últimamente había tenido varios asuntos con ellos, incluso se permitió con uno, en verle la cara de pasmo cuando se presentó ante él a pecho descubierto.

Fue un error imperdonable, fruto del dominio de la situación, a la que había llegado en su carrera.

Aunque con el último, había rizado el rizo, pues tratándose de una mujer, de muy buen ver, con una cartera muy amplia, necesitada de un poco de cariño,  en un mundo de tiburones, donde la desconfianza era ley.

Se permitió una convivencia de varios meses, con viajes de negocios por en medio, a parte de las salidas puramente placenteras.

Se enamoró perdidamente, pues en su vida los afectos eran cuestión de horas y se planteó seriamente, no realizar la operación encargada.

Pero su sentido de la responsabilidad se impuso, permitiéndose eso sí, una acción más elaborada, con un resultado más aséptico e indoloro para ella.

Con la cantidad de accidentes caseros que se producían, incluso laborales, tráfico, negligencia médica, suicidios etc. etc. No tendría problemas.

Era un profesional.



domingo, 6 de julio de 2014

Armario II








Para Albada2


Cuando me desperté, gracias al tañer de las campanas, hecho un ovillo, en el suelo encima de la esterilla que había en el suelo al lado de la cama, estaba apestando a una mezcla de olores poco recomendable.

Lo primero que intenté, fue coger mi mosquete para salir corriendo, hasta que me di cuenta que estaba en la habitación del armario, a salvo de cualquier contingencia y sin aviso de coronela. La unidad militar urbana, formada a partir de los gremios, y que aportaban a sus componentes en defensa de la ciudad, cuando esta se lo solicitaba.

Tenía la misma sensación, por mi apestoso estado, de acabar de salir de una “patum” y de  dormir en una tienda de scouts a finales de una acampada estival.

Me arrastré hasta el baño, donde esperaba que tras pasar por la ducha, podría tener la serenidad suficiente para pensar en todo lo ocurrido de una manera racional.

Así me quedé un buen rato bajo la alcachofa chorreante, puesta a la máxima presión, esperando se activara mi neurona.

Cuando al cabo de un buen rato, seguía sin aclarar de una forma coherente, lo que me había ocurrido. Pensé que lo mejor era dejar las cosas como estaban, suponer que había tenido un sueño curioso, por una digestión pesada.

Cuando ya estaba en condiciones de bajar a desayunar, vestido convenientemente, opté  por coger la ropa que llevaba durante mi viaje al pasado. Supuse  que lo mejor sería tirarla, pues recordaba haberme hecho algún siete, mientras estaba en las murallas, y sin duda su olor tumbaría de espaldas a cualquiera.

Pero no era así. Estaba como antes de entrar en el armario. Con el olor normal, a ropa usada por una persona aseada.

Desayuné unas tostaditas con un rico aceite de oliva, procedente de una cooperativa de pueblo, hay que decir que es una costumbre sana y de un precio adecuado. Las acompañé con un zumo de naranja natural y un café sólo.

Salí a dar una vuelta, tenía cerca un convento. Me gustan los edificios de arte románico, pasearme por sus salas y sobre todo, por esos claustros que son remansos de paz, donde sólo suena el salpicar del agua de la fuente, que suele haber en medio de su jardín.

Me imaginé sentado sobre una piedra, recitando mis oraciones, mientras los hermanos realizaban sus actividades: la limpieza, el trabajo en el huerto, cocinar los alimentos para el refrigerio, los copistas inclinados sobre sus mesas, el coro entonando los cánticos, y yo totalmente solo, en el patio interior del claustro, rezando por todos ellos.

Pero a mi ensimismamiento le faltaba algo, no tenía la realidad envolvente obtenida dentro del armario, aquello era real, esto una ensoñación más o menos sentida.

Así que recuperé mis pasos perdidos, volviendo al hostal fantástico, mientras iba comiendo unas cerezas estupendas, en su punto justo de maduración, ventajas de ser cogidas del árbol por uno mismo, con el supuesto permiso del agricultor dueño  del huerto.

Tras dejar un rastro de huesecillos por el camino, llegué a mi destino y recuperé mi magnifica habitación, con su armario impoluto y su luna brillante, que me invitaba a entrar sin pérdida de tiempo, y eso hice.




sábado, 5 de julio de 2014

El armario I




Para Enric

En esta tesitura de forzar la apertura del armario, con la fuerza sentí como cedía el fondo del mismo, momento en que la música la oí en toda su magnificencia.

Estaba en una sala magnífica, bellamente decorada, donde unos músicos situados sobre una plataforma tocaban sus instrumentos, que en principio me sonaran como perteneciente a la capilla real, iban con atuendos de época.

La sala estaba bastante llena, con gente mayor sentada en sillones isabelinos y jóvenes danzando en la parte central.

Al irrumpir por sorpresa, note sobre mí todas las miradas, algunas de sorpresa y otras reprobatorias, el cese de la música y el inicio de murmullos.

En ese momento de silencio expectante, suena un estruendo, luego varios más le siguen, todos los ocupantes se despreocupan de mi, salen corriendo, mientras el bombardeo se intensifica.

Una mujer me ayuda a incorporarme, me aconseja que me vaya, ¿pero  a donde?, no sé donde estoy.

Está claro que están acostumbrados a los bombardeos, no cunde el pánico, solo el buscar un refugio seguro.

Poco a poco me voy apercibiendo, por el comportamiento, vestimentas forma de hablar y los hechos que se producen, de que estoy en mi ciudad, pero en el siglo XVIII,  asediada y hostigada por las tropas borbónicas.

Los hombres se aprestan a salir hacia las murallas, en defensa de la ciudad, las mujeres empiezan a preparar lo que serán vendas y material para curas de los futuros heridos.

 Mientras otras, se dedican a pie de las defensas, a cargar los mosquetes, utilizados  por las milicias.

Soy un hombre de paz, nunca he intervenido en un conflicto, pero algo me hace salir corriendo a unirme a la suerte de los defensores,

Lo más parecido que puedo imaginarme sobre la situación en la que estoy, es recordar el Álamo, y su defensa hasta la extenuación.

No me importa, ahora estoy en esta tesitura y la acepto, aún recuerdo algo de mi puntería en las ferias, pero esto es distinto, no disparo a un patito amarillo sino a una casaca azul.

Los asaltantes son tantos, que solo mirarlos marea, la ventaja es que no se tiene que hacer un esfuerzo para acertar, haces diana aunque no quieras.

Gracias a que nos recargan con presteza el mosquete, podemos dispara con mucha frecuencia y los pocos efectivos, multiplican su capacidad de resistencia, para desespero de los asaltantes, que ven frustradas una vez más, sus ansias de conquista.

A medida que anochece, la acción bélica decrece, y la calma tensa se expande por la muralla, a la espera de alguna reacción.

Se quedan los vigías y los demás nos retiramos, no sé dónde ir, pero enseguida me acogen, en casa de unos comerciantes de tintes y productos de lo que llamaríamos droguería.

Cenamos en unos cuencos de madera, lo que podría ser una “escudella” o caldo con hecho con productos indefinidos y no recomendables de preguntar.

Pero cumple su función de reconfortarnos, la mujer me pasa una manta y me dice que puedo dormir sobre el mostrador o el suelo, lo que prefiera, escojo el suelo, sobre unos sacos, que me protegen de la humedad del suelo, pero no del husmeo de las ratas.

Podemos dormir más o menos tranquilos, pues en caso de emergencia, las campanas de todas las iglesias de la ciudad, tocaran arrebato, y la milicia se pondrá otra vez en pie, en su defensa.

Me quedo contemplando el dedo gordo del pie izquierdo, que asoma por un agujero en la bota de un compañero, estirado en el suelo como yo, diría que no era negro.