viernes, 28 de febrero de 2014

Sorpresa tras la tormenta





                                                     Fotografía obtenida de internet



Había llovido mucho y durante mucho tiempo, en el viejo caserón, allá entre montañas, la única preocupación era ir poniendo, cubos barreños y palanganas, bajo las goteras, para recoger el agua que se colaba por los huecos que las tejas desplazadas por el viento, les dejaban libres de paso.

Incluso las meigas que habitaban en el bosque de castaños que había alrededor, lo habían abandonado para resguarde en la húmeda buhardilla.

Allí en la galería, a resguardo de las inclemencias, esperábamos que regresara el reinado del sol, cuyo anuncio venía marcado, en ocasiones sumamente especiales y por ello muy valorado, por la aparición del esperado arco iris.

En ese momento, siempre embobados, críos y adultos, diferenciados por que unos chapoteaban el los charcos, aunque siguieran cayendo gotas, salían al exterior a disfrutar del fin de la tormenta, admirando los colores expuestos en el cielo, sin ninguna connotación social.

Las victimas de todo ello era los caracoles, que sacaban sus casas a pasear por los bellos prados mojados que facilitaban su desplazamiento y con ello su captura, para llenar la cazuela de un apetitoso manjar, curiosamente denominado, caracoles a la cazuela.

Algunos de ellos, por su habilidad en los desplazamientos rápidos y control de las derrapadas, conseguían salvar su destino, cómo caballos trotones con el carro a cuestas, participando en carreras, evidentemente clandestinas, por el suelo de la cocina.

No nos consta las cantidades y el tipo de apuestas, pero estas se realizaban y contaban con la participación de todos los inquilinos, incluidas las damas del bosque.

jueves, 20 de febrero de 2014

Gasolinera bis

                                      Gasolinera (Cuadro de Hopper)


Pensar en la desolación que siente, el hombre que está en paro laboral y no es capaz de aceptarlo, aferrándose a sus rutinas diarias cómo si nada hubiera pasado.
Salir de casa a la misma hora, encontrarse en los mismos lugares viendo las mismas caras, comentar el último partido del equipo favorito con los contertulios, mientras se saborea el primer café del día, el que nos pone a tono para la dura jornada.
Sólo que esta no llega a cumplirse, se queda en los prolegómenos y luego dirige sus pasos hacia no se sabe dónde, cualquier lugar donde pasar el día, da igual un parque, que una iglesia, que la biblioteca municipal.
Lo que no podía soportar era ver una obra, esa actividad que parece reservada a los jubilados, que se explayan comentando la progresión de las obras públicas.
No había completado su ciclo, tenía mucha vida útil por delante, como para contentarse en ser un convidado pasivo.
El no lo sabe, pero en el café de la gasolinera, el muchacho que le prepara y le sirve, está al corriente de su situación y por eso le sigue cobrando la consumición al precio antiguo.
Todos saben que no quiere tirar la toalla, pero él no aceptar su situación, tampoco le ayuda mucho, pues los que no saben, no le pueden ofrecer nada.
Pasan los días, las rutinas se repiten, la cartera está más rozada, las ropas más ajadas, el pelo más largo,
los zapatos gastados y muchos días que no le apetece tomar nada.
Pero siempre hay alguien que le invita a un café.






domingo, 16 de febrero de 2014

Carta de bienvenida

                      Acuarela de Mª José Gaya                     



Aleix
¡Hola! Tú aun no lo sabes, eres un recién llegado, somnoliento y con los ojos semi cerrados, pero está amaneciendo, la ciudad se llena de luz poco a poco, los colores afloran en toda su intensidad, el calor del sol también despierta los olores que las calles encierran.
El movimiento  empieza a notarse con la circulación de vehículos, las tiendas empiezan a subir persianas, por donde entran, de momento las mercancías, es pronto para los clientes.
Has llegado en momentos convulsos, pero en esta sociedad nuestra, casi siempre lo son. Al final te acostumbras y no pasa nada. Mejor no hacer caso de dioses y banderas, qué sólo sirven para dividir a la buena gente.
Quizás  a una de las ciudades más bonitas, escogiste bien el destino, pero con los padres que tienes, era lo normal. Hay quién dice, que no se escoge, que es cuestión de suerte, en cualquier caso seas bienvenido.
La cuestión es que estás aquí, en una antigua villa, absorbida por la gran ciudad, la del anillo olímpico, el barrio gótico, las ramblas, la Sagrada Familia, qué igual ves como se acaba, y un montón de cosas más, que con el tiempo iras descubriendo.
Aun estando en pleno invierno, el sol se hace notar, está avanzando el día, la gente empieza a moverse y todo coge vida.
Hasta las flores que esperan ser compradas nos sonríen, Incluso los titulares de la prensa expuesta en los kioscos parece menos insultante, hoy tendremos un buen día.
Pareces un tipo tranquilo, claro que son tus primeras horas y estas bajo el efecto del jet-lag de la llegada, que sin ánimo de ofender, duró lo suyo.
Nos tenías a todos en ascuas, sin atrevernos a decir nada, no fuera caso que despertáramos el nerviosismo general, como si no estuviese tu padre sin uñas ya.
Lo de tu madre no se comenta, simplemente ya se ha ganado el cielo.
En fin, a medida que te vayas afianzando y encontrando tu lugar aquí, te irás dando cuenta, superado el trauma del resto de familia que te ha tocado en suerte, que no es un mal sitio para instalarse.

 ¡Te gustará!

domingo, 9 de febrero de 2014

Atmósfera



                                  Foto del autor

Le consideraban un buen narrador, sus escritos eran apreciados, por los conocedores de la dificultad que entraña la creación literaria.
Pero se sentía desdichado, por no tener el reconocimiento del público, ni ser leído en masa y sin tantas tonterías, sobre si estaba mejor o peor, literariamente hablando.
Simplemente se había quedado en un creador, que transmitía muy bien la atmósfera, de una situación, del ambiente en una narración, pero poco mas daban de si, sus cuentos.
Pero él vivía intensamente las acciones y situaciones que narraba, entraba en un estado febril, que le incitaba a continuar hasta el final.
Cuando se ponía a escribir, todo él se transformaba, se sentía legionario, gánster, detective, lo que hiciera falta y requiriese la narración.
Así y todo, había algo que le fallaba, o no eran creíbles, o eran demasiado fantasiosas, la cuestión era que no daba en el clavo, como se decía vulgarmente, se quedaba en el envoltorio.
Esto le producía una desazón que le carcomía por dentro, empezando a afectarle en su creatividad.
Estaba empezando a sentirse preso, dentro de una celda lúgubre, con paredes llenas de musgo, por donde rezumaba agua pestilente que encharcaba el suelo.
Intentaba mantenerse en equilibrio, sobre un miserable taburete de tres patas, que más parecía de juguete que para una persona adulta.
Dado que no podía tumbarse en el suelo, donde un montón de paja maloliente y evidentemente remojada, hacía las veces de jergón, se veía ahí puesto como un animal cérquense, para risa de los vigilantes.
Apoyando el papel, en el descansillo de la ventana, mejor decir un respiradero, dado que daba a un patio interior minúsculo, por el que no entraba luz alguna, intentaba escribir, lo que sentía, lo que estaba viviendo.
Con lo que sus condiciones iban empeorando por momentos, a medida que desarrollaba el tétrico relato.
Sin percatarse que su escrito, le estaba llevando a una situación límite, empezaba a entrarle la angustia de verse recluido de por vida en unas condiciones pésimas.
Siempre se había considerado lo suficientemente hábil, para darle un quiebro a cualquier situación imaginada, para darle con él un cambio de sentido y salvar cualquier situación.
Por ello, dentro de la penuria de su actual situación, tenía el resquicio de esperanza, de poder resolver su penoso encierro, imaginando un indulto qué traerían en el momento crítico.
Cuando ya creía que sus fuerzas ya no daban más de sí, y ese momento ya había llegado, se dispuso a escribirlo.
No encontró el lápiz, miró en la repisa, en el suelo, en el montón de paja, entre sus harapos, quitándoselos para asegurarse entre sus costuras y bolsillos, desesperado introdujo la mano en el cubo donde hacía sus necesidades. Nada.
Llegó a la conclusión que alguna de las ratas que le discutía la propiedad del mendrugo de pan que le servían, a ratos aleatorios, para despistarle en la hora que vivía, se habría comido su instrumento de escritura.
Desesperado, y con las fuerzas mermando por momentos, intento morderse para obtener un poco de sangre con la que escribir su salvación.
Cuando extrañados por su ausencia durante un largo tiempo, conocidos suyos se presentaron en su casa, sin obtener ninguna respuesta, avisaron a los bomberos, los cuales entraron en la vivienda, recibidos por un fuerte hedor, que les presagió una realidad escondida en un cuarto, donde un cuerpo yaciente, con una mano extendida, había escrito en el suelo.

Comunicamos el indulto para....

sábado, 1 de febrero de 2014

Una calle










Una calle del Barrio Gótico de Barcelona

Volví paseando por aquellas estrechas calles, llenas de turistas curiosos, despistados y desconfiados, el frio invernal y la humedad congénita de la ciudad, no les había hecho desistir, de destripar un poco de historia de la parte vieja de la ciudad.

El sol, apenas se vislumbraba por la estrechez de las calles, inclinadas, recoletas, inimaginables, con aquellas porterías inmensas de palacetes, reconvertidos en museos, hoteles, restaurantes, donde la nobleza,  generaciones hacía que no se resguardaba.

Encontré, sin buscar, la calle donde puse, tiempo ha, mi caballete, mi lienzo y mis pinturas, y ante otros turistas despistados y autóctonos presurosos, inicie un cuadro imposible, donde plasmar el paso del tiempo por una calle, en la qué aún resuenan, cientos de palabras de muchas conversaciones inacabadas.

Me venían a la memoria, los comentarios vertidos sobre mi obra, despiadados unos, considerados otros, indiferentes los más, despreciativos algunos, elogiosos pocos.


Ahora no llevaba ni lienzo, ni caballete, ni pinturas, sólo una cámara con la que pude captar, la luz, los colores, tu sonrisa, pero no las palabras que rebotan entre las paredes de la calle, de esas conversaciones inacabadas.