sábado, 28 de septiembre de 2013

Toros, toreros, mozos y demás animales (tocata y fuga de pueblo en fiestas)

                                                                      foto de internet

Como cada verano, en el pueblo de Villa Alcurnia de abajo, están preparados para las fiestas de San Lorenzo, patrón del pueblo desde tiempos inmemoriales, aunque el maestro nunca lo había podido confirmar con exactitud, ya que ese dato no constaba en la Wikipedia.

Ahí se pueden contemplar a los mozos de varas, cómo se adentran por la dehesa, en busca de los toros elegidos para la fiesta, quienes en ese momento se hallan reunidos bajo un encinar, celebrando una asamblea.

Por lo visto no los han sindicado  en  fiestas y espectáculos, sección callejeros, y ellos reivindican saber a qué gremio pertenecen exactamente, pues luego hay dimes y diretes por las cuotas profesionales colegiales.

Andan comentando el descontento reinante, pues saben por otros que es que, amén de no saber con certeza su función festiva, además nunca les explican el final de la fiesta. Sólo saben que tienen que correr pueblo abajo hasta llegar a Alcornoques de arriba, persiguiendo a los mozos del pueblo y los forasteros, y que los distinguirán por sus pañuelos vistosos en los cuellos.

El jefe de la cuadrilla de mozos, tras escuchar a Pinto, llama al concejal de cultura del Excelentísimo Ayuntamiento, para comunicarle el hecho y decirle que habrá un notable retraso en la recogida de una manada adecuada, por lo que le anima a notificar a los músicos de la banda municipal, que preparen más repertorio de temas para la jornada.

El susodicho le conmina a venir de inmediato y dejarse de monsergas,  que los mozos ya llevan un rato acudiendo a la plaza de salida, y están acabando con las provisiones de cazalla.

El capataz se saca la boina, dice sí señor,  se guarda el teléfono de última generación, maldice al señorito de turno, y les dice a los compañeros, que arreando qué es gerundio, como oyera una vez a su padre, y le gustó.

Así que sin escuchar más alegatos ni preguntas de los astados, abren el camión, e invitan a los toros a ir subiendo empujándoles con las picas. Los susodichos empiezan a protestar, a decir que eso no son modales y que no se tienen en cuenta sus derechos. Que con un palo en la mano todos son valientes.

El traqueteo del camión hace vomitar al zahíno, y todos le recriminan ser tan tragaldabas de buena mañana. Cuando llegan a un cruce, con el resbalón de Pinto sobre la madera, la puerta trasera del camión queda abierta.

Pinto, no se lo piensa, dice a los cinco compañeros: pies para qué os quiero, vámonos camaradas. Ya sabe que sin rampa la bajada no será cómoda, y que han de ser rápidos y sobre todo sigilosos,

En esto unas espabiladas vacas, amigas y conocidas del lugar, viendo un camión abierto con tan bella carga, optan por empujar unas balas de paja hasta la trasera del vehículo para facilitar el descenso sin merma de las facultades físicas de los fugados.

Así, con el morro, va animando a bajar a todos, bajando Pinto el último y cuando con el asta cierra la compuerta del camión, sabiéndose libres de nuevo, se esconden en la caseta de labranza de una era cercana, quedando en silencio hasta ver lejos el destartalado y ahora vacío camión de marras.

Cuando el armatoste llega a destino, los miembros de la comisión de cultura están sobre ascuas, la televisión local tenía prevista una conexión, la cual había conseguido en concejal para hacer méritos y promocionar al sr. Alcalde.
La cara de asombro y enojo fue monumental. Se pidieron explicaciones al conductor y su acompañante, ambos en estado etílico crónico por ser adictos al carajillo. No pudieron dar razón de la carga introducida, ellos sólo trasladaban la carga sin supervisar.

No dejan de rascarse la cabeza, negando responsabilidad alguna. y sin saber explicarse de una forma coherente, ni siquiera como han llegado hasta ahí.
Mientras tanto cinco toros caminaban junto a unas vacas, espantando moscas con un ritmo cadencioso, con sus rabos al sol.

viernes, 13 de septiembre de 2013

La máquina de escribir


Era una casa abandonada, tenia las puertas y ventanas tapiadas con tablones, di la vuelta para ver la parte trasera, en una ventana, habían quitado las tablas para poder entrar, algún vagabundo, ladronzuelo o caminante como yo, necesitado de un cobijo durante la tormenta.

No me lo pensé dos veces y me introduje, no sin cierta dificultad dadas las dimensiones de mi barriga, en lo que parecía una cocina, pues metí el pie en un fregadero, con platos sucios y seguramente rotos por una visita anterior.

Gracias a los rayos de la tormenta, pude vislumbrar algo del interior, estaba todo muy sucio, con los armarios abiertos y vacíos.

Una cocina económica, en la que quedaban restos de la leña usada, sin quemar, potes sucios por encima de la encimera, que era de baldosas, supuse que marrones.

En una de las iluminaciones breves, vi unos ojillos que me miraban fijamente, antes de desaparecer, del escurre platos que había encima de otro fregadero mas grande y de mármol, de esos que apenas tienen profundidad y te salpica todo, dejándote siempre en un estado lamentable si no llevas delantal.

Era un ratón de campo, solitario, y que estaba dando cuenta de algo, en su privilegiada posición para observar la entrada de intrusos como yo.

Me adentré en una estancia contigua que debía de ser el comedor, donde una chimenea de considerables proporciones, dominaba la estancia con majestuosidad.

Ahí tuve que echar mano de unos fósforos para hacerme una idea de lo que había y cómo era, vi un sofa desvencijado y un sillón de orejas con los muelles saludando.

Saqué de mi mojada mochila, una linterna de petaca, esperando que con el tiempo transcurrido, se hubiera recuperado algo la pila y me permitiera seguir con mi exploración.

La tormenta empezaba amainar, y sólo el agua de la lluvia caía regularmente, con  una canción que siempre me venía a la cabeza, en estas situaciones.

Al salir, me encontré en lo que seguramente era el recibidor y la puerta de entrada, con una escalera de madera, a la que le faltaba un trozo de barandilla, seguramente utilizada para el fuego.

Subí arrimándome a la pared, sin fiarme de coger el pasamanos, me encontré en un distribuidor con varias puertas, eran habitaciones vacías, sin muebles, menos una que era más amplia y tenía una cama y un escritorio, también tenía un baño, que a su vez daba al distribuidor.

Sobre la mesa, había una vieja máquina de escribir, de esas con cinta de carbón, y papel en cuartillas, teniendo en cuenta que era lo único que había, la verdad es que chocaba bastante.

Intente cogerla para verla mejor pero parecía clavada al tablero, no había forma de moverla, a pesar de darle golpes a la linterna, está decidió apagarse sin consultarme su decisión.

Estaba tan cansado y entumecido, que opté por tumbarme en aquella cama sin importarme su estado, con tal de que me diera la posibilidad de un poco de descanso.

No recuerdo nada más, hasta que los rayos del sol me iluminaron la cara despertándome, al incorporarme y fijarme en la máquina de escribir, vi que había algo escrito en un papel un tanto amarillento.

La verdad es que me quede asombrado, las piernas me flaquearon, y me senté en la silla anonadado, estaba leyendo, algo que conocía perfectamente, pues soy de los que recuerdan los sueños, mis parejas decían incluso que los declamaba en voz alta.

Y ahí estaba, en una redacción  un tanto inconexa, el recuerdo de mi última pesadilla, la que me atormentaba y me obligó a escaparme de mi casa.

Grité, no puede ser, no puede ser, está mi confesión!

Las teclas se pusieron en marcha obedeciendo el dictado de mis palabras, intente arrancar el papel, pero fue imposible.

Cuando me vinieron a buscar, era un pelele agarrado a una maquina de escribir, gritando y arañando un papel indestructible.

Los agentes me agradecieron que les facilitase una confesión tan completa y llena de detalles, sacaron el papel sin problemas y se me llevaron en el coche celular.




domingo, 1 de septiembre de 2013

El contrabandista

                                                                     Foto del autor


Oía el chocar del agua contra las rocas y gracias a la Luna podía ver un poco, la espuma blanca que se formaba.

Estaba escondido en una oquedad, a salvo de miradas vigilantes y del salpicado que producían las olas más fuertes.

A lo lejos, mar adentro veía las luces de las barcas faenando, ajenas a una de ellas que poco a poco se iba desplazando hacia el acantilado, sin observaciones indiscretas, por parte del resto de la flotilla. 

Calculé que aún tardaría un buen rato, podía liarme un pitillo, pero encenderlo podría delatarme, y eso con mi historial, sería funesto para mi.

La Luna a ratos se escondía tras las nubes, dejándome contemplar una festivalera noche veraniega con todas sus estrellas puestas, destacando como una princesa la Polar.

Aquí frente al mar, todo se reducía a una espera más o menos larga, y una actuación rápida a la hora de coger el alijo que traía la barca.

Recordando mi época en la frontera montañosa, andando por senderos, solo conocidos por nosotros y algunos, por suerte no todos, por nuestros depredadores naturales.

Íbamos con fardos, que parecían pesar un quintal, muchas veces eran utillajes para la industria que empezaban a descollar en nuestro país, a pesar del poco interés puesto por las autoridades para que se desarrollaran, para eso estábamos nosotros, llevando piezas.
Era duro, pero bien pagado, y teníamos la conciencia bastante tranquila, total eran útiles necesarios para trabajar.
Ahora era distinto, cogíamos fardos de tabaco, para evitar impuestos, y eso no me hacía ni fu ni fa, pero eso si, nunca quise saber nada de drogas, lo tenía muy claro.

Contemplando el cielo, tenía una vista espléndida, un hermoso cielo lleno de estrellas, destacando majestuosa mi adorada Osa Mayor, odio que le llamen carro, es una vulgaridad.

He visto unos haces de luz, la patrulla se acerca, están por el camino de ronda, intentando otear i se acerca alguna barca, por suerte son tan ruidosos y con la luz que llevan se les ve enseguida, en el fondo es lo que quieren, para no tener líos.

Normalmente actúan cuando tienen un chivatazo de algo jugoso, las menudencias nuestras no les subyugan lo suficiente y nos dejan hacer.

Pero tampoco se trata de provocarlos claro, sería atentan contra su profesionalidad, nos conocemos las reglas y actuamos en consecuencia.

Esperaré que pasen y haré las señales para que desembarquen el  alijo, a lo mejor hasta me dan un trago, de los de verdad,

Sigo estirado , ofreciendo el mínimo bulto de mi persona , y contemplo el cielo, tengo diez minutos por delante, que dedicaré a ella, la siempre fiel constelación,  la que me ha acompañado en todos mis desplazamientos nocturnos.

Por eso me llaman el enamorado de la Osa Mayor*.


                                              Foto obtenida de internet

*Nota, Homenaje a un libro perdido en la memoria adolescente, que revive  otra vez al estar paseando frente al mar, siguiendo un camino de ronda.