sábado, 6 de julio de 2013

Oleo sobre tela



                                                        Amapolas de Vincent van Gogh





Le gustaba chatear, mantener conversaciones más o menos distendidas, con personas de distintas áreas, tanto sociales, como culturales o geográficas.
De una forma un tanto anónima, se dejaba llevar y narraba experiencias y sentimientos, que su naturaleza retraída, le impedía mantener con sus familiares y conocidos.
Por su profesión de marchante de arte, solía sacar a relucir sus conocimientos en el tema, con ánimo de impresionar a su contertulio de turno.
Cómo un pavo real enseñando sus plumas, así se contoneaba el con el teclado, para hacerse más interesante si cabe, sobre todo si al otro lado del ordenador, estaba una mujer.
No pretendía nada en particular, no tenía tiempo para ello, y su vida metódica y ordenada, le impedía tener tiempo para ese tipo de devaneo, poco productivo.
Cuando en un alarde de oratoria, se puso a describir los encantos de una obra, su textura, su cromatismo, su naturaleza, incluso su rabia contenida, se encontró una voz emocionada al otro lado de la pantalla.
En un alarde de mostrar su intimidad, le comentó qué era lo que lo primero y último que veía cada día, pues lo tenía en su cuarto frente a la cama.
Al no poder demostrar su autenticidad, y siendo una obra relevante, se la dejo para su gozo exclusivo sin mostrar mas que a contadas visitas esporádicas, que no solían fijarse mucho en lo que había fuera de la cama.
Las palabras ajenas le iban inquiriendo datos sobre la obra, cada vez más precisos, como si la otra persona tuviera el cuadro grabado en su mente.
Le contó una historia inverosímil, sobre un padre enfermo, pintor en horas bajas, con problemas económicos, que le obligaban ha aceptar encargos de dudosa honorabilidad, como copias de autores famosos, de las cuales no sabía o no quería saber su destino.
En el último de estos encargos, ella misma colaboró en finalizarlo, ante el empeoramiento de su padre,el cual falleció, tras el disgusto de ser desahuciado por las deudas adquiridas, y ver todas sus pertenecías expuestas en plena calle.
Cuando más tarde, ella quiso recuperar ese cuadro, alguien sin escrúpulos, se lo había llevado ya, ante la pasividad de los funcionarios del juzgado.
Cuando ante una de estas interrogaciones le contestó, que realmente las pinceladas dejaban de tener la firmeza característica del autor y en la firma faltaba un punto azul, se encontró con un prolongado silencio, cerrado con una despedida abrupta.
Depositando su mordisqueada pipa en una especie de bandeja cenicero de alpaca, que tenía al lado del ordenador, se dirigió a su habitación, donde descolgó el cuadro y procedió a embalarlo para su viaje definitivo.