viernes, 25 de octubre de 2013

Eixample




                                                    Imagen obtenida de Internet


Era un casa, de cinco plantas, en el Paseo de Gracia, en el centro de Barcelona, en pleno “eixample”,  un edificio desde cuyos balcones se podían ver los trenes que circulaban por la calle Aragón.

En un principio, todavía eran humeantes, con una estación de un estilo rococó, que tiraba de espaldas.
Luego se taparon las vías y la estación desapareció, engullida por la tierra, y derribada por la piqueta.
Era un edificio de los considerados nobles , no tenía título alguno, ni arquitecto de renombre, estos estaban cerca,  la llamada manzana de la discordia, por tener estilos antagónicos; pero no era el caso en esta.

Tenía eso si, una bonita y amplia entrada, con mucho mármol, una garita para el portero espléndida, en rica madera torneada y un ascensor muy amplio.

De unas dimensiones de las que no se han vuelto a ver, amplio, de madera labrada, asiento de terciopelo, que podías escamotear en caso necesario, un panel de mandos, con sus botones de latón dorados, abrillantados cada día con un paño de algodón, cristales con vivos colores y escenografía soñadora, una gozada en terminología actual.

Su único defecto, al parecer de los vecinos, no todos, es que sólo servía para subir, por eso era un ascensor, para abrir la puerta por fuera, se necesitaba una llave de seguridad, que tenía el portero para casos de necesidad.

En caso de necesitar,  bajar algún objeto pesado o una persona con problemas de movilidad manifiesta, se bajaba andando a buscarlo y se subía dejando la puerta abierta, para proceder según  conviniese.

Existía una única excepción, que éramos nosotros los vecinos del tercero primera, para que pudiera bajar nuestra abuela, para los vecinos, Doña Concha, pronunciado con venerado respeto.
Disponíamos de la susodicha llave, de la cual hacíamos uso en contadas ocasiones de forma restringida, para no abusar ante los demás vecinos.

Todo esto viene a cuento, después de recordar, en una conversación con una amiga, un incidente, ocurrido en uno de los usos que pretendí del ”descensor”.

Era relativamente tarde, noche subida, cuando pretendí bajar un articulo voluminoso e incomodo de llevar, había dejado previamente el coche en el chaflán, y pensaba después de cenar algo, proceder con la carga.

Baje a buscar el ascensor y comprobé qué estaba en un piso inferior parado, apreté el botón para enviarlo a portería, pero nada ni caso.

Subí a buscar la llave maestra, pensando cómo ocurría algunas veces, que alguien había dejado mal cerrada la puerta y se había quedado bloqueado por seguridad.

Hasta entonces no había notado nada extraño, pero en el silencio de la escalera, me pareció oír unos jadeos, a los que no presté mayor atención,  en el piso de debajo, donde vivía el narcisista, un abogado de pocos escrúpulos, soltero y adinerado, con infulas de belleza,  risible para los demás, era corriente oír coas parecidas por el patio.

A todo esto,  empezaba a tener una cierta prisa, y haciendo uso de la mencionada llave, abrí con ímpetu la puerta que daba acceso a la cabina.

Cuando la abrí, a través de los cristales del ascensor propiamente dicho, contemplé una pareja, en situación harto comprometida, desfrutando plenamente de sus jóvenes cuerpos, de los cuales pude apreciar un generoso seno femenino.

Exclamando un perdón circunstancial, cerré la puerta azorado, y evidentemente prescindí del traslado en aquella sorprendente  noche.

Estuve bastantes días sin volver a encontrarme, ni por la escalera, ni por el ascensor, ni por la portería siquiera, con aquella pareja que vivía en las buhardillas, donde por cierto no llegaba el ascensor , que era donde estaba la vivienda de los porteros.

Eran sus hijos , en edad de merecer, y contemple un incesto, del que sólo sabía, mediante los textos sobre los dioses griegos y sus peculiaridades.




8 comentarios:

  1. Es que los textos de dioses griegos cuentan del alma humana, nada más cercano de la cotidianidad que los mitos.
    Buen relato, ficción, imagino.
    Un abrazo.
    HD

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    1. Los dioses hacedores de nuestro destino, nos indican en todo momento, cual es la palabra adecuada según sus caprichos.
      Un abrazo.

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  2. Me suena a lujuria desatada, en una posible sospecha de tener padres o madres diferentes.
    Me ha resultado tan fresco como minucioso, tan enriquecido como tierno me resulta ese ascensor, bajo cuyo terciopelo del asiento, había algo que no llegaréis a saber.

    Un abrazo

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    1. Dícese que en tiempos convulsos, cuando la gente escondía en casas particulares a personas perseguidas por las patrullas que practicaban el dar un paseo
      Fue bajado un fallecido que no era tal, para esquivar un registro. Un muerto que dejó su huella en ese asiento, mientras bajaba entre milicianos.

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  3. impensado final, al menos para mí. Un incesto era lo ultimo que hubiera imaginado. Muy buena historia y por cierto la descripcion inicial de los edificios de Barcelona me resultó exquisita. Toda la razón, estuve alli hace un par de meses y quedé fascinada con la estructura edilicia

    besos

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    1. Los dioses dictan las historias de forma algo curiosa, ya sabemos que sus costumbres son diferentes de las que nos están permitidas a los mortales.
      Pero ya se sabe que la realidad supera a la ficción y no nos ha de fastidiar una narración.
      Un beso.

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  4. Precioso ascensor del siglo pasado, que entre sus innumerables historias, en el transcurrir de los años, figura la de un notable escritor, que con su desbordante imaginación, nos descubre un incesto de los hijos del portero.


    Un cordial saludo.

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    1. Hechos y sucesos de un ascensor, que ya no existe, que he querido revivir, recordando la ciudad y la época, de cuando vivíamos en blanco y negro.
      Saludos cordiales.

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