sábado, 26 de enero de 2013

Fotografía (5)

Tras pasar por un estado de postración total, devaluado un tanto por una siesta en cierto modo reparadora, pero de la que salí con la cabeza embotada, con lo cual no oía mis pensamientos internos, gracias al encorchamiento general en la que se encontraba.
Me apreste a seguir como un corderillo fiel, al hostelero cumplidor con su promesa de acompañarme hasta la casa, en busca y captura, de lo fuera que tanto me asustó.
Le comente la necesidad de pedir ayuda y se rió del señorito de ciudad asustadizo, no había nada que temer y me recordó que sólo íbamos a confirmar que todo eran alucinaciones mías.
No las tenía todas conmigo, pero le seguí, en aras del periodismo más autentico, un buen reportaje siempre exigía audacia y riesgo, mucho riesgo.
Aún me quedaban secuelas del orujo a las finas hierbas, lo cual me daba un plus de valentía, con el que seguí sin rechistar a la conquista de la casa.
Nos quedaban algunas horas de luz natural, no demasiadas pero suficientes para nuestra exploración en aras de descubrir el origen de mis fantasías y confirmar las dudas del amo del bar sobre ellas.
Como se empeñó en subir andando, dado el mal estado del camino y la poca distancia según él, cuando llegué a la mitad del mismo y faltaba la parte de ascensión con mayor desnivel, pedí un breve descanso que no me fue concedido, con lo cual seguí arrastrándome cada vez con menos dignidad.
Cuando al fin llegamos a la explanada, la sensación de estar cerca de la muerte súbita, era para mí alarmante, y regocijante para mi acompañante.
Lo que para mí fue un susurro como el viento que mece las ramas, ahora era un tronar más ronco y fornido, como olas enfrentadas al acantilado.
La cara de asombro de mi guía, era una confirmación real, de que no era una música ambiental que acompañase a los viandantes.
Nos acercamos a la casa, pero de su interior no surgía ningún sonido extraño, sino más bien un silencio espeso, húmedo, de lamento prolongado.
Cuando tras dar la vuelta a toda ella, sin apercibirnos de nada especial, nos dirigimos hacia lo que debió ser el corral, actualmente un almacén, una edificación cercana a la de los aperos donde vislumbre el coche, pero más alejada de la casa.
Allí si, allí se notaba algo diferente, algo que teníamos que ir a ver, pues oír, ya lo oíamos, cada vez más intensamente, por la mañana parecían unas letanías, pero ahora por la tarde eran más sordas, rítmicas, incluso más raperas, un pelin afro incluso.
Mientras estaba en estas disquisiciones, mi compañero de expedición, se bajaba la escopeta del hombro y la cargaba con sus cartuchos, mientras me confirmaba que el coche visto era el de la famosa fotógrafa.
Ahora era cuestión de averiguar a quien pertenecían los canturreos que cada vez escuchábamos más nítidamente, a medida que se oscurecía la tarde.






2 comentarios:

  1. La excursión va subiendo como la expectación. Sigo el curso de esos pasos.

    Una abrazo.

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  2. Paso a paso hacia el desenlace final, ese que tememos y no podemos evitar.
    Un abrazo!

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